El portón no cerraba desde el invierno del noventa y ocho, así que Adela lo empujó con la rodilla y entró primero. Lautaro la siguió con la bolsa de herramientas y una bolsa de harina en la otra mano, porque la abuela había dicho que sin harina no se subía a ningún molino.
—¿Para qué la harina, abuela?
—Para después. Vos cargá y no preguntés.
La chacra estaba a siete kilómetros de Eduardo Castex, sobre un camino de tierra que el viento norte de la tarde había dejado cubierto de un polvo fino, color trigo. La casa tenía las persianas bajas. Atrás, sobre cuatro patas de hierro, el molino miraba para el sur con la cola torcida, la rueda quieta y un nido de calandrias en el hueco del timón.
El lunes a las nueve venía el comprador, un hombre de Santa Rosa que quería el lote para sembrar y que había dicho, con buena educación, que el molino no lo necesitaba: iba a poner una perforación con bomba eléctrica. Adela había firmado todo. Lo único que le quedaba por hacer era algo que no figuraba en ningún papel.
—Mi viejo siempre decía que el pan de Castex se hacía con trigo del Volga y agua de molino —dijo, y se sentó en el borde del brocal a sacarse las botas de goma—. Mi mamá amasaba para la fiesta con esa agua. Yo amasé con esa agua hasta que me casé. Quiero amasar una vez más.
—Pero el molino no anda.
—No anda hace once años. Por eso te traje.
Lautaro tenía catorce años y las manos grandes de su abuelo, el que se había ido en el dos mil trece. Abrió la bolsa y fue sacando lo que ella le había hecho juntar: una llave francesa, un tarro de grasa, alambre, un destornillador, una tira de cuero curtido enrollada como una cinta.
—Eso es del cinto de tu bisabuelo —dijo Adela—. Lo guardé en el cajón de los manteles. El cuerito de la bomba se secó hace mucho, y de otro no me fío.
Subieron al atardecer, porque a esa hora el viento aflojaba y se podía trabajar sin que la rueda se lanzara. Ella le dio las instrucciones desde abajo, con la mano en visera. Que trabara primero la rueda con la palanca. Que no se pare nunca en la línea de las aspas. Que aflojara la tuerca de la varilla con calma, que estaba vieja pero no era tonta.
La tuerca cedió con un chillido. Lautaro bajó la varilla con ayuda de la abuela, los dos tirando de a poco, hasta que salió a la luz el émbolo, negro, con el cuerito reseco y partido como una galleta. Adela lo miró un rato largo.
—Ese cuero lo cambió mi papá en el sesenta y uno, el año que llovió tanto. Se pasó una semana en el barro. Mamá le llevaba el mate al pie de la torre.
Cortaron el cinto con una trincheta. Lautaro dio vueltas al cuero en la grasa tibia, lo calzó alrededor del émbolo, lo ajustó con alambre fino. Le temblaban un poco los dedos y no sabía si era el frío o la cuenta de todo lo que había hecho solo, sin que nadie le dijera que estaba bien.
—Así —dijo ella—. Parejo. No lo ahogues.
Bajaron la varilla otra vez. Ya había oscurecido y arriba la chapa del molino se veía azul contra un cielo que todavía guardaba un borde naranja. Lautaro soltó la palanca. Durante un minuto no pasó nada. Después, desde el sur, llegó una brisa corta, y la rueda dio una vuelta lenta, con un quejido de hierro que hizo callar a los grillos.
—Vamos —murmuró Adela—. Vamos, vieja.
La rueda giró de nuevo, y otra vez. El timón se acomodó solo, con un golpe seco, y las aspas se pusieron de cara al viento. Del caño salió primero un ruido de aire, después un chorro marrón que manchó la piedra, después otro más espeso. Lautaro se agachó con el balde. Adela le puso la mano en el hombro.
—Dejá que corra. Mamá decía que el primer agua es la que paga el atraso.
Corrió un cuarto de hora. El color fue cambiando, de barro a té, de té a vidrio. Cuando por fin salió clara, Adela se arrodilló, juntó las manos y bebió. Se quedó con el agua en la boca, con los ojos cerrados, como si probara algo que se podía romper.
—Es la misma —dijo—. Un poco más dura. Pero es la misma.
Esa noche amasaron en la cocina de la chacra, con el horno de barro que el padre había hecho en el cuarenta y siete y que no se había caído porque era mejor que la casa. Adela midió la harina a ojo, la sal a ojo, el agua a ojo, y Lautaro aprendió a darle vuelta a la masa con el talón de la mano hasta que dejó de pegarse. Afuera, la rueda seguía girando por encima del techo, y el tanque se llenaba con un ruido de agua que no se oía desde hacía una década.
A las cuatro de la mañana sacaron los panes. Eran siete, chatos, con la corteza clara y una grieta en el medio por donde salía el vapor. Adela partió uno y se lo dio a su nieto antes de probarlo ella.
—¿Y? —preguntó.
Lautaro masticó despacio. Miró por la ventana, donde ya se dibujaba la silueta del molino contra la primera luz, con la cola derecha y la rueda entera, soltando agua sobre la tierra seca.
—Sabe a que el lunes no lo vendemos —dijo.
Adela soltó una risa corta, y se limpió la harina de las manos en el delantal. Después sirvió el mate y se quedó mirando cómo giraba la rueda, hasta que el sol apareció del lado de Castex, justo detrás del último pan.
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