Ramiro Scaglione se puso la campera de la cooperativa a las tres de la tarde, aunque en el puerto de Ingeniero White hacían veintidós grados y el viento del sur todavía no se había decidido. Se la puso por costumbre, como se ponía el casco amarillo durante treinta y ocho años de puerto, y salió de la casa de la calle Cárrega con una caja de zapatos bajo el brazo.
En la caja iba un cable de acero de un metro, con un ojal empalmado a mano y dos guardacabos de bronce. Lo había rehecho él en la cocina, el martes, con la morsa atornillada a la mesa y Nélida mirándolo de reojo, sin decir nada, que era la forma que ella tenía de decir todo.
—Vas a hacer un papelón —había dicho al fin, el miércoles, mientras pelaba las papas.
—Puede ser.
—Tenés setenta y tres años, Ramiro. Los hombros no te dan.
—Para esto no hacen falta los hombros.
Era el último sábado de noviembre y a las cinco salía la procesión de San Silverio desde la parroquia de la Exaltación de la Santa Cruz. Ramiro la había seguido todos los años de su vida, primero de la mano de su padre, que había llegado de la isla de Ponza con un bolso de lona y un apellido que nadie sabía escribir, y después de su propia mano, con los hijos, con los nietos, con las rodillas cada vez peores. Siempre era igual: la banda, los bomberos adelante, los pescadores cargando las andas por las calles de tierra apisonada y de asfalto, el olor a fritura de las canzonettas que cantaban las señoras mayores, y al final la plazoleta del puerto, donde levantaban al santo con el guinche y lo ponían en la lancha para pasearlo por la ría.
Ese trabajo, hasta hacía tres años, había sido de Ramiro. Treinta y ocho noviembres había subido al santo a la lancha con el guinche viejo, y nadie en el puerto hubiera permitido que lo hiciera otro. Después vino la jubilación, el guinche eléctrico nuevo que prestaba el Consorcio, y una chica de veintiocho años con auriculares en el cuello.
La chica se llamaba Brenda Quiroga y estaba sentada sobre un cajón de plástico, junto al guinche, cuando Ramiro llegó a la plazoleta. Tenía un termo, una tablet y la cara de quien lleva tres horas probando algo que ya funciona.
—Don Scaglione —dijo, y se paró—. ¿Vino a ver?
—Vine a pedirte un favor.
Le mostró la caja de zapatos. Brenda levantó la tapa, sacó el cable, lo pasó entre los dedos y le dio una vuelta al ojal con el pulgar. Tardó un rato largo en hablar.
—Es un empalme de marinero.
—Cuatro pasadas y una trenza, como me enseñó mi viejo. El ojal lo rehice yo.
—Don Ramiro, yo tengo una eslinga homologada. Con certificado. Prefectura me la revisó esta mañana.
—Ya sé.
—Entonces no entiendo.
Ramiro miró hacia la ría. El agua estaba de ese marrón liso de las tardes sin viento, y las lanchas, pintadas de celeste, de verde, de un rojo que se les iba pelando, cabeceaban contra los pilotes con las banderitas de papel colgadas de los mástiles. Una de ellas, la más chica, tenía la proa vacía, esperando.
—Mi viejo hizo ese cable en el cuarenta y siete —dijo—. Para levantar a San Silverio cuando todavía lo subían con una roldana y cuatro hombres tirando. Después se perdió en el mar. Se perdió una madrugada de agosto del setenta y uno, saliendo a la barra, y la Prefectura nos devolvió la lancha y no a él. El cable quedó en un cajón. Yo lo tuve guardado más de cincuenta años.
Brenda no dijo nada. Del otro lado de la calle empezó a oírse la banda, lejos, un bombo y un clarinete que todavía no se ponían de acuerdo.
—Yo no quiero manejar nada —siguió Ramiro—. Manejalo vos, como siempre. Lo único que te pido es que el santo suba colgado de ese cable. Que la última vuelta, la de la imagen, la dé mi viejo, aunque sea así, con un empalme.
—Si se corta…
—No se va a cortar. Yo lo probé con la camioneta de mi yerno. Aguantó el doble de lo que pesa San Silverio.
—Pero la norma…
—Lo ponés como respaldo, entonces. Debajo. La eslinga tuya arriba, la mía adentro, enroscada, que no se vea. Si el santo se cae, se cae por la tuya.
Brenda soltó una risa corta, de nariz. Se rascó la cabeza con el borde de los auriculares. Después agarró el cable otra vez, lo sopesó, lo olió, hizo algo que Ramiro conocía muy bien: le pasó la uña por cada una de las trenzas, de punta a punta, buscando la que estuviera floja.
—Está perfecto —dijo, de mala gana.
—Ya sé.
—No sea agrandado.
A las seis menos veinte llegó la procesión. Primero los bomberos, con la autobomba lustrada y la sirena apagada. Después la banda, y detrás, entre una multitud de gorras, de pañuelos, de nenes con la cara pintada, las andas con el santo: un San Silverio de yeso, con su manto morado, su báculo y su mirada paciente, que se mecía sobre los hombros de ocho pescadores jóvenes y uno de ochenta. Ramiro conocía a todos. A los nueve les conocía los padres.
Brenda dio la orden. Dos hombres de la Sociedad pasaron la eslinga por debajo del pedestal, y ella, sin que nadie lo notara, hizo que el cable de acero entrara en el lazo, enroscado, como se guarda una bufanda dentro de un abrigo. Ramiro, desde atrás de la valla, se agarró de un caño con la mano buena.
Sonó el motor del guinche. La imagen se despegó de las andas muy despacio. Subió dos metros, tres, con el manto moviéndose apenas, y en ese momento, con el sol bajo pegándole de costado, el cable de acero brilló un segundo entre los dedos del santo, un hilo de luz finísimo, y Ramiro Scaglione, que no lloraba desde el velorio de la madre de Nélida, apretó el caño un poco más fuerte.
—¿Y vos qué hacés ahí parado? —le gritó alguien desde la lancha chica, la de la proa vacía. Era su yerno, de gorra, con el brazo extendido—. ¡Subí, che, que te estamos esperando!
Ramiro bajó la mirada. Nélida, a su lado, con la cartera apretada contra el pecho y los labios fruncidos, miraba el santo que bajaba hacia cubierta.
—Papelón no fue —dijo ella.
—No.
—Andá, antes de que se vaya sin vos.
La lancha tocó la bocina. El santo quedó sentado en la proa, entre los gladiolos y las banderas. Y mientras Ramiro caminaba hacia el muelle, con la caja de zapatos vacía bajo el brazo, la ría se llenó de motores, de cantos, de flores flotando sobre el agua marrón, y detrás de todo eso, muy fino, casi inaudible, el cable de acero chirrió contra la borda, una sola vez, como si alguien, desde el fondo de la bahía, hubiera dicho presente.
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