A las cuatro de la tarde no se movía ni una hoja de caldén, y Eladio Funes llevaba dos horas mirando la rueda del molino como se mira a un caballo que no quiere salir del box. El campo de La Dulce quedaba a cuarenta kilómetros de Victorica por un camino de tierra que se ponía de cemento cuando llovía. El jueves firmaban la venta. Eladio había venido a dejar el tanque australiano lleno.
Era una cosa chica, y él lo sabía. Los compradores traían maquinaria nueva, pozo con bomba eléctrica, panel solar. Al molino lo iban a desarmar para vender la torre como chatarra. Pero Eladio había nacido en el puesto de atrás, había hecho de molinero para media zona durante cuarenta y un años, y no se iba a ir de un campo con el tanque seco como si lo hubiera dejado a medio hacer.
Había cambiado el cuero de la bomba a la mañana. Se lo había comprado a un talabartero de Santa Rosa, un círculo de cuero curtido que había remojado en un balde con agua de lluvia, y lo había calzado en el pistón con las manos temblonas, ajustando la tuerca justo hasta el punto donde se frena un poco antes de apretar. Después había engrasado la caja de engranajes, había aceitado la veleta y había subido los doce metros de la torre con los pies conociendo cada travesaño.
Ahora esperaba.
—Se lo va a quedar mirando hasta mañana —dijo una voz detrás.
Aída Pereira bajó de la camioneta con un termo bajo el brazo y una bolsa de bizcochitos de grasa. Vivía en el puesto vecino, a once kilómetros, y se había enterado por la radio de que el viejo Funes había pasado por la comisaría de Victorica pidiendo que le avisaran del pronóstico.
—Está parado —dijo Eladio.
—Es el norte. Cuando sopla el norte hay días que se cae de tanto calor y no hay quien lo mueva. —Aída le sirvió un mate—. Dicen que a la noche cambia.
—Dicen.
—¿Y si no cambia?
Eladio chupó la bombilla. Del tanque australiano, ocho chapas de zinc, siete metros y pico de diámetro, salía un olor a barro viejo y a hierro caliente. El agua que quedaba no le cubría ni los tobillos a un chico. Cuarenta y tres mil litros tenía que juntar para que se viera lleno de verdad, y a mano le habría llevado una semana de bombear.
—Entonces el jueves firmo igual —dijo.
—Con el tanque seco.
—Con el tanque seco.
Aída no insistió. Se sentó en el estribo de la camioneta y sacó un bizcochito. Se quedaron un rato callados, mirando cómo el calor torcía el aire arriba de la tranquera. Un chimango bajó a una rama de caldén, se acomodó, se fue. En el alambrado, una lagartija hacía flexiones sobre un poste.
—Tu mujer —dijo Aída después—. ¿Ella le tenía cariño a este molino?
—Le tenía bronca. Decía que cuando se paraba era mi culpa y cuando andaba era el viento. —Eladio sonrió sin darse cuenta—. Pero cuando yo andaba lejos, arriba de alguna torre de otro, ella salía al patio y lo escuchaba. Me lo contó una vez. Decía que el golpe del pistón sonaba parejo, como un reloj grande. Que así sabía que había agua.
—Entonces lo vas a escuchar.
—Si hay viento.
El sol bajó, se puso colorado y se achicó. Aída fue a la camioneta y volvió con una manta. Eladio, que no había pedido nada, se la puso sobre las rodillas.
A las ocho el aire cambió de olor. No fue el viento: fue antes. Un frío finito, mineral, que subió desde el sur por el costado de la tierra, y de golpe las hormigas dejaron de cruzar el camino. Eladio se paró despacio, con la mano en la cintura.
—Ahí viene —dijo.
—¿Qué?
—El pampero.
Primero se movió la veleta. Giró un cuarto de vuelta con un chirrido seco, hasta quedar mirando al sur, y se quedó quieta apuntando. Después las aspas, las dieciocho, se despertaron una por una, como si cada chapa tuviera que enterarse por separado. La rueda dio una vuelta lenta. Dio otra. Se oyó el roce de la caja de engranajes, el aceite buscando su camino, y arriba, bien arriba, el cigüeñal levantó la varilla de madera con un crujido.
No salió agua.
—Falta —dijo Eladio, más para sí que para ella—. Tiene que cebarse.
La varilla subió y bajó diez veces, veinte, treinta. Aída había dejado de comer. Eladio contaba con los labios. En la tubería, abajo de la torre, algo tosió. Después gorgoteó un hilo de aire, un escupitajo turbio, y por el pico salió un chorro marrón que se fue aclarando, aclarando, hasta que cayó dentro del tanque con el sonido que hace una cuchara al revolver una taza de metal.
Eladio se sacó la gorra.
—Mirá vos —dijo Aída.
—No digas nada.
—No digo nada.
Se quedaron escuchando. Cada golpe del pistón era igual al anterior, un peso suave, un empujón, una pausa. El chorro, flaco, parejo, caía en el tanque y esparcía anillos en el agua que ya no iban a parar. Venía la noche y con ella un cielo sin luna donde las estrellas se amontonaban sobre la rueda girando.
—Mil doscientos litros por hora —calculó Eladio—. Con este viento, capaz que más. A la mañana va a estar por la mitad.
—Y el jueves lleno.
—El jueves, rebalsando.
Aída le sirvió otro mate. Después tendió la manta sobre el capó de la camioneta, y él se acostó ahí, con la cabeza contra el parabrisas, de cara a la torre. No tenía sueño, pero cerró los ojos para escuchar mejor. El golpe del pistón no se parecía a un reloj. Se parecía más a alguien que respira en la pieza de al lado y no quiere despertarte.
A la madrugada, Aída se fue sin hacer ruido. Eladio durmió toda la noche, y mientras dormía el tanque subió despacio por la chapa, anillo por anillo, hasta tocar la costura de arriba.
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