Vittorio Zanotti tenía el barreno al rojo sobre el yunque y los ojos clavados en el metal, porque a las cinco de la tarde de un jueves de febrero el color era lo único en que se podía confiar. Afuera la chapa del tinglado crujía de calor. Adentro, la fragua olía a carbón mojado, a hierro quemado y a la cebolla frita que alguien preparaba en la fonda de al lado.
—Maestro, ya está —dijo Pepe desde la puerta, con el sombrero en la mano—. Se fueron todos para el cerro.
—¿Quiénes?
—Todos. Los de la cantera de arriba, los de la Movediza. Dicen que hoy vienen unos señores de Buenos Aires con un fotógrafo.
—Que vengan.
Vittorio dio un golpe corto, giró el barreno un cuarto de vuelta y volvió a mirar. Todavía era naranja. Naranja es poco. Un barreno con poco temple se dobla en la primera veta dura, y un barreno doblado, a cien metros de profundidad en la mente de un barrenero, es un hombre que pierde la tarde y a veces algo más.
Había llegado de Friuli en el ochenta y tantos, con un baúl y una carta para un primo que ya había muerto cuando bajó del tren. Se quedó. Aprendió el oficio al revés, mirando a un herrero yugoslavo que no hablaba una palabra de italiano y que le enseñó con el pulgar: así, así, ahora no. Treinta años después, en toda la sierra de Tandil no había barrenero que no supiera que los barrenos de Zanotti no rebotaban ni se doblaban.
—¿No quiere ir a ver la piedra, maestro?
—Yo la vi.
—Pero hoy dicen que le ponen botellas debajo.
—La vi cuarenta veces, Pepe. Se mueve, y después se queda quieta. Es una piedra.
El chico no se fue. Se sentó en el cajón de las tenazas y se puso a mirar la fragua con esa cara que tienen los aprendices cuando saben que una pregunta les va a costar una cachetada. Tenía catorce años y las manos llenas de ampollas viejas.
—Maestro. ¿Cómo sabe que está?
—¿Qué cosa?
—El temple. Yo lo miro y no veo nada. Para mí es todo rojo.
Vittorio no contestó enseguida. Sacó el barreno del fuego, lo sostuvo en el aire, entornó los ojos. Del naranja subía ahora un amarillo paja, finito, como una uña de luz.
—Venite —dijo—. Parate acá. No, de este lado, donde no te dé el reflejo de la puerta. Mirá la punta. ¿Qué ves?
—Naranja.
—Mirá más.
—Naranja, y… un poco más claro, en el filo.
—Eso. Esperá. Ahora se va a poner del color de la paja de los hornos de ladrillo. No antes. Cuando se pone así, se lo metés al agua, y no a cualquier agua. A la del tacho viejo, la que lleva una semana. La nueva está muy fría y lo rompe.
—¿Y si me equivoco?
—Te equivocás. Y hacés otro. Acá nadie nace sabiendo.
Pepe miraba el filo con la boca un poco abierta. En el patio, un caballo sacudió las moscas y un carro de adoquines pasó haciendo temblar los vidrios de la ventanita. Desde algún lado, bien lejos, llegaba el ruido de un martillo contra la piedra, regular, como un reloj de pared que se hubiera ido a vivir a las sierras.
—Ahora —dijo Vittorio.
Metió el barreno en el tacho. El agua silbó y soltó una columna de vapor que olía a hierro y a tormenta. Entonces, mientras el vapor todavía subía, se oyó el estruendo.
No fue un trueno. Fue más seco y más profundo, un golpe que vino por el suelo antes que por el aire, y el tinglado entero se estremeció, y del techo cayó un polvillo de óxido sobre el yunque. Los dos se quedaron quietos. El caballo del patio relinchó. Después, de golpe, se oyeron gritos desde el cerro, y la campana de la cantera empezó a sonar sin ritmo, alguien tirando de la soga con las dos manos.
—La piedra —susurró Pepe.
—No sabemos.
—Fue la piedra, maestro. ¡Se cayó!
—No sabemos nada. Quedate acá.
Pero el chico ya estaba en la puerta, con el sombrero apretado contra el pecho, mirando hacia arriba, hacia donde el cerro se veía igual que siempre salvo por una polvareda clara, apenas dorada por el sol bajo, que subía despacio sobre las casillas. Vittorio fue hasta él y se quedó a su lado. No dijo nada. Abajo, por el camino, la gente corría con las camisas abiertas. Alguien lloraba. Alguien se reía de los nervios, que es otra forma de llorar.
—¿Y ahora? —preguntó Pepe—. ¿Qué va a pasar?
—Van a subir todos. Van a mirar. Mañana va a haber diarios, y después se van a pelear dos años por saber quién fue.
—¿Y usted?
Vittorio volvió a la fragua, sacó el barreno del tacho con las tenazas y lo apoyó sobre el yunque. Pasó el pulgar por el filo, despacio, sin apuro, como se le pasa la mano a un animal. El metal estaba tibio, parejo, con ese azul oscuro de los buenos. Le dio un golpecito seco con el martillo chico y sonó claro, un tin largo que quedó flotando.
—Yo tenía que templar esto —dijo—. Y ya está.
Se lo alcanzó a Pepe.
—Probalo.
El chico lo agarró con las dos manos, lo golpeó contra el borde del yunque, lo escuchó. Levantó la vista, con la cara blanca de polvo y de miedo y de algo parecido al orgullo.
—Suena bien.
—Suena bien. Y no se dobla. Guardalo en el cajón de los de mañana.
Pepe lo guardó. Después se quedó un rato más parado en medio del tinglado, escuchando la campana y el tin que todavía le zumbaba en las palmas. Vittorio apagó la fragua con la pala, tapó las brasas con ceniza como se hacía en su pueblo y se secó las manos en el delantal.
Afuera empezaba a bajar la tarde sobre las sierras. En el aire quedaba el olor del granito recién partido, un olor a chispa y a lluvia lejana. Subieron juntos por el camino, sin hablar, entre la gente, y cuando llegaron a la altura de la última casilla, Pepe se detuvo, miró hacia atrás, hacia el tinglado oscuro, y dijo bajito:
—Mañana quiero aprender el color de la paja.
—Mañana —dijo Vittorio—. Cuando salga el sol.
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