El olfato del foguista

A las diez de la noche se cortó la luz en todo Apóstoles y Eulogio Benítez, que no tenía nada que ver con el secadero desde hacía nueve años, fue el único que no se quejó.

—Mejor así —dijo, y se sacó la gorra—. Ahora se escucha.

Estaba parado en la puerta del galpón de los Wójcik, con la camisa buena, la que se había puesto para ir a la misa de la tarde. Adentro, Irene Wójcik, treinta y dos años, dueña desde marzo, miraba el reloj que ya no servía de nada: el ventilador chico se había parado en seco y el termómetro digital se había apagado con un parpadeo verde. La yerba llevaba cuatro horas sobre el tendal de varas, y todavía le faltaban ocho.

—Mañana a las siete viene el comprador de la cooperativa —dijo ella—. Si se me quema una tanda, me paga la mitad. Si me queda cruda, no me paga.

—¿Y antes de los termómetros, cómo sabían?

—Mi papá lo sabía con la mano, pero yo soy de la ciudad, Eulogio. Yo estudié administración.

Eulogio entró. Olía a leña de lapacho y a hoja tostada, un olor que a él le llegaba por los dos lados, por la nariz y por la espalda, como un abrigo viejo. Había sido foguista en ese mismo barbacuá durante veintidós años, hasta que le falló el pulmón y el doctor le dijo que el humo ya no era un compañero sino un cobrador. Hacía nueve años que pasaba por la ruta y miraba la chimenea sin entrar.

Esa tarde Irene había ido a buscarlo a la casa. Se lo pidió sin vueltas: una noche, una sola, para que él le enseñara lo que el termómetro no decía. Él dijo que no. Después se puso la camisa buena.

—Primero la leña —dijo ahora—. ¿Cuánta tenés abajo?

—La que dejó Rubén. Tres cargas.

—Alcanza si no la tratás mal. El fuego no se mira de frente, se mira de costado. Si ves la llama toda amarilla, está contento. Si se pone azul en la punta, tiene hambre, y si lo alimentás de golpe se ahoga.

Bajaron al foso. Eulogio se arrodilló junto a la boca del horno con un trabajo de rodillas que le crujió en toda la pierna. Irene le acercó una linterna.

—Apagala —dijo él—. La luz del fuego alcanza.

Se quedaron a oscuras con la brasa roja entre los dos, y por un rato no hablaron. Afuera cantaban los sapos de la zanja. Eulogio acomodó dos troncos finos, uno sobre otro, dejándoles un hueco, como quien arma un nido, y el fuego respiró hondo.

—Tu papá usaba el humo para hablarle a la yerba —dijo—. Yo se lo escuché decir una vez. «Portate bien», le decía.

—Mi papá le hablaba a todo. A la camioneta, a la radio, a mí.

—A vos te hablaba mejor.

Irene se rió con la boca cerrada. Después preguntó, bajito, si él la había querido a ella o a la yerba, la primera vez que la llevaron al secadero, cuando tenía seis años y se durmió arriba de los ponchos de arpillera.

—Te quise a vos. La yerba ya tenía quien la quisiera.

A las dos de la mañana subieron a revisar el tendal. Eulogio caminó sobre las varas sin mirar los pies, tomó un puñado de hoja con la mano abierta, lo apretó y lo acercó a la cara.

—Oliela —dijo—. Ahora vos.

Irene hizo lo mismo. Olía a pasto cortado, a té quemado, a algo dulce que no sabía nombrar.

—Es verde todavía.

—Verde de afuera. Esperá lo que viene después, atrás. Cuando el verde se va y aparece algo que parece pan, ahí está. Todavía no.

Volvieron a bajar. A las cuatro Eulogio dormitó sentado contra la pared, y Irene cuidó el fuego sola, de costado, con dos troncos finos y el nido. Cuando lo despertó, él hizo como que no se había dormido.

A las cinco y media subieron otra vez. Esta vez no tuvo que decirle nada. Irene tomó la hoja, la apretó, cerró los ojos y se quedó quieta, tanto tiempo que él pensó que se había dormido parada.

—Pan —dijo ella.

—Pan —dijo Eulogio.

Apagaron el fuego con cuidado, sin apuro. Cuando las primeras luces entraron por las rendijas del galpón, la yerba estaba crujiente, oscura y entera. La luz volvió al pueblo a las seis y diez y nadie en el galpón se enteró: el ventilador arrancó solo, el termómetro marcó un número tranquilo, y a Irene le dio un poco de pena, como cuando alguien te explica lo que ya sabés.

El comprador llegó a las siete en punto con una camioneta blanca y las botas limpias. Probó una pizca. Miró a Irene, miró a Eulogio, que tomaba mate sentado sobre un cajón con la camisa buena arrugada y negra de ceniza en los puños.

—Está bien —dijo—. Está bien hecha.

—Gracias a mi socio —dijo Irene.

—Yo no soy socio de nadie —dijo Eulogio—. Pasaba por acá.

Se tomó el último mate, devolvió el termo y salió caminando por el camino de tierra, hacia la ruta. A mitad de camino se detuvo, se sacó la gorra y respiró hondo, con los ojos cerrados. El olor lo siguió hasta la parada del colectivo, y esa vez no le dolió el pecho.

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