El televisor de doña Berta

A las ocho y media del domingo, con la escarcha todavía blanca sobre los techos y el kerosén de la Eskabe llenándole el garaje de olor a invierno, Teodoro Lucero abrió el fondo del Philco de doña Berta y vio lo que se temía: el cinescopio tenía una mancha gris que subía desde una esquina, como humedad en una pared.

Lo había traído el jueves en la caja de una chata, atado con una soga, porque doña Berta Mayer tenía ochenta años y no confiaba en nadie que no fuera del barrio. Vivía a siete cuadras de la avenida San Martín, en una casa baja de la que su marido había sacado hasta el último ladrillo con sus manos. Cuando Teodoro le dijo que tal vez no llegaba, ella lo miró por encima de los anteojos.

—Llega —dijo—. El domingo juega Argentina y le prometí a Rubén que lo veíamos juntos.

—Doña Berta, usted nunca vio un partido.

—Por eso mismo.

Teodoro tomó mate amargo, de pie, junto al soldador. En la radio de la mesa, un locutor de Santa Rosa decía que la temperatura había bajado de cero y que el viento del sur no pensaba aflojar. Eran las nueve. El partido empezaba a las tres de la tarde, hora argentina, aunque en México fuera el mediodía. Seis horas.

Cambió dos capacitores, limpió los contactos con alcohol, probó la etapa de horizontal. Encendió. La imagen apareció, temblorosa, con el borde de la mancha comiéndose el ángulo izquierdo. Era un campo de fútbol visto por el ojo de una cerradura. Pasaron diez minutos y la mancha creció. A las once ya cubría un cuarto de la pantalla.

Se sentó sobre un cajón de manzanas. El tubo no tenía arreglo, y repuesto no iba a conseguir un domingo. En su casa, en el living donde su mujer tejía por las tardes, había un televisor sano. Hacía veinte años que lo miraba por las noches. Era el único que tenía.

—Nena —le dijo a su mujer por teléfono, desde el locutorio de la esquina, porque el taller no tenía línea—. Necesito el televisor.

—¿Para qué?

—Para el partido de doña Berta.

—¿Y nosotros?

—Nosotros lo escuchamos por radio. Como antes.

Hubo un silencio largo del otro lado, con el ruido de las agujas.

—Traelo con cuidado —dijo ella—. Y que no se moje.

A las doce y media, Teodoro empujaba por el asfalto helado una carretilla con su televisor envuelto en una frazada, esquivando los charcos congelados. En la plaza San Martín no había nadie. Los negocios de la avenida estaban cerrados, la gente ya se había encerrado adentro, y de cada casa salía olor a asado y a leña de caldén, que arde despacio y dura toda una tarde.

Doña Berta lo esperaba en la puerta, con un chal y el termo.

—Tarda usted —dijo.

—Tuve un contratiempo.

—Ya veo.

La casa estaba helada. Teodoro le pidió que prendiera el horno, y mientras ella lo hacía acomodó el aparato sobre la mesa de la cocina, desarmó el cable de antena del Philco muerto, lo empalmó con el suyo y subió a una silla para orientar la varilla en la ventana. A las dos menos veinte la imagen se estabilizó: un cielo enorme, una tribuna llena, el aire seco de la ciudad de México.

Rubén llegó a las dos y cuarto, con la bufanda del colegio y las manos coloradas. Se sentó en el piso, pegado al aparato, y miró a Teodoro sin entender.

—¿Ese es el tuyo, Teo?

—Es el de doña Berta, por hoy.

—Pero es el tuyo.

—Callate y mirá.

A las tres menos cinco entró el mate, entró el pan casero de la abuela, entraron dos vecinos que no habían sido invitados. Teodoro quiso irse y no lo dejaron. Se quedó contra la pared, junto a la puerta, con el soldador todavía en la mano, sin saber dónde dejarlo.

Empezó el partido. Doña Berta se acomodó el chal y miró la pantalla con la seriedad con la que miraba las facturas.

—¿Cuál es Argentina? —preguntó.

—El de azul oscuro, abuela —dijo Rubén—. Los otros son los ingleses.

—Ah. Los de azul oscuro. Bueno.

Durante el primer tiempo no pasó nada que ella pudiera reconocer como importante. Los hombres corrían, el sol golpeaba, la cancha parecía un potrero gigante. Los vecinos fumaban. Rubén no pestañeaba. Teodoro, que de fútbol entendía poco pero de imágenes entendía bastante, vigilaba el brillo y la estabilidad, esperando que el aparato se quejara con el calor de la cocina. No se quejó.

En el segundo tiempo la casa entera se quedó quieta. Cuando un gol subió al marcador sin que nadie le hubiera visto la mano al árbitro, algo estalló en la cocina: un grito, un puñetazo contra la mesa. Doña Berta preguntó qué había pasado. Rubén dijo que Maradona la había empujado con la mano y que nadie la había cobrado.

—¿Y eso se puede?

—No, abuela.

—Entonces, ¿por qué gritan?

Nadie le contestó. Pasaron cuatro minutos. Teodoro se agachó detrás del televisor para ver un contacto que había quedado flojo, y estaba ahí, en cuclillas, con la cara pegada a la chapa tibia, cuando oyó el rugido. No venía de la pantalla. Venía de la calle. De todas las casas a la vez, de cada puerta, de cada patio, un solo sonido enorme que atravesó las paredes y la escarcha y subió por la avenida San Martín hasta la plaza vacía.

—¡Teo! —gritó Rubén—. ¡Teo, mirá!

Pero Teodoro no miró. Se quedó agachado un segundo más, con la oreja contra el aparato que durante veinte años le había dado las noches, escuchando cómo un pueblo entero se ponía de pie. Después, despacio, se asomó por el costado.

Doña Berta estaba parada frente al televisor, con el chal caído y las dos manos sobre la boca. Lloraba sin ruido, mirando al de azul oscuro que corría hacia la tribuna con los brazos abiertos.

—Ese —dijo, y le tembló la voz—. Ese es el que yo quería ver.

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