El último pan en Puente del Inca

Zulema Páez amasó a las cuatro de la mañana, como todos los días desde hacía veintidós años, con las manos metidas hasta las muñecas en una harina que a esa altura se endurecía antes de tiempo. Afuera la nieve había dejado de caer, pero el viento seguía arrastrándola de un lado a otro de las vías, y por la ventana de la cocina se veía el puente natural, esa costra de color óxido y mostaza que el agua termal le había ido pintando a la piedra durante siglos.

Puente del Inca estaba a dos mil setecientos metros, y el pan allá arriba tardaba más en subir, pero subía igual. Zulema lo sabía de memoria: cuarenta minutos de levadura en la cocina tibia, otros cuarenta junto a la salamandra, y después el horno de barro del fondo, que alimentaba con leña de jarilla que le traía un primo desde Uspallata.

Esa mañana hizo setenta panes en vez de cuarenta.

—¿Para quién tanto? —le preguntó Olmedo, el changarín, que había entrado a calentarse las manos en la puerta del horno.

—Para el tren.

—Zulema, el tren de hoy lleva cuatro pasajeros.

—Cuatro pasajeros y la tripulación. Y los que vengan a mirar.

Olmedo se rascó la nuca debajo del gorro. Sabía a qué se refería, aunque nadie lo decía en voz alta. Era 1984, y se murmuraba que ese viaje iba a ser de los últimos. No de los últimos del día ni de la semana: de los últimos del todo. Hacía rato que las conexiones con Chile estaban frenadas y que el mantenimiento de la vía se hacía con desgano. En la estación ya se hablaba del Trasandino en el mismo tono con que se habla de un tío internado.

Zulema había vendido pan en ese andén desde que enviudó. Al principio, a los escaladores que bajaban del tren con las mochilas cargadas y las caras quemadas por el sol de altura; después, a los soldados, a los camioneros varados por la nevada, a los maquinistas que paraban a cargar agua. Tenía una canasta de mimbre con una tela a cuadros, y una regla simple: el primer pan del día era para el que llegaba con más frío.

A las once menos diez, el silbato se oyó desde la curva, río abajo. Zulema se acomodó el pañuelo, levantó la canasta y salió. El aire la golpeó en la cara como una puerta que se abre de repente. Sobre el andén ya había diez o doce personas, más de las esperables: dos mujeres de Punta de Vacas con sus hijos, un gendarme, un hombre de campera naranja que sacaba fotos y alguien que lloraba despacio, sin mover la cara.

La locomotora llegó resoplando, con el costado cubierto de escarcha. El maquinista, un hombre flaco de bigote ralo al que ella conocía de vista, bajó a estirar las piernas y se quedó parado frente a Zulema con los guantes colgando.

—Doña —dijo—. Hoy no vengo a comprar. Vengo a decirle que me llevo el recuerdo de su pan hasta Mendoza.

—Entonces se lo lleva caliente.

Le dio uno, y después otro para el foguista, y después empezó a repartir por todo el andén sin cobrar. Al gendarme le tocó uno con chicharrón. A las mujeres de Punta de Vacas, dos por cabeza. Al hombre de la cámara le dijo que si iba a sacar fotos, que sacara del pan y no de ella, y él se rió y le hizo caso.

Cuando la canasta quedó casi vacía, Zulema se dio cuenta de que le temblaban las manos, y no era del frío.

—¿Y ahora qué va a hacer, doña? —preguntó el foguista, masticando.

—Seguir. Hay escaladores en enero, hay camiones todo el año. El pan no necesita tren.

—Pero el tren le traía la gente.

Zulema lo miró un momento, con el vapor de la locomotora subiéndole por el costado.

—Me traía la gente —dijo—. Pero la gente también tiene piernas.

El silbato sonó una vez, largo. Los pasajeros subieron. Alguien le gritó desde una ventanilla un gracias que se perdió en el viento. Zulema levantó la mano, sin saber si la veían, y se quedó ahí, quieta, hasta que el último vagón dobló en la curva y el ruido de las ruedas se fue haciendo más fino, más lejano, hasta que lo tapó el río.

Volvió a la cocina con la canasta liviana. Dejó la tela a cuadros sobre la mesa, avivó el fuego y se sentó a tomar un mate lavado, de esos que se toman para que pase el rato. Olmedo se había ido. La casa olía a levadura y a humo de jarilla.

A las cuatro de la tarde, alguien golpeó la puerta. Era un camionero con la cabina llena de escarcha, que venía de cruzar el paso y no encontraba dónde comer.

—¿Todavía le queda algo, señora?

Zulema fue hasta el horno, abrió la boca de hierro y sacó la última tanda, la que había hecho de más sin decirle a nadie por qué. Quince panes, dorados, con la corteza todavía cantando.

—Pase —dijo—. Hace frío.

Y mientras el hombre se sentaba a la mesa, afuera la nieve volvió a caer sobre las vías, despacio, tapando de a poco el lugar donde había estado el tren.

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