Hasta Gándara

A las cinco y diez de la mañana, en el andén de Burzaco, Atilio Benvenuto se palpó el bolsillo del saco por tercera vez. Ahí estaba el cartoncito. Un boleto Edmondson, rosa desteñido, con un agujero de pinza en forma de rombo y la fecha de un martes de 1991. No servía para nada. Lo llevaba igual, como se lleva una llave de una casa que ya no existe.

Había sido guarda del Roca treinta y ocho años. Conocía el ramal a Chascomús de memoria, estación por estación, y las había cantado miles de veces desde la puerta del coche: Longchamps, Glew, Guernica, Korn. Pero nunca, ni una sola vez, había viajado sentado. El guarda va parado, va de coche en coche, va con el cuerpo siempre un poco inclinado para adelante. A los setenta y un años, con la rodilla derecha hecha un nudo, Atilio quería sentarse junto a una ventanilla, mirar el campo pasar y que otro le dijera adónde llegaban.

La tarjeta SUBE se la había sacado el día anterior, en el kiosco de la esquina de su casa. El kiosquero le cargó doscientos pesos y le explicó dos veces cómo se apoyaba. Atilio asintió las dos veces. Él había dado vuelto en monedas durante media vida y ahora le explicaban cómo pagar un viaje.

El tren entró con su ruido de siempre, ese quejido largo de frenos que no cambia aunque cambien los coches. Atilio subió despacio, agarrándose del pasamanos con las dos manos, y eligió un asiento del lado izquierdo, hacia el final. Se sentó. Le crujió la rodilla. Puso la bolsa de tela en el piso, entre los pies, con el termo y dos facturas de dulce de leche.

Siguió un rato así, quieto, sin saber qué hacer con las manos. En Longchamps subieron un par de obreros con casco. En Glew, una señora con un chico dormido en brazos. Atilio miraba el techo del coche, los remaches, el ventilador apagado. Nada de eso le era nuevo. Lo nuevo era la cabeza apoyada contra el vidrio, el temblor que le llegaba por el hueso.

—Boleto, por favor.

La voz venía de atrás. Atilio se dio vuelta y vio a una guarda jovencita, de unos treinta años, con chaleco y una maquinita en la mano. Tenía el pelo atado y los ojos hinchados de quien se levantó a las tres.

—Sí, sí, acá está —dijo él, y sacó la SUBE.

Ella la apoyó en la maquinita y la maquinita hizo un pitido corto. Después se quedó mirándolo. Atilio no se había dado cuenta de que, con la SUBE, había sacado también el cartoncito rosa. Lo tenía en la otra mano, apretado.

—¿Eso qué es?

—Un Edmondson. Del noventa y uno. —Atilio lo estiró hacia ella—. Yo hice el agujero. Mirá, el rombo. Esa era mi pinza, la mía, no la de los otros turnos. Los otros hacían un círculo.

La chica agarró el cartón con dos dedos, como si fuera una oblea. Lo dio vuelta y lo miró a contraluz.

—¿Usted fue guarda?

—Treinta y ocho años. Hasta el dos mil diecinueve.

—Yamila —dijo ella, y se tocó el chaleco, donde tenía un nombre bordado—. Hace siete que estoy yo.

Se sentó enfrente. No debía, Atilio lo sabía. Los guardas no se sientan, pero ella se sentó, con la maquinita sobre la rodilla, y por un rato no dijeron nada. Pasaron Guernica y Alejandro Korn, y el conurbano se fue deshilachando en galpones, quintas, un caballo atado a un poste, un cartel de venta de lotes con un teléfono medio borrado. En Domselaar amaneció del todo. La luz entró de costado y le pintó la cara a Yamila de un color de pan.

—¿Y usted adónde va? —preguntó ella.

—A ningún lado. Hasta Gándara, a ver.

—¿Hay algo en Gándara?

—Que yo sepa, no. Me bajo y me vuelvo.

Ella se rio, no de él sino con él, y Atilio sintió algo raro en el pecho, algo parecido a lo que sentía cuando salía a tiempo de una estación con las puertas bien cerradas.

En Coronel Brandsen subió un hombre con una caja de pollitos que piaban a coro. En Jeppener, nadie. Yamila se levantó, se asomó a la puerta, y Atilio la oyó cantar el nombre de la estación con una voz de garganta tomada, un poco ronca, un poco corrida para abajo. Cantaba Jeppener como se canta una palabra que se aprende de otro. Él, de memoria, habría dicho que en su tiempo se decía distinto, más largo, con una e que se estiraba. Pero no dijo nada.

Volvió ella y se sentó de nuevo.

—Me enseñó un viejo, el que me tomó examen —dijo—. Se llamaba Quiroga. ¿Lo conoció?

—Quiroga era mi cuñado.

—No.

—Sí. Se murió el año pasado.

—Qué cosa —dijo Yamila, y se quedó callada, y Atilio también. Afuera pasó Altamirano, una casa blanca, un tanque de agua con un círculo de pájaros arriba.

Él sacó el termo. Le ofreció un mate que no tenía, porque eso era café con leche, y le ofreció una factura. Yamila agarró la de dulce de leche con las dos manos, sin ceremonia.

—Gándara en cinco minutos —dijo ella con la boca llena, mirando el reloj.

Atilio asintió. Sintió que le pesaban los párpados. Hacía treinta y ocho años que se despertaba antes de que sonara el despertador y ahora el tren lo mecía, el ventilador apagado, el vidrio tibio contra la sien. Se acordó de que tenía que decirle algo a la chica, algo del cartoncito, que se lo quedara, que lo pusiera en la maquinita, que lo colgara en el coche. Pero no pudo ordenar las palabras.

Se durmió con la cabeza apoyada en el vidrio y el boleto rosa sobre la rodilla.

Yamila lo miró un momento. Después, sin hacer ruido, levantó el cartoncito, lo guardó con cuidado en el bolsillo de su chaleco, y se paró en la puerta del coche.

—Gándara —dijo, bajito, para nadie y para él—. Gándara. Pero siga, siga nomás, que falta Chascomús.

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