A las cinco y diez, con la bahía todavía negra y el viento del oeste empujando la lluvia de costado, Soledad Barría levantó la nasa número catorce y supo por el peso que había algo grande adentro.
Lo dejó caer sobre la cubierta del Nahuel, once metros de casco de acero que había sido de su padre, y la red goteó agua helada en las botas. Adentro caminaba una centolla de patas largas, naranja oscuro, con el caparazón cubierto de percebes chiquitos. Pegado a ella, un centollón más pequeño. El centollón lo tiró de vuelta al agua sin mirarlo: desde el primero de noviembre estaba en veda.
—¿Y esa? —preguntó Brian, el pibe que le habían mandado de la cooperativa, con la capucha chorreando.
—Esa mide o no mide. Pasame el calibre.
El calibre era de madera de lenga, con una escala grabada a cuchillo y una muesca donde su padre había escrito con fibrón, hacía veinte años, un 12. Doce centímetros de ancho de caparazón, el mínimo legal para la centolla en el Canal Beagle. Todo lo que quedaba por debajo volvía al mar, estuviera vivo o muerto, y eso lo sabía hasta Brian, que llevaba tres semanas a bordo.
Soledad apoyó el calibre contra el caparazón, de punta a punta, y se agachó para ver mejor con la linterna en la boca.
Once con ocho.
Se quedó mirando. Dos milímetros. Con la humedad, la madera de lenga se hinchaba, y no era la primera vez que dudaba del calibre. Pero el calibre de la Prefectura era de acero, y el inspector del punto de desembarco también tenía uno, y a ese no se le hinchaba nada.
—Está justo —dijo Brian—. Pasa raspando. Además es macho, mirá la cola.
—Ya lo vi.
—Con esa son como cuatrocientos pesos más en el cajón. Nos estamos fundiendo, Sole.
Tenía razón, y era lo que más le molestaba. Aquella semana habían perdido dos nasas con las líneas cortadas por un crucero y una tercera por el temporal del lunes. El gasoil subía y el cajón de centolla pagaba lo mismo que en julio. La cooperativa había avisado que sin cupo completo no había anticipo.
Se sentó en la tapa de la bodega. La centolla caminaba despacio sobre la cubierta mojada, tanteando con las patas, buscando el borde.
—Mi papá tenía una regla —dijo Soledad—. Cuando dudaba, la medía dos veces. Una con el calibre y otra con la mano abierta. Dos palmos y un dedo, decía, y listo.
—¿Y andaba?
—No sé. Nunca se lo pregunté.
Brian se encogió de hombros y se puso a ordenar el cabo. Afuera, hacia el este, el cielo empezaba a ponerse color ceniza detrás de las islas Bridges. Ya se veían las luces de Ushuaia, la hilera de la avenida Maipú, las del muelle comercial, y más arriba, entre las nubes bajas, la línea blanca de los glaciares del Martial.
Soledad se abrió la mano. Midió. Dos palmos y un dedo, aproximadamente. Aproximadamente no era una medida.
Entonces hizo la cuenta que no quería hacer. En el muelle, en el punto de control, la esperaba Ledesma con su tablita y su calibre de acero. Si la centolla daba doce y ella la había devuelto, perdía cuatrocientos pesos. Si daba once con ocho y ella la entregaba, perdía la plata igual, más la multa, más treinta días de suspensión del permiso, que era el mes que la dejaba en la ruina. Y si Ledesma, que la conocía desde chica, miraba para otro lado, entonces le debía algo a Ledesma, y a su padre no le gustaba deberle nada a nadie.
—Brian.
—Qué.
—Si fuera tu barco, ¿qué harías?
El pibe levantó la vista. Tenía diecinueve años y la cara llena de sueño.
—La subía al cajón —dijo, sin vueltas—. Pero no es mi barco.
Soledad asintió. Era la respuesta más honesta que había escuchado en toda la semana.
Se puso de pie con las rodillas crujiendo, agarró la centolla por el caparazón con las dos manos, con cuidado de las pinzas, y la levantó contra la luz de la linterna. Era hermosa, vieja, de esas que habían pasado ocho o nueve años en el fondo del canal esperando crecer. Le faltaba un pelo para ser legal. Le faltaría el año que viene, pensó, o el otro, y ya no iba a ser asunto suyo.
Caminó hasta la borda.
—Sole —dijo Brian.
—Ya sé.
La soltó. No hubo ruido, apenas un hundimiento oscuro en el agua negra, una mancha naranja que bajó girando despacio y después nada. Soledad se quedó mirando el lugar donde había desaparecido hasta que el viento le tiró la capucha para atrás.
—Cuatrocientos pesos —murmuró Brian.
—Y el calibre dice doce, para que sepas —contestó ella, y le tiró el calibre de madera, que él atajó de milagro—. Mañana me comprás uno de acero en la ferretería de San Martín. Yo pago.
—¿Y este?
—Ese lo guardás vos en la cabina. Tiene un número escrito. Lo escribió un tipo que medía dos veces.
Levantaron las últimas nasas hasta las siete y media. Completaron once centollas legales de las que no cabía duda: la menor daba doce con seis. Cuando entraron a la bahía, la luz ya había limpiado las nubes y el canal brillaba como una chapa recién lavada. Ledesma esperaba en el muelle con la tablita bajo el brazo y el calibre de acero colgado del cinturón.
—¿Qué tal la mañana, Barría?
—Corta —dijo Soledad, y empezó a pasarle los cajones uno por uno.
Ledesma midió las once. Anotó en la planilla, selló el parte, y cuando ya se daba vuelta le dijo, sin mirarla:
—Tu viejo habría estado de acuerdo con la corta.
Soledad no preguntó cómo sabía. Soltó las amarras, y el Nahuel se balanceó contra el muelle con el golpe sordo de siempre, y en la cabina, sobre el tablero, el calibre de lenga seguía mostrando su doce de fibrón, un poco corrido por los años, todavía legible.
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