A la una y diez, Noelia Barrionuevo cerró las puertas del 60 en Barrancas de Belgrano y puso primera con el pie todavía frío. El coche venía con cuatro pasajeros: dos pibes de uniforme de una pizzería, una señora con una bolsa del Coto y un hombre dormido contra la ventanilla, con la boca un poco abierta.
Era un recorrido C, por Panamericana hasta la terminal de Escobar. Noelia lo conocía como se conoce una cicatriz: Virrey Vértiz, Juramento, el carril del Metrobús, la General Paz, el Acceso Norte. Hacía once años que lo hacía de noche, desde que la empresa la tomó y el jefe de tráfico le dijo, mirándole el carnet, que era la primera mujer en ese galpón que no pedía turno de día.
En Ciudad Universitaria bajaron los de la pizzería. En la General Paz, con el motor rezongando en la subida, la señora de la bolsa se levantó para tocar el timbre y dejó, sin darse cuenta, algo en el asiento: una caja de cartón atada con hilo sisal, del tamaño de una caja de zapatos de hombre.
Noelia lo vio por el espejo cuando la señora ya estaba abajo, en la parada de Ugarte, saludando con la mano a alguien que no estaba. Frenó, abrió. Gritó “¡Señora, la caja!”. La señora no se dio vuelta. El 60 es largo y la noche es corta; atrás venía un auto que tocaba bocina.
Cerró. Siguió. Cuando el hombre del fondo se despertó en el peaje de Tigre, ella ya tenía la caja sobre el tablero, al lado del termo, y le había dado dos vueltas en la cabeza a lo que decía el reglamento: objeto olvidado, se entrega en la terminal, se completa planilla, se firma.
Pero en la tapa, con birome azul y letra de maestra, alguien había escrito una dirección: Para Elsa, Rivadavia al 800, Escobar. Que no se enfríe.
Noelia levantó la caja con una mano. Estaba tibia, y olía a masa y a azúcar quemada.
—Es un pan dulce —dijo el hombre del fondo, que se había parado a su lado con el bolso al hombro—. Lo conozco, es de la panadería de la estación de Pacheco. A esta hora recién lo sacan.
—¿Usted es de Pacheco?
—De Garín. Pero a ese pan lo reconozco con los ojos cerrados.
—¿Y qué hago yo con esto?
El hombre se rascó la nuca. Tenía manos de hacer algo con las manos, manchadas de grasa en las uñas.
—Y… llévelo. Escobar es su último punto, ¿no? Rivadavia queda a tres cuadras de la terminal.
—El reglamento dice que lo deje en la oficina.
—La oficina de Escobar abre a las seis.
Noelia no contestó. El 60 siguió por la colectora de la Panamericana, con los reflejos de los carteles naranjas yendo y viniendo por el parabrisas. Pensó en su madre, que en Villa Ballester llamaba “Elsa” a todas las cosas que hay que cuidar: la planta, el gato, la radio. Pensó en que once años de noches enseñan que casi todo lo que se olvida en un colectivo es de alguien que lo va a buscar mañana con la cara descompuesta. Y que a las seis de la mañana, la caja iba a estar fría.
En Garín el hombre tocó el timbre y bajó. Antes de irse apoyó una mano en el pasamanos.
—Llévelo —repitió—. Si pasa algo, yo declaro que usted lo intentó.
—No pasa nada —dijo ella, y se arrepintió de decirlo con tanta seguridad.
Quedó sola en el coche, con las luces interiores en blanco y los asientos vacíos puestos en fila. Era la parte del viaje que más le gustaba y que nunca le había contado a nadie: veinte minutos de ruta, el motor, la oscuridad del campo de golf a los costados, y nadie que le pidiera nada.
Entró a la terminal de Escobar a las dos y cuarto. Apagó el motor, firmó la planilla de llegada y se quedó un rato quieta. Después agarró la caja, bajó, cerró con llave y caminó por Rivadavia con el uniforme puesto, el sisal cortándole un poco los dedos.
El 800 era una casa baja con un limonero y una luz prendida en la cocina. Golpeó dos veces. Esperó. Golpeó de nuevo.
Abrió una mujer de unos ochenta años, con un chal sobre el camisón y los anteojos en la frente.
—¿Elsa? —dijo Noelia.
—Sí.
—Esto le mandan. Se lo olvidaron en el 60. Se lo traigo porque… —y no supo cómo terminar la frase.
La mujer miró la caja, miró el uniforme, miró el reloj de la cocina que se veía por detrás, y sonrió con un costado de la boca.
—Mi hija —dijo—. Todos los años me manda el pan dulce con alguien, y todos los años alguien se lo olvida en algún lado. Pasá, nena. Está tibio. Cortamos.
Noelia miró la hora. Tenía que estar de vuelta en el coche a las dos y cuarenta, para el regreso, que era el último del turno.
Entró igual. Se sentó en una silla de la cocina, con la gorra sobre la rodilla, y Elsa cortó el pan con un cuchillo de sierra. Adentro había fruta abrillantada y pasas, y la miga todavía humeaba. Lo comieron sin hablar, en el silencio de dos personas que no necesitan presentarse.
A las dos y treinta y ocho, Noelia dejó el plato en la bacha, saludó y salió a la vereda. El 60 la esperaba al fondo de Rivadavia, con las luces de adentro prendidas, y desde lejos parecía una casa pequeña que alguien había dejado encendida para ella.
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