Las iniciales debajo del óxido

A las once y media de la mañana el termómetro de la farmacia de la esquina marcaba treinta y seis, y Nélida Borda todavía no había cruzado la calle. Desde la sombra del toldo miraba al muchacho de la camiseta gris arrodillado junto a la escultura, con un cepillo de alambre en una mano y un trapo húmedo en la otra. Le sacaba al hierro una costra marrón, de a tramos chicos, como quien pela una naranja sin cortar la cáscara.

Era una pieza grande, doblada sobre sí misma, con una base cuadrada de chapa gruesa. Nélida la conocía de memoria. La había visto nacer hacía treinta años, en la semana en que la ciudad se llenaba de escultores, de ruido de amoladoras y de chispas que caían sobre las baldosas como un granizo naranja. Ella tenía entonces cuarenta y un años, un overol azul que le quedaba grande y un trabajo de ayudante en el taller de chapa de su cuñado. Un escultor de otra provincia, que hablaba poco y fumaba mucho, necesitaba a alguien que supiera soldar una base sin quemar la plancha. Nélida sabía.

Cruzó. El asfalto devolvía el calor desde abajo, y el aire olía a yuyos de tereré, a nafta y a tierra recalentada. Las cigarras gritaban en los árboles de la vereda. Los lapachos ya hacía rato que no tenían una flor.

—Buen día —dijo.

El muchacho levantó la cabeza. Tenía una cinta de tela atada a la frente y la cara lustrosa de sudor.

—Buen día, señora. Si busca la sombra, el banco de allá está mejor. Acá estoy con química y no conviene.

—No busco la sombra. Busco una cosa de la base.

Él se sentó sobre los talones. Se llamaba Joaquín, le contó, y era del equipo que cuidaba las esculturas de la ciudad. Esa semana les tocaba una vuelta por las del centro: lavar, sacar el óxido, pasar protector. Esa en particular tenía una esquina de la base muy comida, y había que decidir si se reforzaba o si se cambiaba la chapa entera.

—¿Cambiar la chapa? —preguntó Nélida.

—Si no aguanta, sí. El hierro se come a sí mismo. No lo parás con buena voluntad.

Nélida asintió despacio. Se acordaba de la voz del escultor diciendo casi lo mismo, aquella semana, entre dos pitadas.

—Yo soldé esa base —dijo.

Joaquín se rió, no con maldad, más bien con la sorpresa de quien escucha que alguien conoció a un santo.

—¿Usted?

—En el noventa y pico. Me pagaron con una vianda y un abrazo. —Se agachó con dificultad, apoyando una mano en la rodilla—. Debajo del reborde, del lado de la calle, grabé las iniciales con la punta de una varilla. N.B. Nunca se las mostré a nadie. Me daba vergüenza que pensaran que me creía artista.

—¿Y hoy qué la trae?

—Ayer me dijeron que la cambiaban. —Nélida se encogió de hombros—. Me quedé con ganas de verlas una vez más.

El muchacho no dijo nada. Se agachó del lado de la calle, metió los dedos bajo el reborde y tanteó. Nélida lo miraba trabajar con la cabeza inclinada, y por un momento le pareció que los dedos de él eran los suyos de entonces, con el guante de cuero endurecido por las chispas.

—Acá hay mucho óxido —murmuró Joaquín—. No se ve nada.

—Pasá el cepillo despacito. Con el costado.

Pasó el cepillo. Cayó un polvo rojizo sobre la vereda, y después otro. Una hormiga cruzó el hilo de óxido y se perdió entre las baldosas. Desde la farmacia salió una señora con un perro chico, los miró un segundo y siguió de largo, porque en esa ciudad nadie se asombra de ver a alguien arrodillado frente a una escultura.

—Pará —dijo Nélida.

Joaquín se detuvo. Con el trapo húmedo limpió un tramo del reborde, y apareció, bajo la costra, una línea clara, finita y torcida. Primero una N que parecía una escalera caída. Después, una B con la panza chueca, hecha por una mano que temblaba un poco porque el escultor estaba mirando.

—Mirá —dijo él, y bajó la voz como en una iglesia—. Está. Está la firma.

Nélida no se acercó. Se quedó un rato quieta, con las manos colgando.

—Tiene la B torcida —dijo al fin.

—Un poco.

—Yo sabía.

Joaquín se sacó la cinta de la frente y se secó la cara. Se quedó mirando las letras, y después la esquina de la base, la parte comida, la que tenía que decidir.

—Mire, señora. Yo no mando en esto. Pero el informe lo escribo yo. Y puedo anotar que hay una marca de época bajo el reborde, y que hay que conservarla. Si cambian la chapa, la guardamos. Si la refuerzan, la reforzamos por adentro.

—¿Se puede?

—Se puede escribir. Después veremos si se puede hacer.

Nélida sonrió, y fue la primera vez en la mañana. Sacó de la bolsa de tela un termo y dos vasos de plástico, y sirvió tereré con el pulso de quien sirve desde hace cincuenta años, sin derramar una gota. Le alcanzó uno al muchacho. Estaba frío, amargo, con menta y burrito, y a los dos se les aflojó el cuerpo.

—Mi cuñado me decía que en la chapa no se firma —dijo ella—. Que la chapa se hace y se entrega.

—Él no estaba equivocado.

—No. Pero tampoco tenía razón.

Joaquín pasó el protector con una brocha ancha, tramo por tramo, y en las letras la dejó más despacio, casi sin tocar. El hierro se volvió oscuro y brillante, con un brillo húmedo de río. A las doce el sol cayó a plomo sobre la vereda, y la sombra de la escultura se achicó hasta quedar pegada a sus pies.

Nélida se agachó una vez más. Ya no le dolía la rodilla. Desde ahí, con la mejilla casi sobre la baldosa caliente, se veían las dos letras torcidas, bien nítidas, brillando al ras del reborde como un hilo de agua en un suelo seco.

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