Lonas para el pimiento

A las once y cuarto, Tobías Guaymás vio la nube. Estaba sentada atrás del cerro, gris oscura por debajo, como una olla que alguien se olvidó en el fuego. Abril, Molinos, y la cancha de su familia cubierta de pimientos rojos hasta donde llegaba la vista: dos hectáreas de laderas con las lajas tapizadas, trompa de elefante en la parte alta y bolita salteño en la baja, todo secándose al sol como se había secado siempre.

Su padre bajó de la cancha con las manos todavía manchadas y los ojos en el cielo.

—Es la tormenta de la tarde —dijo—. Si llueve media hora sobre el pimiento tendido, se mancha y se pudre. Dos meses de trabajo.

—Tapemos, entonces.

—No alcanza con las lonas que tenemos. Se rompieron el año pasado, ya te dije.

Tobías tenía dieciséis años y sabía exactamente dónde había lonas de sobra. En el galpón de los Burgos, cruzando la acequia grande. Tres rollos nuevos, de esos azules, que Nicanor Burgos había comprado en Salta el verano anterior, cuando empezó la pelea por el turno de riego. Desde entonces los dos hombres se cruzaban en la calle del pueblo mirando para otro lado, y en las asambleas del agua votaban distinto sin siquiera mirarse.

—Voy a pedirle —dijo Tobías.

—No vas a pedirle nada.

—Papá. Son las once y media.

Su padre apretó la mandíbula. Después se agachó, agarró un pimiento de la bolsa de muestra, lo partió con las uñas y se lo llevó a la nariz, como si el olor pudiera decirle algo del cielo. Tobías lo interpretó como un permiso.

Fue en bicicleta, pedaleando por la calle de tierra, con el viento que empezaba a levantar polvo y a doblar los álamos. Pasó la plaza, pasó la iglesia de San Pedro Nolasco, pasó el almacén donde había dos señoras mirando para arriba. Frenó frente al portón de los Burgos con las rodillas temblando, no por el esfuerzo.

Nicanor estaba en el patio, arreglando una rueda de carretilla. Levantó la cabeza lentamente. Era un hombre flaco, de bigote gris, con un sombrero de ala corta que le tapaba la mitad de la cara.

—Don Nicanor —dijo Tobías—. Mi papá no sabe que vine.

—Eso ya me lo imagino.

—Necesitamos las lonas. Las tres. Hasta mañana, nada más.

Nicanor dejó la llave sobre la carretilla. Miró la nube, miró al chico, y a Tobías le pareció que tardaba una eternidad.

—Yo tengo mi propia cancha —dijo al fin.

—Ya sé. Pero la suya está al norte, más arriba. Le queda más tiempo. Y usted ya levantó la mitad, lo vi desde el camino.

Era cierto. Nicanor tenía la cancha más alta y más empinada, y era el que primero embolsaba, porque era el que primero tendía. Se sacó el sombrero, se rascó la cabeza, y habló mirando la rueda.

—Tu abuelo me prestó un molino de piedra una vez. Cuando se me rompió el mío, en el noventa y siete. Tres semanas lo tuve. No me cobró nada. Hasta me dejó la harina que sobraba.

—No sabía.

—No lo cuenta nadie. —Se puso el sombrero—. Ayudame a cargar.

Cargaron los tres rollos en la caja de la camioneta vieja, y Nicanor manejó él, sin preguntar, con Tobías en el asiento de al lado y la bicicleta en la caja, apoyada contra el hierro. Cuando llegaron, el padre de Tobías estaba parado al borde de la cancha con las manos en la cintura. Vio bajar al vecino y no dijo ni una palabra. Nicanor tampoco.

Se pusieron a trabajar sin hablarse. Desenrollaron la lona sobre la primera ladera, la sujetaron con piedras grandes en los bordes, la tironearon entre los tres para que quedara tensa. Después la segunda. Después la tercera, que no cubría todo, y entonces vinieron la mujer de Tobías el padre, la tía Rosalía, dos primos, y desde la acequia llegaron los hijos de Nicanor con sábanas viejas y bolsones vacíos. Nadie había llamado a nadie. Los vecinos de Molinos tienen ese olfato para el cielo.

A las dos y cuarenta cayeron las primeras gotas, gordas, tibias, que marcaron el polvo como monedas. A las tres el agua ya golpeaba la lona con un ruido de tambor. Los cuatro hombres y las tres mujeres se apretaron bajo el alero del galpón, mojados hasta los huesos, mirando la cancha cubierta de azul bajo la lluvia.

El padre de Tobías sacó un termo del bolsón, sirvió mate en la tapa y lo extendió sin mirar. Nicanor lo recibió, tomó, lo devolvió.

—El turno de riego del jueves —dijo el padre—. Te lo dejo a vos. Tengo la acequia llena igual.

—Sí, está bien —dijo Nicanor—. Lo hablamos en la asamblea.

No dijeron más. Para dos hombres de Molinos, era un tratado.

Media hora después la nube se corrió hacia el Calchaquí y el cielo se abrió de golpe, limpio, con una luz baja y amarilla que hacía brillar las lonas mojadas. Tobías salió al borde de la cancha y levantó una punta. Debajo, los pimientos seguían ahí, rojos, secos, intactos, apretados contra las lajas tibias.

Agarró uno, lo partió con las uñas y se lo llevó a la nariz. Olía dulce, apenas picante al final, como las empanadas de su abuela. Detrás, oyó que su padre le decía a Nicanor que la camioneta se la devolvía a la mañana, y que mejor se quedara a cenar.

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