A las cinco y diez, con la escarcha blanca sobre la chapa del galpón y el humo del secadero subiendo recto en el aire quieto, Celestina Vera colgó la romana del gancho de la viga y le pasó el trapo al platillo. Tenía sesenta y un años, una campera de la cooperativa que le quedaba grande y la libreta de tapa negra en el bolsillo de adelante, con el lápiz atado a una piolita para que no se le perdiera entre los raídos.
La romana era de su padre. Hierro negro, un brazo largo con muescas, un pilón que se corría de a poco hasta que el brazo quedaba en el aire, parejo, sin temblar. Hacía treinta años que pesaba la yerba de todo el camino a Campo Viera con ese aparato, y nunca nadie le había discutido un kilo en voz alta.
Hasta ese martes.
Al lado de la romana, sobre una base de cemento recién hecha, estaba la balanza nueva. Digital, con pantalla verde y un cable grueso que iba hasta un tomacorriente que Celestina no había visto nunca en ese galpón. La habían instalado el viernes, dos muchachos de Posadas con camisa celeste, y le habían explicado en cuatro minutos cómo prenderla.
—Es más moderna, doña —dijo el contratista, Aníbal Rolón, que llegó a las cinco y media con el camión cargado y la gorra de visera mojada por el rocío—. La cooperativa quiere que usemos esa.
—¿Y la mía?
—La suya déjela de adorno. Para que la vean los turistas, si vienen.
—Acá no viene ningún turista, Aníbal.
—Por eso mismo.
Los tareferos bajaron del camión de a uno, con las manos metidas en las mangas y el aliento haciendo nubecitas. Eran catorce. Celestina conocía a casi todos por la espalda: el Cacho, que cargaba siempre del hombro izquierdo; las hermanas Benítez, que cortaban juntas y se pasaban las ramas sin hablar; y al fondo, Rubén Gauto, el hijo de una compañera suya de los viejos tiempos, que tenía dieciocho años y era su primera zafra en serio.
Fue Rubén el primero que le acercó un raído. Lo arrastró por el piso de tierra con las dos manos, resoplando, y lo dejó al pie de la balanza digital.
—No, ahí no —dijo Celestina—. Traelo para acá.
—Me dijeron que es en la nueva.
—Te lo dije yo. Acá.
Rolón se acercó despacio, sin enojo, con esa paciencia de quien ya sabe cómo termina la conversación.
—Celestina. La nueva da un número que sale impreso. Si hay un reclamo, hay un papel.
—Mi libreta también es un papel.
—No es lo mismo.
—No —dijo ella—. Es mejor. La mía la conoce la gente.
Entre los dos, Rubén seguía parado con las manos colgando y el raído a los pies, sin saber a quién mirar. Le había salido un sabañón en el dedo chico y se lo frotaba contra el pantalón.
Celestina levantó el raído con el pilón de la romana, enganchó las cuatro puntas, y lo dejó subir. La yerba verde olía a pasto cortado y a algo más amargo, vegetal y fuerte, un olor que a ella siempre se le metía por la nariz hasta la nuca. El brazo se sacudió, bajó, subió. Corrió el pilón una muesca. Otra. Quedó en el aire.
—Noventa y siete —dijo.
Rubén abrió la boca.
—Pero yo… me dijeron que tenía cien, que lo había juntado todo.
—Tenés noventa y siete. Tres kilos de ramas gruesas que no se quebraron bien. Mirá.
Metió la mano en el raído y sacó un puñado. Entre las hojas había varios palos del grosor de un dedo, con la corteza todavía fresca.
—Eso va al secadero y arruina la partida. Lo que no se quiebra, no se paga.
—Entonces me pagan noventa y siete.
—Te pagan lo que pesa lo que sirve. Hoy, noventa y siete. Mañana vas a quebrar mejor y van a ser cien, y pasado ciento cinco.
Rolón se había quedado callado, mirando el brazo de hierro que todavía se movía, apenas, por la inercia. Del otro lado del galpón, el motor del camión se enfrió con un tictac metálico. Las hermanas Benítez habían dejado de hablar.
—Le pongo uno en la balanza digital, para ver —dijo por fin Rolón, y su voz sonó distinta, más baja—. Uno solo. Para comparar.
—Poné.
Subieron el raído de Cacho a la nueva. La pantalla verde marcó noventa y ocho coma cuatro. Celestina lo pesó después en la romana, y el pilón se detuvo entre dos muescas, un pelo antes de la última.
—Noventa y ocho —dijo ella—. Y un poquito más.
Nadie dijo nada. Rolón se rascó la nuca y miró el número de la pantalla, y después miró el brazo, y después a Celestina.
—Casi lo mismo —dijo.
—Casi lo mismo. Lo que cambia es quién te lo explica.
Rubén todavía tenía la mano en el bolsillo, apretando el lápiz que le había prestado alguien. Celestina abrió la libreta sobre la rodilla y escribió despacio, con la letra grande y redonda que usaba para los nombres: Gauto, Rubén, 97. Después levantó la vista.
—¿Sabés leer eso?
—Sí, doña.
—Entonces fijate que esté bien.
El chico se inclinó sobre la hoja. Leyó con los labios, moviendo apenas la cabeza, y asintió.
—Está bien.
—Después vas a querer saber cuánto fue el martes que viene, y el otro. Yo los anoto todos. Quedan acá.
A las seis menos veinte salió el sol sobre las copas de los yerbales, un rojo sucio primero, después amarillo, y la escarcha empezó a gotear de la chapa. Los tareferos agarraron las tijeras y se fueron en fila hacia la picada. Rolón se quedó un rato apoyado contra el camión, con la gorra en la mano.
—Déjela colgada —dijo antes de irse—. A la de hierro. Que se quede ahí.
—Ya estaba —dijo Celestina.
Cuando se quedó sola, corrió el pilón hasta el principio del brazo y lo soltó. El hierro se meció despacio en la luz nueva, de un lado para el otro, y la pantalla verde, a su lado, siguió marcando cero.
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