El frasco tenía que ir envuelto en un repasador, y el repasador, en diario, y todo junto en la caja de las botellas de soda, con la paja del colchón viejo apretada alrededor para que no sonara. Ofelia Duarte hacía eso desde las tres, sentada en el escalón del muelle, con los anteojos en la punta de la nariz y el olor del membrillo todavía pegado en las manos.
Había sido un abril bueno. Las ramas del fondo del terreno se habían doblado de fruta, amarilla y peluda, y ella la había pelado toda una tarde con el cuchillo de punta redonda. El dulce salió oscuro, casi colorado, de los que se cortan con cuchillo y no se caen de la tostada. Llenó cuatro frascos. Tres ya tenían dueño: la vecina de enfrente, la maestra de la escuela de la isla, el patrón de la lancha. El cuarto no.
Faltaba el nombre. Tenía la birome en la mano y el pedazo de cartón sobre la rodilla, y el cartón seguía en blanco.
A las cuatro menos diez se oyó el motor. Primero lejos, grave, doblando el codo del Sarmiento, después más cerca, con ese ronquido ancho de las lanchas viejas de fondo chato. Ofelia se levantó, se acomodó el delantal y levantó la caja con los dos brazos. Pesaba menos de lo que parecía.
La lancha arrimó despacio al muelle, con el agua marrón empujando contra los pilotes. En la proa, Tito, el marinero, ya tenía la soga lista. Era un flaco de cuarenta y pico, siempre con la misma gorra de la empresa, que había empezado a trabajar en esa lancha cuando todavía le sobraban los pantalones.
—Buenas, doña. ¿Bulto?
—Bulto. Para Tigre.
Él lo agarró y lo puso arriba, sobre el techo, entre una garrafa y dos bolsas de pan. Ofelia le puso en la mano un billete doblado. Era lo de siempre: la propina del marinero por subir la carga.
—¿Y a quién le va? —preguntó Tito, con el pie ya en la borda—. Para anotarle.
Ofelia abrió la boca y la cerró. Del lado de adentro de la lancha, detrás de los vidrios rayados, había una fila de pasajeros que miraban para otro lado con esa cortesía de isleños que saben todo. Un hombre con una bolsa de alimento para pollos. Dos chicas con mochila. Una señora que tejía.
—A Rogelio —dijo al fin—. Rogelio Duarte.
—Ya sé quién es —dijo Tito, sin sorpresa.
—¿Cómo que ya sabés?
Tito se rascó la nuca debajo de la gorra. Miró el agua, después a ella.
—Doña Ofelia, hace once años que su hermano pasa por este muelle el último jueves de cada mes. Viene en la lancha de las cuatro, sube en Tigre y baja en la parada de Tres Bocas, y vuelve en la de las seis y diez. No me pidió que no se lo cuente. Tampoco me pidió que se lo cuente.
A Ofelia se le aflojaron las rodillas y se sentó otra vez en el escalón. Hacía once años que no le hablaba. Había sido por la casa de los padres, por el muelle, por unas palabras dichas en la cocina que ya ni recordaba bien, pero que seguían ahí, como el gusto a humo en una pava. Se acordaba sí de la última frase de él, en la puerta: “Cuando quieras, sabés dónde me encontrás”. Ella había contestado que no hacía falta.
—Hoy es jueves —dijo.
—Último de abril —confirmó Tito.
—¿Y está en la lancha?
Tito no contestó. Hizo un movimiento mínimo con la cabeza hacia la toldilla de atrás, donde los asientos de madera daban a la ventanilla del lado del muelle. Ofelia se paró y lo vio. Un hombre flaco, de campera azul gastada y boina, sentado con las manos entre las rodillas. Miraba fijo hacia adelante, hacia el respaldo del asiento de enfrente, con la espalda tiesa de quien se ha puesto a esperar algo sin saber qué.
Once años mirando el muelle por la ventanilla de una lancha que no paraba. Once años, y el hermano nunca bajó.
—Tito —dijo ella, con una voz que le salió de más abajo de lo que esperaba—. La lancha para a requerimiento, ¿no?
—Siempre, doña.
—Entonces pare un rato. Necesito que alguien me ayude a bajar un bulto.
Tito sonrió por primera vez en la tarde. Fue hasta el techo, bajó la caja con las dos manos y la dejó sobre el muelle. Después le gritó algo al patrón, adelante, y el motor bajó de ronquido hasta un ronroneo de ralentí. El hombre de la bolsa de alimento sacó el celular para no mirar. La señora que tejía siguió tejiendo, un poco más despacio.
Ofelia agarró el cartón, la birome, y escribió de una sola vez, con letra grande: Para Rogelio. Dulce de membrillo. Abril. Lo metió bajo el cordel de la caja. Dudó. Sacó el cartón y le agregó una línea más: Cuando quieras, bajá.
Levantó la caja y caminó hasta el borde del muelle, donde la lancha esperaba, pegada al pilote, moviéndose con el agua. Arriba, en la ventanilla de la toldilla, el hombre de la boina se había dado vuelta. No sonreía. Tenía los ojos muy abiertos, como un chico al que acaban de llamar por el nombre completo.
La puerta lateral se abrió desde adentro. Ofelia sintió el olor a gasoil y a agua del río, y le pareció que olía a otra cosa también, a la cocina de su madre, a un lunes cualquiera de cuando eran chicos.
Puso un pie en el borde. Tito le tendió la mano.
—Despacito, doña —dijo—. La lancha espera.
Y esperó. El sol caía sobre el Sarmiento, el motor seguía su ronroneo, y en el muelle del Arroyo Santa Rosa quedó, durante unos minutos que nadie contó, la caja de las botellas de soda con el diario arrugado y el cordel bien atado, esperando que alguien la levantara.
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