La N de Lautaro

Tiburcio Reynoso apoyó la taza de mate cocido sobre el borde del telar y se miró las manos. Las puso sobre la urdimbre, abiertas, como quien pide permiso. Temblaban. No mucho, un temblor finito, de hilo tenso cuando pasa el viento, pero en la guarda atada no se perdona ni un milímetro.

Era junio en Belén y las mañanas llegaban con escarcha sobre las chapas del patio. En el fondo de la casa, bajo la parra pelada, la olla de cáscara de nuez llevaba dos horas al fuego y soltaba un olor amargo y tibio, a cajón de abuela. Setenta y dos años de oficio. El poncho tenía que estar listo para el festival de julio, y faltaba lo único difícil: la lista atada, esa franja donde el hilo se ata en tramos antes del tinte para que el color no entre y quede dibujada la palabra.

—¿Y qué le vas a poner? —preguntó Lautaro desde la puerta, con el celular en una mano y un pan con grasa en la otra.

—Belén. Con la B grande, como la de mi padre.

—¿Y por qué no la atás ya?

—Porque hoy el pulso no me da.

El chico se quedó callado. Tenía quince años, las zapatillas sin cordones y un modo de mirar el telar como si fuera un aparato que se hubiera quedado sin señal. Había venido de Londres, el pueblo de al lado, a pasar las vacaciones de invierno con el abuelo, por pedido de la madre. Nunca le habían dejado tocar nada.

Tiburcio fue hasta el ropero y volvió con una madeja de hilo de algodón crudo.

—Sentate acá.

—Abuelo, yo no sé.

—Nadie sabe. Mirá.

Le mostró cómo se toma un manojo de hebras de alpaca, cuántas, cómo se da la vuelta con el hilo de algodón y se aprieta con el nudo que no se corre. Lo hizo una vez, despacio, con el pulgar derecho temblándole contra el índice. Después le puso la madeja en la mano.

—Cada nudo es un pedacito de letra. Si te equivocás en uno, la letra sale chueca y no hay manera de arreglarla después. El tinte no perdona.

—Qué presión.

—Es lo que hay.

Trabajaron toda la mañana. Lautaro ataba con la lengua entre los dientes, y cada tanto Tiburcio le tocaba el codo con dos dedos: más abajo, más arriba, no tires tanto. En la radio de la cocina sonaba una chacarera con el volumen bajo. A mediodía comieron locro recalentado parados junto a la ventana, sin hablar. A la tarde, cuando la luz de la montaña se puso anaranjada y cruzó la urdimbre en diagonal, el chico dio la vuelta final a la última letra.

—Listo.

Tiburcio se agachó con trabajo, sosteniéndose de la rodilla. Pasó la yema del dedo por cada tramo. La B estaba bien. La E, bien. La L era más ancha de lo debido. La E segunda se apretaba contra la N como dos vecinos en un colectivo. Y en la N, justo en la diagonal, había un nudo flojo que dejaba un hilo suelto.

—Está mal —dijo Lautaro, con la voz rota—. Lo vi mientras la hacía. Lo aflojé. Perdón.

—Mm.

—Lo desato. Tengo tiempo, ¿no? Hay tiempo hasta julio.

—No.

—¿Cómo que no?

Tiburcio miró la N durante un rato largo. Pensó en su padre, que había atado la primera palabra de la familia en 1958, un “Catamarca” del que se acordaba la forma pero no el color, y en que de todos los ponchos que había hecho en su vida, el único que recordaba con claridad era uno en el que se le había cortado el hilo de la trama a mitad de camino, y había tenido que anudarlo a la vista. Ese lo había vendido primero.

—El tinte va a entrar por el hilo flojo —dijo—. Va a quedar una mancha, una sombrita. No es un error. Es la firma.

—¿De quién?

—Tuya.

El chico lo miró como si le hubiera hablado en otro idioma. Después se rió, primero por la nariz y enseguida con todo el cuerpo, y Tiburcio también, con la risa seca que no usaba desde que había enviudado.

Esa tarde metieron la tela en la olla. El agua oscura tragó la lana y el vapor subió entre las ramas de la parra. Esperaron media hora, sacaron el poncho con un palo, lo escurrieron y lo colgaron del alambre bajo las primeras estrellas. Por la noche, ya seco, Tiburcio cortó los hilos de algodón de a uno. Fue desatando la palabra con las tijeras de su mujer.

Primero apareció la B, blanca, firme sobre el marrón dorado de la nuez. Después la E, la L, la segunda E.

La N salió con una sombra pálida en la diagonal, como una huella de mano en una pared recién pintada.

Lautaro se quedó parado, con los brazos cruzados, esperando el reto.

Tiburcio desplegó el poncho sobre sus propios hombros. Pesaba justo lo que tenía que pesar. Se acomodó la guarda a la altura del pecho, donde queda la palabra para el que mira de frente, y dijo, sin dar vuelta la cara:

—Éste no se vende en el festival.

—¿Y para qué es?

—Para que lo use un tejedor nuevo, cuando se le enfríe la espalda.

Afuera, en el alambre, una brisa movió los hilos sueltos de la olla y los hizo sonar, apenas, como un telar cuando todavía no empezó a trabajar.

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