El ojo que se equivocó

El error estaba en el cuarto ojo de la tercera fila, y Nemesia Cabrera lo vio recién cuando se le acabó la luz del día y tuvo que acercarse la lámpara al telar.

Un hilo marrón había pasado por arriba donde tenía que pasar por abajo. Era una cosa de nada, del largo de un dedo, pero en el ojo de perdiz un hilo corrido cambia el dibujo entero: el punto que debía ser redondo salía con una esquina, como un ojo que se achina para mirar mejor.

Se sentó en el banquito, sin soltar la pala. Afuera, en Londres, los perros ladraban a alguien que volvía tarde por la ruta. En la cocina todavía estaba tibio el mate cebado.

Faltaban tres días para la Fiesta del Poncho. Hacía cinco meses que tenía urdido ese poncho, lana de oveja hilada por ella, blanco y marrón natural, sin teñir, y hacía dos que lo tejía a la noche, después de la siesta de las ovejas y del último guiso. Lo quería en su puesto del predio, colgado de la barra, con la guarda bien derecha. Para cambiar un solo hilo había que destejer hasta ahí. Eran cuarenta centímetros de trabajo.

—Dos noches —dijo en voz alta, para oírlo.

—¿Qué son dos noches? —preguntó Bautista desde la puerta.

El nieto tenía nueve años y el pelo parado de la almohada. Se había levantado sin que ella lo sintiera, descalzo sobre el piso frío de tierra apisonada y cemento.

—Nada, mi vida. Andá a la cama.

Pero el chico ya había cruzado el cuarto. Se paró al lado del telar y miró el tejido con la cabeza ladeada, como mira un pollito.

—Ese está torcido —dijo, señalando justo el ojo.

Nemesia soltó el aire por la nariz, entre risa y fastidio.

—Qué vista que tenés.

—¿Lo vas a arreglar?

—Hay que deshacer todo lo de abajo. Se tarda.

—¿Y si no lo arreglás?

Lo dijo con la inocencia de quien no sabe lo que está preguntando. Nemesia lo mandó a dormir con la excusa de que a esa hora los chicos se enfrían, y él se fue arrastrando los pies, pero antes de cruzar el pasillo se dio vuelta.

—El poncho de la bisabuela también tiene uno torcido. Yo lo vi.

—Ese poncho no tiene nada.

—Tiene. En el hombro. Yo lo vi cuando lo sacaste a airear.

Se quedó sola. Lavó la taza, apagó la lámpara del telar, la volvió a prender. A las doce se acostó mirando el techo de chapa, y el viento de la sierra le fue sacando las ganas de dormir hasta que se levantó, abrió el baúl de la pieza del fondo y sacó el poncho de su madre.

Olía a naftalina y a leña. Era marrón oscuro, de lana de oveja, con una guarda blanca de tres dedos, y lo había tejido Eulalia Cabrera en el invierno del setenta y uno, con una mano más rápida que la suya y un ojo que nunca se cansaba. Nemesia lo había visto sobre los hombros de su madre en todas las misas, en todos los entierros, en todas las siestas de domingo. Lo tendió sobre la cama y lo recorrió con la palma, centímetro a centímetro, como quien busca una espina.

Lo encontró en el hombro izquierdo. Un cuadro de la guarda tenía un hilo blanco de más, un pelito de nada, apenas una rayita que se metía donde no la llamaban.

Cincuenta años mirando ese poncho y nunca lo había visto.

Se sentó en la cama con el poncho en las rodillas. Recordó que, cuando era chica, su madre le decía que a un tejido hay que dejarle una cosa sin terminar de perfecta, para que se note que lo hizo una persona y no el viento. Nunca le había creído; le parecía una frase para consolarse después de una equivocación. Ahora, con el poncho abierto como una tierra labrada, no estaba tan segura.

Al otro día tejió. No destejió nada: pasó la trama, apretó el peine, pasó la trama otra vez. El ojo torcido quedó donde estaba y el resto del dibujo fue subiendo pegado a él. Bautista, que volvía de la escuela, se paró a mirar sin decir nada y a las cinco le trajo el mate sin que se lo pidieran.

Lo sacó del telar el jueves a la tarde, con el aire ya frío, y lo plegó con el ojo torcido hacia arriba. Lo llevaron en la camioneta de un vecino, entre un fardo de lana y una caja de sogas, hasta el predio ferial. El viernes, cuando abrieron los pabellones, lo colgó en la barra del puesto, entre un chal y un camino de mesa, y se sentó a esperar con el termo.

Una mujer de Tucumán lo tocó con los dedos abiertos, midió el largo contra su propio brazo y preguntó el precio. Nemesia se lo dijo. La mujer asintió, pero antes de sacar la plata volvió a mirar la tercera fila.

—Mire, señora, acá hay uno que salió medio…

Nemesia abrió la boca para contestar, pero Bautista se le adelantó. Se había subido a un cajón de verduras para llegar a la barra y con el dedo índice, todo sucio de tierra, tocó el ojo torcido con mucho cuidado, como se toca la frente de alguien dormido.

—Ese es el de mi abuela —dijo—. Es el que no se puede olvidar.

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