El diablo bajo la vereda

Marcelino Cruz llegó a la plaza de Maimará el jueves a las siete de la tarde, con el sol ya detrás del cerro y la Paleta del Pintor todavía encendida en sus franjas de rojo y de ocre, y lo primero que vio fue el cemento.

Era una vereda nueva, gris, pareja, con el borde recién alisado. Corría desde la esquina de la escuela hasta el algarrobo viejo, y en el medio, justo en el medio, tenía que estar la piedra.

—No puede ser —dijo en voz alta, y un chico que pasaba con una bolsa de pan lo miró de costado.

Hacía un año, el domingo de Tentación, Marcelino había cavado ahí un pozo hondo como el brazo, con una pala prestada, mientras la comparsa tocaba las cajas alrededor y las mujeres tiraban talco sobre los que bajaban a la tierra al muñeco. Era un diablo de trapo, de metro y medio, con la cara de lienzo pintada de colorado y un collar de cascabeles. Lo habían enterrado con albahaca en el pecho y una copla. Después, él mismo había puesto encima una piedra blanca del río para no perder el sitio. Era el único encargado. Cada año el diablo lo enterraba y lo desenterraba una persona distinta de la comparsa, y ese año le tocaba a él abrir la tierra el sábado, delante de todos.

Faltaban dos días.

Se agachó y pasó la mano por el cemento. Estaba frío y áspero. Midió con los pasos desde el tronco del algarrobo y no se acordó cuántos eran: seis o siete. Seis o siete pasos eran un metro de diferencia, y un metro de diferencia era toda una vereda.

—Se lo tapó el municipio —dijo una voz detrás.

Doña Casimira Choque estaba sentada en el umbral de su casa, con un termo entre los pies y un tejido de lana colorada sobre las rodillas. Tenía ochenta y pico, la cara arrugada como un papel que alguien hubiera guardado en el bolsillo, y los ojos clarísimos. Hacía más de cincuenta años que no se perdía un desentierro.

—Ya sé —dijo Marcelino—. ¿Cuándo lo hicieron?

—En octubre. Vinieron con una mezcladora y tres muchachos. Yo les dije que ahí abajo había un diablo, y se rieron.

—¿Se rieron?

—Uno no. Uno miró para otro lado.

Marcelino se sentó en el cordón, al lado de la puerta. Sacó el celular, buscó un número, lo miró un rato y lo guardó. Llamar al delegado era llamar a la burocracia, y la burocracia no iba a romper una vereda por un muñeco de trapo antes del sábado.

—Si no está el diablo no hay carnaval, Casimira. Se lo prometí al presidente de la comparsa.

—El carnaval hay igual —dijo ella, sin apuro—. Lo que no hay es la cara que van a poner.

Le sirvió un mate. Era mate dulce, con cáscara de naranja, y estaba tibio. Marcelino lo tomó con las dos manos. A lo lejos, hacia el lado de la ruta 9, pasó un camión con el chirrido de los frenos, y el ruido se fue apagando entre los sembrados de flores y de verduras. Olía a humo de leña y a tierra regada.

—Hacé una cosa —dijo Casimira—. Andá a verlo a Rubén Tolaba.

—¿El que trabaja en la obra?

—El que miró para otro lado.

Rubén Tolaba vivía a tres cuadras, en una casa de adobe con el portón pintado de verde. Tenía cuarenta años, las manos partidas de cemento y un perro que le ladró a Marcelino hasta que el dueño le dijo algo en voz baja. Salió en camiseta, secándose con un repasador. Cuando oyó para qué venía, no se sorprendió.

—Sabía que me ibas a venir a buscar —dijo—. Esperá.

Entró y volvió con una linterna y una pala de punta. Caminaron juntos hasta la plaza, con el cielo ya negro y las primeras estrellas encima del cerro. Rubén se paró en la vereda, contó cuatro pasos desde el algarrobo, otros tres hacia la escuela, y golpeó con el talón del pie. Sonó hueco.

—No la vertimos ahí —dijo—. Dejé una abertura. Cuarenta por cuarenta. La tapé con una chapa y arriba puse unas piedras sueltas, para que parezca un desagüe. Mi padre fue diablo en la comparsa de Los Alegres. Cuando vi la piedra blanca supe lo que era, y no iba a ser yo el que tapara a un diablo.

Marcelino no dijo nada. Apartó las piedras, una por una. Debajo estaba la chapa de zinc, y debajo de la chapa, un cuadrado de tierra negra, húmeda, del tamaño de una bandeja, rodeado de cemento por los cuatro lados como un patio chiquito. Le habían puesto encima una ramita de albahaca, seca ya, que se deshizo entre los dedos con olor a verano.

—Pará —dijo Rubén—. Esto lo tenés que hacer de día, con la gente. Si no, no vale.

—Tenés razón.

—Pero por lo menos sabés dónde está.

Marcelino se quedó mirando el cuadrado de tierra. Una brisa fría bajó del cerro y movió la chapa. Se acordó de la mano con que había puesto la piedra blanca, de la copla que cantaron esa tarde, y de que hasta ese momento había pensado que el diablo estaba enterrado, como se entierra una cosa que se quiere perder, y que ahora se daba cuenta de que lo habían estado cuidando.

Volvió a tapar con la chapa y las piedras. Rubén le dio la mano, con la fuerza de quien no quiere hablar más.

El sábado, pasado el mediodía, la plaza se llenó de talco, de serpentinas, de cajas y de erkenchos. Marcelino se arrodilló al lado del algarrobo, delante de la comparsa entera, y levantó la chapa con las dos manos. Doña Casimira, en primera fila, tejía sin mirar el tejido. Abrió la tierra con las manos. A los diez centímetros tocó el lienzo, y el olor a humedad y a albahaca le subió a la cara.

Sacó el diablo entero, con la cara colorada y los cascabeles todavía sonando. La gente gritó. Alguien le tiró harina, alguien le puso una rama en la oreja. Rubén Tolaba, al fondo, con el perro, se dio vuelta y se fue a comprar bebida.

Esa noche, cuando la fiesta se mudó a los patios, Marcelino volvió solo a la plaza y puso una piedra blanca en el cuadrado vacío, y alrededor plantó tres plantines de albahaca. Dentro de ocho días, el domingo de Tentación, ahí mismo volvería a enterrar al diablo, y nadie iba a romper esa vereda.

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