A las nueve de la mañana, el galpón de la calle Estrada ya hervía. El sol pegaba en las chapas y adentro olía a pegamento, a tinte y a plumas mojadas. Amalia Vergara, sentada en su banquito de siempre, con el termo entre los pies, tenía en la falda una sola pluma de faisán blanca. Era corta, un poco combada, con la barba rala de tanto guardarla en una caja de zapatos.
Esa pluma había desfilado en 1989. Amalia tenía entonces veintisiete años, un traje que le apretaba en las costillas y un espaldar que pesaba lo mismo que una nena de cinco. Esa noche, al final de la pasarela, el espaldar se le soltó de un lado y ella lo sostuvo con el brazo derecho durante los últimos cien metros, sonriendo para los jurados. Al volver al galpón encontró la pluma tirada en el barro del fondo. Nadie la había pedido. Se la guardó.
Treinta y siete años después seguía cosiendo para la comparsa. Ya no desfilaba, claro. Le habían dado el taller de las lentejuelas, un pasillo largo con estanterías llenas de gemas de plástico, y desde diciembre trabajaba doce horas por día, como todos, hasta que el primer sábado de enero se acercaba y la palabra «horario» dejaba de significar algo.
—Amalia, ¿me pasás la pistola? —gritó Brian desde el otro lado, trepado a una escalera.
—Está donde la dejaste.
—No está.
—Entonces la dejaste donde no está.
Se rieron los dos. Brian tenía veintidós años y la había adoptado como a una abuela de guardia. Ella le cebaba mate, él le cargaba las cajas.
Esa mañana ella había decidido algo que no le contó a nadie. El espaldar de la bastonera llevaba trescientas cincuenta plumas, todas importadas, todas iguales, cada una clavada en su varilla con una inclinación que el soldador había medido a ojo durante tres semanas. Faltaba una sola varilla, la última, abajo y a la izquierda, donde el hierro se doblaba hacia adentro y nadie la iba a ver. El director había dicho que esa la completaran con lo que sobrara.
Amalia se puso los anteojos y tomó el pomo de tinte negro.
—¿Qué hacés? —preguntó Brian, que había bajado de la escalera sin que ella lo oyera—. Esa pluma es vieja. Se te va a deshacer.
—Las viejas se tiñen. Cuando una pluma llega a su final, la pasan a negro. Se lo escuché decir mil veces al viejo Cortés, que en paz descanse.
—Pero es blanca. Va a quedar rara.
—Va a quedar donde tiene que quedar.
La metió en el tinte con la pinza, la dio vuelta, la sacó, la dejó escurrir sobre un diario. La pluma empezó a oscurecerse desde la punta, despacio, como si alguien la dibujara. Amalia la miró un rato largo. Después la secó con el secador, la peinó con un cepillito de dientes y la ató a la varilla con alambre finito, tres vueltas, un nudo, otras tres.
—No encaja —dijo Brian, agachado al lado de ella—. Está más corta que las otras. La van a ver.
—No la va a ver nadie.
—Yo la veo.
—Vos estás a diez centímetros.
Brian se quedó callado. Después buscó entre las cajas un trocito de plumón negro y se lo alcanzó sin decir nada. Ella lo pegó en la base, para disimular el hueco entre la pluma corta y la varilla. Se miraron.
—Ahora sí —dijo él.
El sábado a la noche hacía un calor pegajoso, de esos que no se van ni con el sol puesto. En la pasarela del Corsódromo, sobre el predio de la vieja estación, las luces eran tan fuertes que parecía de día. Amalia no tenía entrada; tenía el pase del galpón, y con eso se paró contra la valla, detrás de los bomberos, con una botellita de agua tibia en la mano. Escuchaba el redoble de la batucada subir por la calle como una ola.
La comparsa tenía una hora para recorrer los quinientos metros, con cinco minutos de tolerancia, y ella conocía el reloj de memoria. Vio pasar la comisión de frente, los ballets, las carrozas altísimas con sus piezas girando despacio. Vio pasar la reina. Y vio venir, al final, a la bastonera, con el espaldar abierto detrás como un abanico de fuego, trescientas cincuenta plumas que se movían todas juntas con el paso de la chica.
Amalia no buscó la pluma. No hacía falta. Sabía dónde estaba: abajo, a la izquierda, un poquito más corta, apenas más oscura que las otras negras, donde el hierro se doblaba hacia adentro.
El espaldar pasó frente a ella. La chica giró y todo el semicírculo giró con ella, y por una fracción de segundo, en medio del brillo, algo se inclinó apenas distinto, apenas a destiempo, y volvió a su lugar.
Treinta y siete años después, la pluma terminaba el recorrido.
—¿Viste? —le gritó Brian al oído, de golpe, sin saber siquiera si ella miraba—. ¡Pasó entera!
Amalia asintió. No se acordaba bien de cómo respirar. Se quedó parada un rato más, con la botellita en la mano, mirando cómo se alejaba la luz por la pasarela hacia la oscuridad del final, hasta que la última pluma se confundió con las otras y ya no pudo decir cuál era.
Leave a Reply