Olga Cabral amarró la canoa en la bajada Génova a las doce menos diez, con el motor tosiendo todavía y el río marrón pegándole en la panza del casco. Venía de la isla El Espinillo con dos bolsas de verdura de la quinta de su hermano y un termo que le había dejado listo desde las seis. Arriba, del otro lado de la barranca, ya se sentía el domingo: olor a choripán, bocinas de colectivo, un bombo que probaba solo.
Dejó las bolsas en lo de Estela, la de la guardería náutica, que le guardaba el pedido hasta la tarde, y se sentó un rato en el borde de la canoa a mirar cómo la gente subía hacia el estadio por Avenida Génova con las camisetas amarillas y azules, de a familias, con los chicos de la mano. Calculó diez años desde la última vez que había entrado. Con Ramón entraban a la popular, atrás del arco, y él le tapaba la oreja izquierda cuando cantaban fuerte, aunque ella le decía que no hacía falta.
—¿Hoy no vas? —le preguntó Estela, que salió a cebar mate con una pava abollada.
—¿Con qué plata? Una entrada cuesta lo que me rinde la semana de lechuga.
—Y el sobrino de Ramón, el que tiene el carnet…
—Ese me invita una vez y después me lo recuerda diez años.
Estela se rió y no dijo más. Olga sacó del bolso la radio a pilas, una Philips con la antena doblada y un parche de cinta en la tapa, y la apoyó sobre el banco de la canoa. La encendió. Salió una voz entre ruidos de chicharra, hablando del clima, del césped, de la formación. Faltaban dos horas.
Esperó. Comió una milanesa fría en un pan, tomó mate del termo, miró pasar una barcaza de arena que bajaba tan cargada que el agua casi le lamía la borda. A las tres y media, cuando de arriba empezó a caer ese rumor parejo de muchos miles de personas acomodándose, soltó la amarra, tiró del arranque dos veces y salió de la bajada hacia el norte, pegada a la orilla.
No era un secreto, aunque ella lo trataba como tal. Desde el agua, bordeando la costa, se llegaba hasta el pie de la platea que da al río, donde el hormigón de las tribunas sube como un acantilado gris. Ahí, entre dos camalotes, la corriente casi se detenía. Apagó el motor, clavó el remo en el fondo blando para que no la llevara y se quedó, con la canoa cabeceando muy suave, bajo una pared que no veía por dentro.
Prendió la radio bajita. El árbitro pitó y del estadio salió un ruido que Olga sintió primero en el pecho y después en las orejas. Era un ruido ancho, con altos y bajos, igual que el río cuando crece. Por la radio, la voz le contaba qué pasaba; por el aire, el estadio le contaba cómo se sentía. A los diez minutos empezó a entender el idioma. Un murmullo que se juntaba y se cortaba: pelota que pasa cerca. Un “uhhh” larguísimo: tiro que se va por arriba. Un silencio de pozo: falta peligrosa del otro lado.
Un viento tibio, del noreste, le trajo olor a fritanga y a cigarrillo. Unos chicos que pescaban con línea desde una rampa de piedra la miraron raro, una señora sola en una canoa mirando una pared, y uno de ellos le gritó:
—¿Cómo van?
—Cero a cero —respondió Olga, tocando la radio.
—¡Mirá vos! ¿Y usted de dónde escucha?
—De acá.
El chico se encogió de hombros, como quien acepta un método extraño pero válido, y volvió a su línea.
En el segundo tiempo el río se levantó con un golpe de viento sur y la canoa empezó a tironear del remo. Olga se lo pasó al otro lado, se acomodó el pañuelo, y justo entonces ocurrió. La radio todavía estaba diciendo “avanza por la derecha” cuando desde arriba cayó el rugido. No el “uhhh” ni el murmullo: el otro. El que sale de abajo de los pies. La pared entera vibró; el agua alrededor de la canoa se arrugó en círculos chicos; una garza blanca salió volando de un camalotal como disparada. Olga dejó de respirar un segundo, y recién después la voz de la radio, tarde, desesperada, gritó el nombre del que había metido el gol.
Se tapó la boca con las dos manos. Se acordó de la mano de Ramón sobre su oreja izquierda y se rió sola, con un hipo entre la risa, y siguió riéndose mientras por la radio repetían la jugada y de arriba bajaban los cantos, esos que ella sabía de memoria y movía con los labios sin voz. Cantó el primero entero, bajito, y el segundo ya más fuerte. Los chicos de la rampa la miraban. Uno levantó el pulgar.
Después vinieron los veinte minutos más largos de su año. Hubo una pelota en el palo, que supo por el silencio; un córner en contra, que supo por el temblor; y un pitazo final que se parecía al de una máquina de tren. Todo el estadio exhaló como una sola bestia. Era uno a cero.
Olga esperó a que empezara a vaciarse. Las voces bajaron por la barranca, los motores arrancaron, las bocinas hicieron su fiesta de domingo. Cuando el rumor se hizo chico, tiró del arranque, dio la vuelta y volvió a la bajada con el sol cayendo por detrás de la ciudad, color zapallo. Estela la esperaba en el muelle con las bolsas.
—¿Y?
—Ganamos —dijo Olga.
—Ya sé, se escuchó hasta acá. ¿Dónde lo viste?
—No lo vi. Lo estuve.
Cargó las bolsas en la canoa, volvió a cruzar el río hacia la isla con la radio apagada sobre las rodillas y la antena doblada apuntando al cielo, y todo el camino, sobre el agua ancha que se ponía violeta, fue moviendo los labios con el segundo canto, hasta que en la costa de enfrente, lejos, se prendió la primera luz de El Espinillo.
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