El bombo de la ferretería

La víspera de la Marcha de los Bombos, a las cinco de la tarde, Brisa Carabajal entró a la ferretería con un sobre de ahorros en la mano y la frase ensayada desde la esquina. La campanita de la puerta sonó dos veces porque ella la dejó rebotar. Adentro olía a aceite de máquina, a cal y a yerba recién cebada.

Don Alcides Herrera estaba detrás del mostrador, pesando clavos en una balanza de platillos. No levantó la vista hasta terminar.

—Dos kilos de clavo de dos pulgadas —dijo, y le alcanzó la bolsa a un hombre de casco—. Y vos, nena, ¿qué buscás?

—Eso —dijo Brisa, y señaló la pared del fondo.

Entre los rollos de alambre y las cajas de bisagras colgaba un bombo legüero. La caja de ceibo había oscurecido con los años, los tientos de cuero crudo estaban tiesos como cuerdas de guitarra vieja, y encima del aro de arriba alguien había apoyado una lata de pintura y un cuaderno de pedidos. Era el bombo de su abuelo Tito. Ella conocía la mancha clara que tenía en el costado, donde él apoyaba el codo.

—Ese no se vende —dijo don Alcides.

—Lo vendieron en marzo, cuando mi abuelo se murió. Mi tío necesitaba plata para el sepelio y usted lo compró.

—Lo pagué bien.

—Ya sé. Yo vengo a pedírselo prestado. Mañana a la noche marchan todos los bombos y yo quiero ir con ese.

Don Alcides se sacó los anteojos y los limpió con la punta del delantal. Tenía las manos grandes, con un corte viejo en el pulgar.

—Ese bombo está muerto —dijo—. Probalo, si querés. Ya lo probé yo.

Brisa dejó el sobre sobre el mostrador. Bajó el bombo con las dos manos, sacó la lata y el cuaderno, y se lo colgó del hombro. Pesaba más de lo que recordaba. Agarró el palillo y el macillo que estaban atados al tiento y golpeó el parche. Sonó a caja de cartón. Un golpe seco, sin cuerpo, que se apagó antes de llegar al fondo del local.

—¿Vio?

—El cuero se aflojó —dijo ella—. Con el frío de la noche y la humedad de la pared. Mi abuelo lo calentaba antes de cada marcha.

—¿Calentarlo con qué?

—Con fuego. No mucho, un rato. El cuero se tensa y después se aprietan los tientos.

Don Alcides miró hacia el fondo, donde tenía la garrafa chica con la pava. Se quedó un momento en silencio. Después levantó la tapa del mostrador y le hizo señal de que lo siguiera.

Brisa apoyó el bombo cerca de la hornalla, con el parche a un palmo de la llama baja, y lo fue girando despacio para que el calor no se juntara en un solo punto. Pasó la palma por el cuero cada tanto, como se prueba una plancha. Don Alcides la miraba desde atrás con el mate en la mano.

—Yo lo compré porque me lo pidió la señora de tu tío —dijo de pronto—. Me dijo que si no lo compraba yo se lo llevaba un coleccionista de Tucumán. Y tu abuelo tocó en mi casamiento, en el cuarenta y ocho de la calle Tucumán, hace treinta y cinco años. Tocó cuatro chacareras seguidas y no quiso cobrar. Yo no sé tocar nada. Lo colgué ahí para que no se fuera.

—Pero no sonaba.

—No. Y tampoco me animaba a decírselo a nadie.

Brisa apretó los tientos uno por uno, tirando del cuero crudo hacia abajo con el cuerpo entero, de la presilla de un aro a la del otro. Las manos le temblaban un poco, así que lo hizo más despacio. Cuando terminó se paró derecha, se acomodó la correa y probó con el macillo.

El golpe salió hondo. Una vibración que se sentía antes en el esternón que en los oídos. Detrás del mostrador, en los cajones, los tornillos se movieron con un ruido de arena. Don Alcides dejó el mate en la mesa.

—Hacé la que tocaba él —dijo.

Brisa tocó una chacarera, lenta al principio, con el palillo en el aro y el macillo en el parche, el golpe a contratiempo que su abuelo le había enseñado en el patio cuando tenía siete años y apenas alcanzaba el borde. La pava empezó a silbar en el fuego y ninguno de los dos la sacó. Un cliente abrió la puerta, escuchó desde el umbral y volvió a cerrarla despacio.

Cuando terminó, don Alcides se frotó la cara con la mano abierta.

—Llevátelo —dijo—. Me lo traés el lunes, si querés. O no me lo traés.

—Se lo traigo para que lo escuche —dijo Brisa—. Pero es de mi familia.

—Es de tu familia —repitió él, y le devolvió el sobre sin abrirlo.

A la noche siguiente la ciudad se llenó de bombos. Salieron de todos los barrios, desde el centro hacia afuera, hombres y mujeres, chicos con bombos chicos, viejos con bombos que eran más grandes que ellos. El sonido subía desde el asfalto y se te metía por los zapatos. Brisa marchó en el medio, con la mancha clara del codo de su abuelo contra su costado y el cuero tenso, caliente todavía de la hornalla. En una esquina, apoyado en el cordón y con el delantal puesto por debajo de la campera, don Alcides la vio pasar y no dijo nada. Sólo se tocó el pecho con la mano abierta, a la altura del corazón, y la dejó ahí hasta que el último bombo dobló.

El lunes por la mañana, al abrir la persiana, buscó con la vista la pared del fondo. Entre los rollos de alambre y las cajas de bisagras quedaba un círculo limpio en el revoque, del tamaño exacto de la caja, sin una pizca de polvo. Don Alcides agarró el trapo, lo miró un rato y lo dejó donde estaba.

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