Lo que no se oye

A las cinco de la mañana, en Villa Atamisqui, Hilaria Lescano ya tenía el bombo sobre la mesa de la cocina, boca arriba, como un animal al que hay que revisarle las patas. Afuera todavía no había ni un pájaro. El ómnibus a la capital salía a las seis y media de la plaza, y el bombo tenía que estar afinado antes, porque el sábado era la Marcha de los Bombos y la Luz, su nieta, iba a desfilar con él colgado del hombro.

Era el bombo de Ceferino. Lo había hecho su marido veinte años atrás, de un tronco de ceibo que dejó estacionar cuatro inviernos en el fondo del patio, con los aros de quebracho blanco doblados en agua hirviendo y el parche de cabra de un animal de ellos mismos, una overa mansa que se llamaba la Pepa. Después de que Ceferino murió, en marzo, el bombo se quedó en el rincón, tapado con una bolsa de harina, y nadie lo tocó hasta que la Luz, que tenía catorce años y un oído que no se lo explicaba nadie, dijo que quería marchar con ese y con ningún otro.

Hilaria prendió el calentador, puso agua para el mate y se sentó. El parche estaba flojo. Eso lo veía. Pasó el dedo por los tientos, los cueritos de vaca que corrían entre el aro de arriba y el de abajo, y los sintió resecos pero enteros. Había que mojar el parche apenas, de a poquito, con un trapo, y después ir apretando los tientos de a un nudo por vez, en cruz, como se aprieta la rueda de un camión. Después, golpear. Y ahí empezaba el problema.

Hilaria no oía bien. Hacía tres años que usaba audífonos, y hacía nueve días que uno se le había perdido, seguramente en el corral, entre las cabras, y el otro se había quedado sin pila y la farmacia de Atamisqui no tenía de ese tamaño. En la cocina, el mundo le llegaba como a través de una frazada mojada. Un bombo mal afinado suena a hueco o suena a lata, y ella ya no sabía distinguir cuál de las dos cosas estaba oyendo.

Mojó el parche. Apretó los tientos. Golpeó con la maza de lapacho, la gorda, la que Ceferino había tallado con la forma de una mano cerrada. El bombo respondió con un ruido que a ella le pareció un trueno lejano y que podía ser perfectamente un cajón vacío.

—Abuela —dijo la Luz desde la puerta, en camiseta, con el pelo parado—. ¿Estás tocando a las cinco?

—Estoy afinando. Andá a dormir.

—Suena sordo.

Hilaria la miró. La nena lo había dicho sin ninguna crueldad, como quien dice que está nublado.

—¿Sordo cómo?

—Sordo. Como si el tiento de la derecha estuviera aflojado. —La Luz se acercó, pasó la mano por el borde y tocó con el dedo dos nudos—. Este y este.

Hilaria apretó esos dos nudos. Golpeó otra vez. La Luz cabeceó que no, que ahora se había pasado, y Hilaria aflojó medio nudo. Así estuvieron un rato, la abuela con las manos y la nieta con el oído, hasta que el agua del mate hirvió de más y hubo que apagar el calentador.

—Ya está —dijo la Luz—. Suena.

—A mí me suena a cajón.

—Es que no te estoy pidiendo que lo escuches vos, abuela. Es mi bombo.

Eso último le cayó raro. Hilaria sirvió el mate sin decir nada y se lo alcanzó a la nena, que se lo tomó parada, mirando el patio que empezaba a clarear. Se oían ahora, para la Luz, los primeros pájaros. Para Hilaria no se oía nada, pero vio cómo la nena giraba la cabeza hacia el algarrobo, un poco, como siguiendo algo.

A las seis menos cuarto se fueron caminando a la plaza, la Luz con el bombo colgado y los palillos metidos en el cinturón, Hilaria con el bolso, el termo y una campera de más. En la plaza ya estaba el ómnibus con el motor prendido y media docena de músicos sentados adentro, con las guitarras entre las piernas y un violín envuelto en un repasador. Cuando subieron, el chofer, que era hijo de una prima, le dijo a la Luz que el bombo iba adelante, en el asiento de al lado, y que lo cuidara como a un nene.

Fueron por la ruta 9 con el sol en la ventanilla. Hilaria miraba el monte pasar, los algarrobos, los quebrachos, los chañares, y pensaba en que casi todo ese monte, un siglo atrás, se lo habían llevado a los ingenios de Tucumán para alimentar las calderas, y en que Ceferino siempre decía que cada bombo era un árbol que alguien había tenido que decidir cortar.

En la capital había gente en todas las veredas. Se oían los bombos desde varias cuadras antes, y Hilaria, que no los oía, los sintió igual: en el pecho, en la mesa del café donde se sentó a esperar, en el vaso de agua que temblaba. Así la Luz la encontró después de formar con los demás, entre dos señoras que hablaban de la caravana, con las manos abiertas sobre las rodillas, como quien está calentándose.

—Abuela, vení, vamos a salir.

—Yo me quedo acá, te veo pasar.

—Vení, no seas terca.

La Luz la agarró de la manga y la llevó hasta el borde de la calle, donde la columna avanzaba lenta, con los chicos, los viejos, los grupos de las peñas, y la acomodó contra la baranda de una vidriera. Hilaria se paró ahí. Venían pasando los bombos de a decenas, y ella sentía cada golpe como un empujón suave en el esternón.

Entonces la Luz se puso frente a ella, a dos metros, y empezó a tocar. Eran dos golpes al centro y uno al aro, con la maza de lapacho en la derecha y el palillo en la izquierda, un compás que Hilaria conocía de memoria aunque no lo hubiera oído en años. Le llegó entero. No por los oídos, por el piso, por la baranda, por las costillas. Entre todos los bombos de la calle, el de Ceferino se separaba de los demás como se separa una voz conocida en una reunión grande.

No se sabe cuánto tiempo estuvo así. Cuando la Luz terminó el tramo, Hilaria tenía la mano apoyada contra el casco del bombo, que la nena había arrimado sin que ella se diera cuenta, y la palma sentía la madera de ceibo todavía temblando, tibia, como el lomo de una cabra recién esquilada.

—¿Y? —dijo la Luz, sin aliento.

Hilaria no contestó enseguida. Dejó la mano donde estaba hasta que el temblor se acabó.

—Está afinado —dijo.

La nena sonrió, se acomodó la correa en el hombro y se volvió a meter en la columna. Hilaria se quedó mirándola ir, hasta que el bombo de Ceferino se perdió entre los otros, y con la palma todavía abierta en el aire siguió, un rato más, sintiéndolo.

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