El cucú de las doce

Ramón Ferreyra llegó a la plaza San Martín a las siete y media con la escalera de aluminio al hombro y el termo bajo el brazo. Era el 19 de septiembre y el viento del sur, ese que en Castex no pregunta, hacía golpear la bandera contra el mástil. Mañana el pueblo cumplía ciento dieciocho años, y el intendente había dicho, delante de todos en la reunión del jueves, que el reloj de cucú iba a sonar en el acto.

—Va a sonar —había contestado Ramón, porque era electricista municipal y esas cosas no se contestan de otra manera.

Hacía meses que el pájaro no salía. Después de una tormenta de febrero la puerta de arriba había quedado entornada, con un hilo de luz adentro, y la gente que cruzaba por la plaza levantaba la vista a las doce, a las tres, a las seis, y bajaba la vista de nuevo. Ramón también. Siete metros de ancho por cinco de alto, y el bicho callado como un chico castigado.

Apoyó la escalera contra el cuerpo de madera, subió seis escalones y abrió la tapa del costado. Adentro olía a polvo caliente, a grasa vieja y a nido de gorrión, porque alguien había hecho uno detrás de una polea. Lo sacó con dos dedos y lo dejó sobre la baranda de la fuente, con cuidado, como quien devuelve un huevo.

A las nueve vio a la nena.

Estaba sentada en el banco de enfrente, con una mochila de Frozen sobre las rodillas y el celular entre las dos manos. Tendría nueve años. No jugaba en las hamacas ni miraba a las palomas. Miraba el reloj, y de vez en cuando miraba la pantalla, y volvía a mirar el reloj.

—¿Vos no tenés escuela? —le gritó Ramón desde la escalera.

—Hoy tengo acto. Entro a la una.

—¿Y qué hacés acá tan temprano?

—Espero.

Ramón no insistió. Soltó un tornillo, limpió un contacto con un trapo y el alcohol de la botellita, probó el motor con la mano abierta. El engranaje giró dos vueltas y se trabó con un chasquido seco. Se sacó la gorra, se pasó el antebrazo por la frente. La mañana avanzaba con un cielo de un solo color, ese azul lavado de septiembre en la llanura, y en la calle Rivadavia, detrás de las vías, pasó una camioneta con bolsas de alimento balanceado.

A las diez y media la nena se acercó hasta el pie de la escalera.

—¿Lo vas a arreglar?

—Estoy en eso.

—Es que mi abuela me pidió una cosa.

Ramón bajó dos escalones. Ella le contó sin apuro, mirando para otro lado, como se cuentan las cosas que pesan. La abuela Nilda estaba internada en Santa Rosa desde hacía tres semanas, a ochenta y dos kilómetros por la ruta 35, y no podía levantarse de la cama. Cada día, a las doce, la abuela la llamaba por video desde el hospital. Antes de ir a la escuela, Lucía tenía que pasar por la plaza y levantar el teléfono hacia el reloj.

—Ella dice que cuando era chica, a las doce paraba todo. Las mujeres sacaban la olla del fuego, los hombres se sacaban el sombrero. Dice que el cucú era mejor que la sirena de la cooperativa. —Lucía se encogió de hombros—. Yo le muestro el reloj, pero no suena. Y ella hace como que escucha.

Ramón se quedó un rato callado con el trapo en la mano. Después volvió a subir.

Probó con el motor. Probó con la correa. Desarmó la puerta de arriba, que tenía una bisagra doblada por el golpe de la tormenta, y la enderezó entre las dos manos, de a poquito, con la lengua apretada entre los dientes, como hacía su padre con los arados en el galpón de la chacra. Aceitó. Ajustó. A las once y veinte encontró lo que de verdad pasaba: un resorte chico, del tamaño de un grano de arroz, había saltado de su asiento y andaba suelto entre los engranajes. Lo buscó con la linterna del celular, lo pescó con una pinza de depilar que le había prestado la panadera, y lo puso en su lugar.

—Si no anda —murmuró—, me tiro a la laguna.

Pero no hacía falta decirlo en voz alta. Lucía estaba otra vez en el banco, con el teléfono en las manos y la cara tensa de quien ya perdió muchas veces.

A las doce menos cinco empezó a juntarse gente. Una señora con el carrito del mercado. Dos jubilados de la cooperativa que se sentaban siempre en el mismo banco, a discutir de fútbol y de lluvia. El chico del kiosco, que cruzó con el delantal puesto. Nadie preguntó nada. Todos miraban para arriba.

Ramón bajó la escalera, la corrió dos metros para no estorbar y se quedó parado junto a la fuente, con las manos en los bolsillos y el corazón haciendo ruido.

—Ahora —dijo la nena, y levantó el celular. En la pantalla se veía una cara chiquita, con el pelo blanco aplastado contra una almohada.

Sonó el motor, un zumbido grave. La puerta de arriba se abrió sin trabarse, y el pájaro de madera salió despacio, con el pico abierto, pintado de un amarillo más fuerte que el sol.

—Cucú —dijo el reloj. Y otra vez, y otra, hasta doce.

Uno de los jubilados se sacó la gorra. La señora del carrito se quedó quieta con la mano en el manubrio. Lucía no se movió, sostenía el teléfono derecho como se sostiene una vela en un cumpleaños, y los labios le temblaban de puro esfuerzo por no hacerlos temblar.

Cuando el último cucú se apagó, en la plaza quedó el ruido de las hojas y de la fuente. Entonces del teléfono salió una voz finita, rasposa, que se escuchó hasta donde estaba Ramón:

—Lo escuché, mi amor. Atrasa dos minutos. Siempre atrasó.

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