A las cinco y diez el camión de la distribuidora frenó en la esquina de Triunvirato y Monroe con el motor todavía caliente, y el chofer tiró los atados sobre la vereda sin bajarse. Hugo Lezcano los arrastró hasta el kiosco uno por uno. Los zunchos le cortaron los dedos como todas las mañanas desde hacía cuarenta y un años.
Del otro lado de la calle, la estación General Urquiza todavía tenía las luces del andén prendidas. El primer tren de la mañana no había salido y el barrio olía a pan y a gasoil.
Abrió el atado de arriba, contó, y separó un ejemplar. Lo dobló en cuatro, con la hoja del crucigrama hacia afuera, y lo metió debajo del mostrador, en el estante donde guardaba el cargador del celular y la caja de las pastillas.
Esa edición era la última. Al día siguiente era 7 de noviembre y los diarios en papel no salían, como pasaba todos los años en el Día del Canillita. Los kioscos bajaban la persiana y Hugo, que había aprendido a odiar los feriados, se iba a quedar sin saber qué hacer con las manos.
—Papá, mañana descansás —le había dicho Vanina la noche anterior, por teléfono—. Por una vez.
—Mañana descanso —había contestado él, y había cortado antes de que ella le preguntara por el estante.
A las siete empezó la gente. Los que iban al subte, los que recargaban la SUBE, el pibe de la panadería que se llevaba los chicles de a veinte. Diarios vendió pocos. Cinco años atrás habría vendido ochenta antes de las nueve. Ahora vendía tarjetas telefónicas, figuritas, y de vez en cuando una revista de crucigramas que alguna señora pedía como si pidiera un remedio.
A las doce, con el kiosco vacío, le pidió a Nelson, el del local de al lado, que le mirara el puesto veinte minutos.
—¿Adónde vas?
—A hacer un reparto.
—¿Un reparto? —Nelson se rió—. Hugo, no queda nadie a quien repartirle.
Hugo agarró el diario doblado, cruzó Triunvirato y caminó hacia la plaza Echeverría por la vereda del sol. Pasó la ferretería, la casa de repuestos, el locutorio que ahora vendía celulares usados. A los cuarenta años había hecho ese camino corriendo, con la bolsa de lona al hombro. A los sesenta y tres lo hacía despacio y contando las baldosas flojas.
El edificio de Pedro I. Rivera no tenía ascensor. Dalmiro Escalada vivía en el tercero B desde 1971, y desde el invierno pasado, cuando se cayó en la escalera y se rompió la cadera, no había vuelto a bajar. Antes había sido telegrafista del ferrocarril. Había comprado el diario todos los días durante treinta y ocho años, siempre el mismo, siempre con el mismo gesto de sacar la plata del bolsillo del chaleco sin mirarla. Hugo todavía lo veía hacerlo.
Subió con la mano en la baranda. En el segundo piso se paró a respirar. Alguien cocinaba con ajo.
Le abrió la cuidadora, una mujer joven que lo miró con el diario en la mano y no preguntó nada.
—Está en la cama, pero despierto. Hoy hace un rato preguntó qué día era.
Dalmiro estaba sentado contra dos almohadas, con una frazada de cuadros hasta la cintura. Había adelgazado hasta quedar casi sin forma, pero los ojos eran los mismos, claros y un poco enojados.
—Llegás tarde —dijo.
—Hoy tuve poco movimiento.
—Siempre tenés poco movimiento. —Estiró la mano—. A ver.
Hugo le puso el diario en las manos. Dalmiro lo acarició sin abrirlo, con el pulgar, de arriba abajo, como se alisa una camisa. Después lo dejó sobre la frazada.
—No veo —dijo—. Hace meses que no veo las letras. Se las pedí a la chica pero las lee como si estuviera enojada.
Hugo se quedó parado. Había subido tres pisos con una idea que ahora le parecía una tontería.
—Traje la hoja del crucigrama —dijo, al final.
—Ya sé qué trajiste.
—Si querés, yo te las leo. Las definiciones.
Dalmiro no contestó enseguida. Miró la ventana, donde se veía un pedazo de plaza y un árbol sin hojas todavía.
—Traé la silla —dijo.
Hugo la arrastró desde la cocina. Abrió el diario sobre las rodillas y sacó del bolsillo la birome que usaba para anotar los pedidos.
—Uno horizontal. Ciudad del Piamonte, seis letras.
—Asti.
—Son cuatro.
—Entonces Alessandria, no, esa tiene más. —Dalmiro cerró los ojos—. Torino. Seis. Escribí.
Hugo escribió. La mano le temblaba un poco, no por los años sino por otra cosa.
—Dos horizontal. Lo que usaba el telegrafista para cortar la transmisión.
—No existe esa definición.
—Está acá.
—Entonces la inventaron mal. —Pero sonreía, apenas, de costado—. ¿Cuántas letras?
Fueron una hora. Dalmiro acertó casi todo y lo que no acertó lo discutió, con los ojos cerrados, citando nombres de estaciones de tren y de ríos que Hugo no conocía. La cuidadora trajo mate y se fue sin hacer ruido. Cuando quedaron tres casilleros en blanco, Dalmiro dijo que esos los dejara así, que había que dejarle algo al que hace el diario.
—Mañana no hay —dijo Hugo.
—Lo sé. —Dalmiro se acomodó contra las almohadas—. Yo nunca me quejé del 7 de noviembre. Un día sin noticias le viene bien a cualquiera.
—Pasado mañana te traigo el de pasado mañana.
—Subí menos rápido. Se te oye desde acá.
Hugo bajó las escaleras agarrado a la baranda, escalón por escalón. Afuera el sol había girado y la vereda del kiosco quedaba en sombra. Nelson lo esperaba con los brazos cruzados.
—Vendí una revista —dijo—. Y me debés veinte minutos.
—Treinta y cinco.
A las ocho de la noche Hugo bajó la persiana hasta el piso y la aseguró con el candado. Cruzó la calle. En el andén de enfrente alguien esperaba el tren con un diario abierto, el último del día, y por un rato largo la esquina quedó en silencio, sin pregón de nadie, con el sonido de la primera campana de las barreras.
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