Ceferino Ibarra se sentó en el escalón número ciento diez con la respiración de un fuelle viejo, y le dijo a su nieta que no, que siguiera ella, que él esperaba.
—Abuelo, faltan ciento cincuenta y cuatro —dijo Lucía, que había leído el cartel de abajo y llevaba la cuenta como quien lleva el vuelto.
—Y yo tengo setenta y nueve años. Hacé la resta.
Era un martes de fin de verano en Tandil, y el cerro La Movediza olía a tomillo y a piedra recalentada. Abajo, la ciudad estaba chata y gris, con los techos de chapa brillando como escamas. Arriba, contra un cielo sin una nube, se veía la réplica: la misma roca de siempre, plantada en el mismo punto, pero quieta. Ceferino la miró un rato largo con los ojos entrecerrados.
—No se mueve —dijo.
—Nunca se movió, abuelo. La hicieron en dos meses con resina y fibras. La de verdad tampoco, o casi nada.
—La de verdad se movía. Mi abuelo decía que se movía.
Lucía se quedó callada. Esa frase ya la conocía. La había escuchado en cada asado de la familia, entre el chorizo y la ensalada de tomate: el abuelo de su abuelo, otro Ceferino, había sido barrenero en las canteras de la sierra, uno de esos hombres que perforaban el granito con una barra de acero y una maza, metían la pólvora y salían corriendo. Y el veintinueve de febrero de 1912, entre las cinco y las seis de la tarde, la Piedra Movediza se vino abajo sin que nadie la viera. Nadie. Trescientas toneladas, rodando por la barranca, y ni un testigo.
Después vinieron los rumores. Que la tiraron los canteros, que estaban hartos de los turistas. Que fueron los barrenos de las canteras de al lado, que la golpeaban todos los días con sus explosiones hasta aflojarle el único punto donde se apoyaba. En el barrio de los canteros, la gente dejó de saludar a la familia Ibarra durante un par de años. Eso también lo contaban en los asados, pero más bajito.
—Yo no vine a subir —dijo Ceferino de pronto, y sacó de la mochila un paquete envuelto en un repasador a cuadros.
Adentro había una barra de acero corta, gastada en la punta, del largo de un antebrazo. Un barreno. Tenía el mango envuelto en una cinta de cuero que alguna vez fue marrón.
—Era de él. Me lo dio mi viejo cuando yo tenía doce, y me hizo prometer que algún día lo traía acá. No me dijo para qué.
—¿Y para qué lo trajiste?
—Para ver si sabía.
No explicó más. Se paró despacio, con una mano en la baranda y otra en la rodilla, y empezó a bajar. Lucía lo siguió sin entender, guardando la tentación de decirle que ya habían pagado el estacionamiento.
Rodearon el cerro por abajo, por un sendero de tierra donde las piedras sueltas crujían bajo las zapatillas. El sol ya caía de costado y alargaba las sombras de los espinillos. Entre los yuyos, del lado donde la ladera se vuelve barranca, estaban los pedazos. Tres bloques enormes, grises, con costras de liquen anaranjado, hundidos en el pasto como animales dormidos. Ninguno tenía cartel.
Ceferino se quedó parado frente al más grande. Lo miró de arriba abajo, despacio, como se mira a un pariente que no se ve hace mucho. Después apoyó la palma abierta contra el granito.
—Está tibia —dijo, sorprendido.
—Todo el día le dio el sol.
—Claro. Claro que sí.
Desenvolvió el barreno. Lo sostuvo un momento sin hacer nada, con los nudillos blancos. Lucía pensó que lo iba a clavar contra la roca, o que se lo iba a tirar, o que iba a decir algo largo y solemne. Pero Ceferino hizo lo más simple: apoyó la punta del barreno contra la piedra, en una grieta chica, y lo dejó ahí, parado, sostenido solo por su propio peso y por un par de dedos.
—Mi abuelo contaba que ese día estaba en la cantera de arriba, del otro lado del cerro —dijo—. Que escuchó un ruido como de trueno sin nube y que dejó la maza en el suelo. Y que cuando bajó y vio lo que había pasado, se sentó acá mismo, donde estamos. Y se quedó hasta que oscureció.
—¿Y la hizo caer?
—Yo qué sé, Lucía. Los barrenos del cerro habían hecho temblar esa piedra durante años. Cada hombre que trabajó en esa sierra puso un poquito. No sé si él, no sé si todos. A lo mejor la piedra ya estaba cansada.
Se quedaron un rato en silencio. Desde el otro lado del cerro llegaba el ruido lejano de una camioneta, y más cerca, el zumbido flaco de las abejas en el tomillo. Ceferino sacó el termo y el mate de la mochila, cebó uno, y se lo pasó a su nieta antes de tomar el suyo.
—No vine a pedirle perdón a una piedra —dijo—. Vine a contarle que mi abuelo siguió viniendo a mirarla. Cuarenta años. Todos los veintinueve de febrero que le tocaron, y los demás también cuando se podía. Se sentaba y no decía nada.
—¿Y vos? ¿Vas a venir?
—Una vez más, capaz. Hasta que las piernas digan basta.
Cuando el sol tocó el borde de la sierra, el granito empezó a soltar el calor del día en una bocanada tenue que se sentía en la cara. Ceferino retiró la mano de la piedra. El barreno se quedó donde estaba, derecho en su grieta, y lo dejaron ahí.
La piedra, que durante siglos había latido sobre un solo punto, ahora solo guardaba la tibieza de la tarde. Ceferino le dio un golpecito con los nudillos, como se golpea una puerta de un amigo que ya sabe quién es, y se fue bajando por el sendero con su nieta del brazo.
Leave a Reply