El último turno de Evaristo

La última boleta del cuaderno era para las tres de la mañana, y Evaristo Gil la llevaba en el bolsillo de la camisa desde la tarde, doblada en cuatro, como si pudiera gastarse de tanto mirarla.

Hacía cuarenta y dos años que era tomero en Maipú. Lo habían nombrado a los veintiséis, y su madre le había dicho a media cuadra: “A mi hijo me lo nombraron tomero”, con el mismo orgullo con que otras dicen que el hijo se recibió. Mañana se jubilaba. Esa noche, en cambio, todavía mandaba el agua.

Salió a las once con la pala al hombro y la linterna que ya no andaba bien, de esas que hay que golpear contra la palma. El aire olía a tierra mojada y a humo de leña de álamo. Desde la compuerta grande, el agua bajaba por la hijuela con ese ruido bajo y parejo que él conocía mejor que la voz de su mujer.

Recorrió el cauce despacio. Revisó el atoradero de los sauces, donde siempre se amontonaban bolsas y botellas que llegaban de la ciudad. Sacó una zapatilla de nene, la dejó sobre el borde del camino y siguió.

A la una y media llegó a la finca de los Ferrero.

Había sido una de las buenas. Seis hectáreas de malbec viejo, parral alto, con las cepas gruesas como muñecas. Segismundo Ferrero había muerto en marzo, y desde entonces la finca figuraba en la planilla de Irrigación como abandonada. La regla era clara: a las fincas abandonadas no se les entregaba agua. Evaristo la conocía de memoria. Hasta la había explicado, con paciencia, en más de una cocina.

Se paró frente a la compuerta de los Ferrero. Estaba cerrada, con el candado oxidado y la tabla hinchada de humedad. Del otro lado se veía la primera hilera, las hojas ya amarillas de octubre en un año que había venido seco. Estaban pidiendo agua, y se notaba.

La boleta de las tres era de Mónica Aguirre, la vecina de al lado. Veinte minutos por hectárea, canal de tierra, quince por cada una, según el cuadro. Pero Mónica había arrancado la viña en agosto para hacer un loteo, y el turno seguía corriendo a su nombre porque nadie se había acordado de darlo de baja. Evaristo lo sabía desde el martes. No había dicho nada.

Se sentó en el borde del cauce y se sacó la gorra. Pensó en Segismundo, con quien había compartido miles de mates en esa misma compuerta, discutiendo si el Zonda de febrero adelantaba o atrasaba la cosecha. Nunca se pusieron de acuerdo.

A las dos y cuarto escuchó el motor.

Una camioneta chica, con patente de Buenos Aires, frenó sobre el carril levantando polvo. Bajó un hombre de unos cuarenta años, con campera de ciudad y zapatos que no eran para tierra. Evaristo lo reconoció por el modo de caminar, torcido hacia la izquierda, igual que su padre.

—¿Don Evaristo?

—Gabriel. Qué hacés acá a esta hora.

—Salí de Buenos Aires a las cuatro de la tarde. —Se frotó la cara—. Mañana viene el escribano. Tengo que firmar la venta de la finca. Quería verla una vez, de noche, sin que me apuraran.

Los dos miraron las cepas. Gabriel tenía las manos en los bolsillos, como si no supiera dónde ponerlas.

—Mi viejo hablaba de usted —dijo—. Decía que era el único que sabía cuándo darle agua y cuándo hacerse el distraído.

Evaristo sonrió despacio.

—Eso lo decía cuando le convenía.

Se quedaron callados. El agua seguía bajando por la hijuela, a su lado, golpeando contra la compuerta cerrada.

—No tiene agua —dijo Gabriel—. Me avisaron. Figura abandonada.

—Figura, sí.

—Está bien. Es la regla.

—Es la regla —repitió Evaristo. Se puso la gorra, sacó la boleta del bolsillo y la leyó otra vez a la luz de la linterna, que le tembló un segundo—. Dice que a las tres hay turno para Mónica Aguirre. Y Mónica ya no tiene viña. Le queda un tractor y un cartel de lotes.

Gabriel lo miró sin entender.

—El tomero tiene que cuidar que el agua no se pierda —siguió Evaristo, y se acercó a la compuerta con la pala—. Si no la usa quien tiene el turno, hay que mandarla por donde se pueda aprovechar. Eso también está en la ley. Más o menos.

Metió la pala bajo el candado, hizo palanca. La madera crujió, como si hubiera estado esperando. Después corrió la tabla con las dos manos, y el agua entró en la finca por el surco principal, oscura y ancha, llevándose adelante las hojas secas.

Caminaron detrás de ella con la linterna. Alcanzó la primera hilera, la segunda, la tercera. Donde la tierra estaba más reseca, el agua se demoraba, se hundía, se volvía a asomar. Evaristo la ayudaba con la pala, abriendo un paso, cerrando otro, como había hecho desde los veintiséis años.

A las cinco, el cielo empezó a aclararse sobre la cordillera, que aparecía de a poco, blanca arriba. El agua llegó a la última hilera, la del fondo, la más vieja. Gabriel se agachó y metió la mano en el surco. Se quedó así, sin decir nada, con el agua fría pasándole entre los dedos.

Evaristo cerró la compuerta a las cinco y diez. Después anotó en el cuaderno, con letra prolija: “Turno Aguirre, entregado”.

No decía a quién.

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