La línea del canchero

Noelia Paz llegó a la cancha del Oeste a las siete de la mañana con el termo, el silbato y una sospecha. El viento norte había entrado de madrugada, ese viento seco de Realicó que arrastra tierra de los lotes recién arados y la deja en los dientes. Desde el alambrado vio lo que temía: las líneas de la semana pasada estaban medio borradas y el área grande del arco sur se torcía hacia afuera como una mala letra.

Atilio Ledesma había sido el canchero del club durante treinta y un años. Murió en agosto, un martes, y el domingo siguiente se jugó con las líneas hechas por un voluntario que las marcó a ojo. Desde entonces el club le pagaba unas monedas al sobrino, Brian, de diecinueve años, que sabía manejar la máquina de cal pero no sabía para qué servía cada cosa.

A las ocho llegó Brian, con el pelo mojado y un mate frío.

—¿Me venís a ayudar o a mirar? —preguntó ella.

—Me dijo mi tío que con viento no se marca —dijo él—. Que se espera.

—¿Y cuánto se espera?

—No me dijo.

Noelia se rió sin ganas. Era la única mujer que arbitraba en la Liga Pampeana y había aprendido a no discutir con quien tenía razón a medias. A las cuatro de la tarde jugaban el Oeste y un equipo de Quemú Quemú, con la tabla apretada, y cualquier línea chueca iba a terminar en una pelea de tribuna. Ella no pensaba dirigir un partido con un área que no medía lo que tenía que medir.

Armaron la máquina entre los dos. Brian cargó la cal, un polvo blanco que picaba en la nariz, y probaron un tramo. El viento se llevó la mitad. Lo que quedó en el pasto parecía una nube que se había caído y no sabía cómo levantarse.

—Ves —dijo Brian.

—Veo.

Fue al galpón a buscar una cinta métrica. El galpón olía a aceite de máquina, a pasto cortado viejo y a ese dulzor de la cal húmeda. En la pared, colgados de clavos, había cinco palos de escoba y un ovillo de hilo sisal. Debajo del ovillo, en una caja de zapatos Pampero, encontró un rollo de cuerda fina que no era hilo común. Tenía nudos. Cada cinco palmos, un nudo, y entre nudo y nudo, un trocito de cinta aisladora roja.

Le llevó un rato entender. Los nudos no medían metros. Medían pasos de Atilio, que era petiso y tenía una cadera mal, y que había hecho esa cuerda para no depender de la cinta del club, que según él estaba estirada de tanto uso. Con un cartelito pegado en el extremo, escrito en lapicera azul: «Área chica: 5,50. Área grande: 16,50. Punto: 11. No usar los nudos negros, esos son de las cortinas».

Noelia se quedó parada, con la caja en las manos. Después volvió a la cancha y le mostró la cuerda a Brian.

—Esto lo hizo tu tío.

—¿Eso? Yo pensé que era para atar la bolsa de cal.

—Era para esto. Dame una estaca.

Clavaron una en la esquina del área y otra a dieciséis metros cincuenta, estirando la cuerda entre las dos. Fue Brian el que dijo que había que bajarse y trabajar pegado al suelo, con el cuerpo tapando el viento, y fue Noelia la que le dijo que no pasara la máquina de golpe sino de a tramos cortos, apoyando una rodilla. Marcaron así, agachados, con la cuerda tensa sobre el pasto, avanzando de nudo en nudo. A las once el viento aflojó un poco, y a las doce, cuando pasó por la ruta el camión que baja todos los días con la hacienda, ya tenían las dos áreas del arco sur y la mitad del arco norte.

Comieron en el borde del campo, sentados sobre un cajón de gaseosas, un sándwich de milanesa cada uno. Del lado de la ruta, los caldenes se doblaban todos para el mismo lado.

—Mi tío nunca me explicó nada —dijo Brian—. Yo me venía acá cuando era chico y él me daba la máquina para empujar, y ya.

—Te explicó, solo que no con palabras.

—Puede ser.

A las tres y media la cancha estaba lista. Se juntaron algunos hinchas del Oeste en el alambrado, con las camperas puestas y el termo bajo el brazo, y ninguno dijo nada de las líneas. Era lo mejor que podía pasar: que nadie las mirara.

Noelia se acomodó el silbato, revisó el reloj y cruzó la cancha. Brian se quedó junto al banco con la máquina vacía, sin saber dónde ponerse.

—Quedate ahí —le dijo ella—. Y si el viento vuelve, no te muevas.

Los equipos salieron. Noelia midió con los ojos el área sur, recta como un hilo tirado, y pitó. El primer pase fue largo y bajo, y la pelota rodó sobre la línea del área grande y levantó una nubecita blanca, apenas, que el viento se llevó para el lado del pueblo.

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