El viento bajaba del Cordón del Plata con olor a piedra mojada y le sacudía a Aída Bustos el delantal contra las piernas. Abrió la ventana del buffet de la estación Uspallata a las tres y cuarto de la tarde, como todos los días, y puso la pava sobre la hornalla. Después se quedó mirando la pared del andén, donde faltaba algo.
Faltaba la pizarra.
Durante treinta y un años había colgado de dos ganchos, al lado de la puerta de la jefatura. Su padre, Dionisio, jefe de estación hasta que se jubiló, escribía ahí con tiza cada hora de paso: Mendoza, 15.40. Puente del Inca, 17.05. Los choferes de las camionetas que iban a Chile miraban esa pizarra antes que sus relojes. Hacía ocho meses que Dionisio no se levantaba de la cama, y esa mañana, mientras Aída le cebaba mate, él había dicho lo único que pidió en todo el año:
—Que la hora de hoy quede escrita.
Ahora los dos ganchos estaban pelados. Aída salió al andén con la pava todavía en la mano, se dio cuenta, y la dejó en el banco.
—Don Ramírez —le gritó al peón de vía que barría los rieles—. ¿Dónde está la pizarra?
El hombre se apoyó en la escoba. Tenía la cara cuarteada por el sol de altura y los ojos chicos.
—Se la llevaron el lunes los de la liquidación. Con el escritorio, el telégrafo y el reloj de pared. Anotaron todo en una planilla. Dijeron que era patrimonio.
—¿Patrimonio de quién?
—De Ferrocarriles. Hasta el viernes.
Era viernes. El último automotor Ganz-Mavag, el que venía de Mendoza haciendo el mismo trayecto que hacían los húngaros desde que los trajeron, pasaba por Uspallata a las cuatro menos veinte y seguía hasta Puente del Inca. Después no habría más. Aída lo sabía desde hacía semanas, igual que todo el pueblo, y había horneado ochenta empanadas de todos modos, porque no sabía qué otra cosa hacer con las manos.
Entró a la jefatura, que ya estaba casi vacía. Quedaban un perchero, una silla con una pata atada con alambre y un clavo donde antes colgaba la llave del cuarto de faroles. Revisó los cajones del escritorio que no se habían llevado, porque no había escritorio. Revisó el piso. Entre dos tablas encontró un cabo de tiza de dos centímetros, blanco y redondo de tanto uso.
—Ya está la tiza —dijo en voz alta—. Falta el resto.
Ramírez la había seguido hasta la puerta.
—Nena, no hay dónde escribir.
—Hay dónde. Ayudame.
Sacaron del buffet la tapa de madera de la caja de las gaseosas, la limpiaron con un repasador y la apoyaron contra la pared, sobre el banco. No era una pizarra. Tenía grabado a fuego el nombre de una soda de San Rafael y una veta atravesada. Aída pasó la mano por encima y la madera chupó el trapo mojado como si tuviera sed.
—Va a salir mal —dijo Ramírez.
—Va a salir.
Probó la tiza en una esquina. Dejó una raya gris, floja. Probó de nuevo apretando más y la tiza se partió en dos. Se quedó con la mitad en cada mano.
A lo lejos, río abajo, sonó la bocina del automotor. Todavía no se lo veía, pero el sonido llegó por el valle con el eco de las paredes, largo y un poco desafinado. En el andén empezaba a juntarse gente: la maestra de la escuela, dos camioneros que habían parado a tomar algo, el nene del almacenero con un banderín de Ferrocarriles que ya nadie fabricaba.
Aída se arrodilló frente a la tapa. Pensó en la letra de su padre, redonda, con los números inclinados hacia la derecha, como si corrieran para alcanzar el tren. Pensó que nunca había escrito en esa pizarra. Ni una vez. Dionisio no dejaba que nadie tocara la tiza, ni a ella, y ella siempre había creído que era por celos del oficio.
Escribió la M. Salió temblando. Escribió Mendoza completo, y no quedó mal. Después los números: un uno, un cinco, un punto, un cuatro, un cero. Le tembló la mano en el cuatro y lo cerró de más. Lo dejó así.
—¿Y la de salida? —preguntó la maestra, que miraba por encima de su hombro.
Aída no contestó enseguida. Debajo de la línea del horario de llegada su padre siempre escribía el de partida. Esa tarde había uno solo que ella pudiera anotar sin mentir, y no era el de Puente del Inca.
El automotor entró en la curva de los álamos, gris y verde, con las ventanillas encendidas aunque era de día. Frenó despacio. Los camioneros se sacaron las gorras sin ponerse de acuerdo. El maquinista asomó el brazo y saludó, y Ramírez levantó la escoba como si fuera una bandera.
Aída apretó lo que le quedaba de tiza y escribió, debajo del horario de llegada, una sola palabra, con la letra más derecha que le salió:
Llegó.
Se paró, se sacudió las rodillas y fue hasta el vagón con la bandeja de empanadas. Subió los dos escalones. El guarda le recibió la bandeja, probó una, y se quedó mirando la masa en la mano.
—Es la receta de tu viejo.
—Es la mía. Pero se parece.
Cuando el automotor arrancó, ella ya estaba otra vez en el andén. Miró la tapa de madera apoyada en la pared, con la hora escrita en tiza floja y esa única palabra abajo. El viento ya le había borrado un pedazo de la M.
No la retocó. Entró al buffet, apagó la pava y volvió con dos mates. Le dio uno a Ramírez, y se quedaron los dos parados frente al cartel hasta que el sonido de las ruedas se perdió en la quebrada y quedó solamente el río, sin nada que lo interrumpiera, bajando como siempre por el lado de la vía.
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