Cuarenta baldes para el Bordoneando

El camión de agua no vino. Estela Ledesma lo supo a las siete y media, cuando el encargado le habló por celular desde algún lugar con mucho ruido de motor y le dijo que se había roto la bomba, que lo resolviera como pudiera, que hoy abría la Bienal y la ciudad tenía que estar linda.

—¿Cómo pudiera? —dijo ella, pero la llamada ya se había cortado.

Miró el boulevar. Estaba parada frente a la Plaza 25 de Mayo, con un balde de plástico celeste, un cepillo de raíz, un trozo de jabón de coco y un trapo que alguna vez fue una remera de Chaco For Ever. Delante, la escultura que le tocaba lavar desde hacía veintisiete años: el Bordoneando. Julio le había dejado el polvo de la semana encima, y encima del polvo, las huellas de las palomas.

Tenía hasta las seis de la tarde. A esa hora empezaba la gente a cruzar la plaza hacia el Domo del Centenario, a ver a los escultores trabajar en el predio de la costanera. Era la costumbre de la ciudad: la Bienal abría y todo lo que había en la calle tenía que estar limpio, como cuando se espera visita en una casa.

Sin agua, no había nada que hacer. Estela se sentó en el cordón con el balde vacío entre los pies. La mañana tenía ese frío de invierno chaqueño que dura hasta las diez y se va de golpe, como un invitado que se acordó de algo.

—¿Tenés sed? —dijo una voz.

Era doña Chela, la de la casa de la esquina, con la silla de playa ya instalada en la vereda y el termo bajo el brazo. Tenía ochenta y pico, el pelo atado con una cinta y una cuenta pendiente con el sol.

—Lo que tengo es un balde vacío, Chela.

—Eso se arregla. Mi canilla no está lejos.

No estaba lejos, pero tampoco cerca: eran ochenta pasos hasta el fondo del pasillo, y un balde lleno pesa. Estela hizo la cuenta de cabeza. Para lavar bien una escultura así, con enjuague, hacían falta unos cuarenta baldes. Ochenta pasos de ida y ochenta de vuelta, cuarenta veces. Le dolió la espalda antes de empezar.

Aun así, fue. Llenó el balde en la canilla de doña Chela, que sonaba como si tosiera, y lo cargó hasta el boulevar con el brazo duro. Mojó el trapo, frotó un costado de la figura, y el agua se fue sucia por la base, marrón como el río. Volvió. Llenó. Cargó.

A la quinta vuelta apareció un pibe de unos nueve años con una mochila de guardapolvo, que se había quedado mirándola desde la parada del colectivo.

—¿Por qué la lavás? —preguntó—. Si nadie la toca.

Estela se secó la frente con el antebrazo.

—Justamente por eso. Si nadie la rompe, alguien tiene que cuidarla.

—Mi mamá dice que no las rompen porque son de todos.

—Tu mamá sabe.

El pibe se encogió de hombros, dejó la mochila en el pasto y agarró el balde. Era un poco más grande que su mitad superior. Lo arrastró más que lo cargó, derramando la mitad, pero en el fondo quedaron unos tres litros que Estela agradeció como si fueran de oro.

—Me llamo Tomás.

—Estela. Vas a llegar tarde al colegio.

—Tengo el acto de la Bienal. Entro a las diez.

Quedaban dos horas. Tomás hizo cuatro viajes. Después apareció una chica con uniforme de peluquería, que dejó el bolso y se hizo cargo del trapo mientras Estela descansaba el hombro. Después el kiosquero de enfrente, con su propia manguera de media cuadra, que no alcanzaba pero ayudó a mojar la base. Después dos albañiles que tomaban el tereré en un camión estacionado y que, sin decir nada, empezaron a pasar los baldes de mano en mano. Doña Chela cebaba desde la silla, sin moverse, pero cada tanto gritaba una orden: «¡Más jabón en el hombro!», «¡No frotes tan fuerte, que se lastima!», como si la escultura fuera una criatura recién bañada.

Estela no recordaba cuándo había dejado de contar. A las once y cuarto, el sol ya estaba alto y le pegaba en la nuca. A las doce, había quince personas haciendo una fila torcida entre la canilla y el boulevar, y nadie se conocía del todo, pero todos se conocían de vista, que en una ciudad como Resistencia es casi lo mismo. Alguien trajo una escalera para llegar a lo más alto. Alguien trajo empanadas.

A las dos de la tarde la escultura brillaba. No como nueva, que no era el caso, sino como si hubiera cosas que había guardado y ahora se animaba a mostrar. Las manchas verdes de la humedad habían desaparecido. En la piedra mojada se reflejaba la plaza entera, los palos borrachos, los techos, un trozo de cielo.

Estela se sentó otra vez en el cordón, ahora con el balde al revés para usar de banquito, y miró lo que habían hecho. Le sorprendió tener ganas de llorar, y se aguantó, porque no era de tristeza y no sabía cómo explicarlo.

—Quedó bien, ¿no? —dijo Tomás, que había faltado al acto y no parecía arrepentido.

—Quedó bien.

—¿Te ayudo el año que viene?

Ella pensó en la bomba rota, en el encargado, en los veintisiete años de balde celeste. Pensó que hasta ayer había creído que ese trabajo era suyo, de ella sola, de nadie más, un secreto de la ciudad que le habían confiado como a una cerradura. Y que la cerradura, por lo visto, se abría con cualquiera que quisiera.

—El año que viene traé tu balde —dijo.

A las cinco y media empezó a pasar la gente hacia la costanera. Algunos se frenaban frente a la escultura húmeda, la tocaban con la punta de los dedos, dejaban una marca de mano en la superficie que se iba secando lentamente. Estela las miró desaparecer una por una, y no las limpió.

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