La libreta del puesto de Córdoba y Balcarce

Atilio Rossi abrió la persiana del puesto a las siete y cuarto, con quince minutos de atraso, y el ruido de la chapa en la esquina de Córdoba y Balcarce le sonó más largo que otros días. Hacía cuarenta y un años que levantaba esa persiana. Los primeros, con diecinueve, la levantaba con un solo brazo y silbando. Ahora usaba los dos y respiraba por la boca.

Acomodó los diarios en el orden de siempre: La Capital adelante, los de Buenos Aires atrás, las revistas de crucigramas en el costado, donde les daba el sol de la tarde y se ondulaban. Después puso el termo sobre el estante de abajo, al lado de la lata de galletitas donde guardaba el cambio. Esa lata había sido de Canale en el setenta y pico y todavía conservaba, en la tapa, un dibujo de unos nenes con trineo que nadie en Rosario había visto jamás en la vida real.

Faltaban nueve días para que lo cerraran. No lo cerraban, en realidad: lo transformaban. Así había dicho la chica de la Municipalidad, con una carpeta celeste en la mano y una sonrisa de dentista. Iban a sacarle la estructura vieja, le iban a pasar agua y luz, le iban a poner una máquina de café y un horno chiquito. Los diarios se quedaban. Lo repitió tres veces, los diarios se quedan, don Rossi, y él dijo que sí, que cómo no, porque a los sesenta y ocho años uno ya sabe cuándo una frase se dice para que el otro se quede tranquilo.

A las ocho llegó el doctor Benvenuto, el de la escribanía de enfrente, que compraba La Capital y nunca pedía el vuelto.

—¿Y, Atilio? ¿Se lo van a llevar mucho tiempo?

—Tres semanas. Dicen.

—Tres semanas son tres meses.

—Y sí.

—Yo igual vengo a tomarme el café, eh. Me dijeron que va a haber cortado y lágrima.

—Lágrima —dijo Atilio, como quien repite un nombre de enfermedad.

Benvenuto se rio, se llevó el diario bajo el brazo y se fue por la peatonal, esquivando a los que venían de a tres en fondo con la vista en el celular. Atilio los miraba pasar. Antes la peatonal a esa hora era un río de cuellos de camisa y diarios abiertos al medio. Ahora era un río igual, pero de nucas.

Hacia las diez se acercó una piba de unos veinte años con un guardapolvo de enfermera debajo de la campera. Tardó en hablar. Miraba las tapas sin tocar nada.

—Disculpe. ¿Usted tiene el diario de hoy de Buenos Aires? Me mandaron mis viejos a preguntar. Que es por un aviso.

—Tengo. Y el de ayer, y el de anteayer, si es por un aviso.

—¿Usted guarda los viejos?

—Los guardo ocho días. Después los devuelvo, o los vendo para envolver. Sobre todo para envolver.

Ella se quedó pensando. Dijo que su abuela había muerto el martes y que no habían alcanzado a publicar la participación en el diario, que lo quería hacer pero que ahora ya no sabía si servía, y que el abuelo, que estaba en casa, le había dicho: andá a lo de Atilio, el del puesto, que él sabe de estas cosas. Atilio no sabía de esas cosas. Pero sacó de abajo el ejemplar del martes, lo abrió en la página de esquelas y se lo mostró.

—Mirá. Ahí están todos. A tu abuela la conocía. Doña Elsa, ¿no? La de la calle Entre Ríos. Venía los sábados por las revistas de tejido.

La piba abrió los ojos.

—Sí. Elsa Ferrari.

—Se llevaba el Burda y una cajita de chicles de menta. Pagaba justo. Siempre me decía que el chicle no era para ella, que era para el abuelo.

Ella se tapó la boca con la mano. No lloró, pero se quedó un rato con la mano ahí, mirando la página, como si Elsa estuviera en alguna parte del papel, pegada entre las otras.

—Mirá —dijo Atilio, sin saber bien por qué—. Esto no sale en ningún lado, pero yo en la libreta de atrás anoto los nombres de los que compran siempre algo. Hace cuarenta años. No es para nada, es manía. Tengo a Elsa desde el ochenta y siete.

Fue a buscarla. La libreta era una Gloria de tapas negras, la décima o undécima, con el lomo remendado con cinta. Pasó las hojas con el dedo húmedo hasta que la encontró: Ferrari, Elsa (Entre Ríos). Burda. Chicles menta. Y al costado, en lapicera azul, una cruz chiquita que él mismo había dibujado el martes a la tarde, cuando el doctor Benvenuto le contó.

Se la mostró. La piba la leyó dos veces.

—¿Puedo sacarle una foto? Al abuelo le va a gustar.

—Sacale.

Mientras ella apuntaba con el celular, Atilio entendió algo que llevaba una semana dándole vueltas sin poder agarrar. No tenía miedo del café ni de la máquina ni de la chica de la carpeta. Tenía miedo de que, cuando levantaran el puesto, la libreta se quedara sin esquina. De que fuera un cuaderno de nombres sin lugar donde alguien viniera a pronunciarlos.

La piba se llevó el diario del martes, que Atilio no quiso cobrarle. Antes de irse le dijo gracias dos veces. Después lo pensó mejor y le compró unos chicles de menta.

Esa tarde, a las siete y media, cuando bajó la persiana, no la bajó del todo. La dejó a medio metro, como a veces hacía en verano. Se quedó sentado en el banquito con el termo entre las rodillas, mirando cómo la luz se iba por la calle Córdoba, naranja primero y después gris, y cómo se prendían de a una las vidrieras.

El jueves de la semana siguiente vinieron los operarios con una camioneta blanca y le sacaron las revistas de crucigramas, los trineos de la lata y la repisa de abajo. Él les alcanzó la libreta antes de que cargaran el resto.

—Esto no se toca —dijo—. Esto va conmigo.

Tres semanas después, cuando el puesto reabrió con un toldo verde y olor a medialunas, Atilio llegó a las siete y media en punto, con el pantalón planchado, y pidió un cortado. La chica de atrás, la nueva dueña, le preguntó si quería el diario para leer ahí.

—Dejá —dijo él—. Primero sentame un minuto.

Puso la libreta sobre el mostrador, abierta en una hoja nueva, y escribió con la lapicera azul, abajo de la última cruz: Esquina de Córdoba y Balcarce. Abierto de nuevo. Después se la dejó al lado de la máquina de café, con la tapa hacia arriba, para que la próxima persona que preguntara por alguien supiera dónde buscar.

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