A las tres y diez de la madrugada, la alarma del termómetro empezó a chillar sobre la mesa de la cocina, y Clemente Ferrero ya estaba con las botas puestas. Hacía rato que no dormía. Desde las once había dejado la radio prendida bajito, con el pronóstico de Allen repitiéndose cada media hora: mínima de menos uno, viento calmo, cielo despejado. Era el seis de noviembre. Los viejos del Valle decían que a esa altura la helada ya no se animaba, pero los mismos viejos recordaban un siete de noviembre en que se animó.
Salió al patio con el termo bajo el brazo. Afuera el aire tenía ese filo seco de la barda, y las estrellas se veían tan nítidas que parecían mojadas. Cruzó entre los álamos de la cortina, que no se movían, y llegó al cuadro de las Williams. Eran dos hileras largas, de pera chica todavía, del tamaño de una arveja, colgando de las ramas con la flor recién caída.
La chacra no era grande. Quince años atrás tenía nueve hectáreas, y ahora le quedaban cuatro, porque el resto lo había vendido para pagar el galpón de empaque que después cerró. Las manzanas de arriba tenían defensa por aspersión sobre copa, que Clemente había instalado con un crédito y que todavía estaba debiendo. Pero las dos hileras de Williams del fondo, las de Rosita, siempre las había regado por manto, con el agua del canal corriendo entre los surcos, y nunca había querido cambiarlas.
—Con el manto no alcanza si baja de dos bajo cero, abuelo —le había dicho Brenda, su nieta, que estudiaba agronomía en Cinco Saltos y sabía de eso.
—Ya sé.
—Entonces tenemos que ponerle microaspersión.
—Ya sé, Brenda.
No había puesto nada. Ahora, parado entre las dos hileras con el termómetro de mano, leyó menos uno y medio, y después menos uno ochenta. Las hojas nuevas empezaban a brillar con una escarcha finita, como azúcar impalpable.
Se acordó de Rosita agachada ahí mismo, hacía treinta y un años, abriendo hoyos con la pala de punta y mirándolo con cara de pocos amigos porque él quería plantar manzana, que se vendía mejor. «Pera, Clemente. Williams. A mí me gusta cómo huele cuando madura en el galpón.» Y había ganado. Siempre ganaba las discusiones que ella consideraba importantes, que eran pocas.
Corrió hasta la compuerta del canal chico y la levantó con la barra. El agua entró despacio al primer surco, marrón y tibia en comparación con el aire, y empezó a avanzar. Pero el surco era largo, y el agua tardaba, y el termómetro seguía bajando. A las tres y cuarenta marcaba menos dos y diez.
Entonces se acordó de la manguera.
En el fondo del galpón había una manguera vieja de media pulgada y una bomba chica que él usaba para lavar la camioneta. No servía para proteger nada, pero servía para mojar. Y lo que había leído una vez, en un folleto del INTA que Brenda le dejó pegado con un imán a la heladera, era que lo que protege no es el agua sino el hielo: cuando el agua se congela alrededor de la fruta, suelta calor, y esa capa mantiene al fruto cerca de cero mientras el aire de afuera baja más. «Hay que mojar sin parar», decía el folleto. «Si se corta el riego, el hielo roba calor en vez de darlo.»
Arrastró la bomba hasta la cabecera, la enganchó al canal, y probó. Salió un chorro flaco pero parejo. Empezó por la primera hilera, de rama en rama, con el pulgar en la boca de la manguera para abrir el abanico, y el agua caía sobre las peritas y sobre las hojas y se quedaba pegada, brillando bajo la linterna que había colgado de un alambre.
Una hora. Dos. Se le mojaron las mangas hasta los codos, y después el pecho, y después ya no sintió los dedos. Cada tanto cortaba para tomar un trago de mate cocido del termo, tibio todavía, pero dejaba la bomba andando para que el agua siguiera cayendo sobre la otra hilera, y volvía enseguida. Lo único que oía era el motorcito y el goteo, y a lo lejos, por la ruta 22, un camión que bajaba hacia Neuquén con las luces altas.
A las cinco y media, cuando el cielo empezaba a ponerse del color de la leche aguada, oyó el motor de una camioneta en el camino. Brenda bajó con el gorro de lana hasta las cejas, un tupper en la mano y la cara de quien ha manejado enojada.
—Me llamó mi mamá —dijo—. Le avisó la vecina que tenías las luces del fondo prendidas. ¿Estás loco? Podías haberme llamado.
—Me olvidé el teléfono.
—Te lo pusiste en el bolsillo de la campera, abuelo.
Clemente se palpó. Efectivamente. Se rieron los dos, un poco tarde y un poco nerviosos. Brenda dejó el tupper en un cajón, agarró la otra manguera, la que usaban para el patio, y sin preguntar se puso a mojar la segunda hilera desde el otro lado. Trabajaron así, enfrentados, con el agua cruzándose en el aire, hasta que la luz fue suficiente para ver el cuadro entero.
Las peras estaban encerradas en hielo. Cada una colgaba dentro de su cubito transparente, con la hoja pegada, y todo el monte parecía un candelabro de vidrio. El termómetro marcaba menos tres. Brenda se quedó mirando con la boca abierta, y Clemente pensó que Rosita habría dicho algo seco, como «y bueno, a laburar».
A las ocho y diez el sol pasó por encima de la barda y empezó a pegar sobre las ramas. El hielo goteó, se achicó, se partió en lágrimas que caían sobre la tierra oscura. Clemente cortó el agua. Se acercó a una rama baja, apretó con dos dedos un cubito que ya se aflojaba y lo sacó entero.
Adentro la pera era verde clarito, chiquita, redonda, intacta, con el ojo de la flor todavía marrón en la punta.
—Está viva —dijo Brenda.
—Se salvó la de tu abuela —dijo él.
Se la guardó en la palma un rato, fría como una moneda, hasta que se le entibió. Después la devolvió a la rama con cuidado y fue a buscar el tupper, que eran dos medialunas todavía tibias, y las comieron sentados en el borde del canal, con las botas mojadas apuntando al sol.
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