La salamandra del coche tres

A las seis y diez de la mañana, la escarcha cubría las vías de la estación de Esquel como una sábana mal planchada. Nilda Aravena caminó por el andén con una bolsa de arpillera en cada mano y el aliento adelante, como si lo llevara de la correa.

—Señora, todavía no se puede pasar —le dijo un muchacho de campera naranja, con la credencial colgando.

—Soy Aravena. Me llamó el jefe de estación.

El muchacho miró una planilla, levantó las cejas y se hizo a un lado.

Treinta años había trabajado en ese tren. Primero de ayudante de coche, después de encargada, cuando todavía se viajaba en serio, con cajones de gallinas en el pasillo y una familia entera durmiendo sobre las valijas. Hacía once años que se había jubilado. Ahora la vieja compañía de turismo preparaba una salida especial para un grupo de chicos de la escuela de Trevelin, y a alguien se le ocurrió que el coche tres, el más viejo de la formación, tenía la salamandra más caprichosa de todas. Y que la única que sabía prenderla vivía a cuatro cuadras.

Subió por el estribo agarrándose del pasamanos helado. Adentro olía a madera barnizada, a polvo y a metal frío. Los bancos de listones, las lámparas de bronce, el piso con las mismas tablas gastadas frente a la puerta, donde generaciones de botas se habían parado a esperar. En el medio del coche, panzona y negra, la salamandra.

Se sacó los guantes y le pasó la mano por el costado. Estaba tan fría que le dolió.

—Bueno, vieja —dijo—. Vamos a ver cómo andamos.

Abrió la portezuela. Adentro había ceniza apelmazada de la última salida, y Nilda la sacó con la palita, despacio, sin levantar polvo. Después se arrodilló, algo que le costó más que hace once años, y abrió la primera bolsa. Eran astillas finas de ciprés, cortadas por su hermano en el aserradero de Cholila y secadas dos meses en el galpón. En la segunda bolsa llevaba los leños, y en el bolsillo del abrigo, un rollo de diario del domingo.

Su padre, que también había sido ferroviario, le había enseñado la regla en esa misma estufa, cuando ella tenía dieciséis años: «El fuego es como una visita. Si lo apurás, se ofende. Si lo dejás sin aire, se muere de vergüenza».

Armó un nido con el papel arrugado. Las astillas arriba, en cruz, con espacio para que respirara. Los leños gruesos, todavía no. Encendió el fósforo y lo acercó.

La llama prendió el papel, subió por las astillas, y a los treinta segundos se apagó con un resoplido y un hilo de humo gris.

—Tiene tiro malo —dijo una voz desde la puerta.

Era el maquinista, un hombre grandote con el mameluco manchado de aceite y una taza de mate cocido en la mano. Se llamaba Cáceres y era hijo de otro maquinista que ella había conocido.

—No tiene tiro malo. Tiene el caño frío —contestó Nilda sin darse vuelta—. El aire de afuera le tapa la chimenea como un corcho. Hay que calentarle el cuello primero.

—¿Y eso cómo se hace?

—Con un diario encendido, contra la boca del caño, un minuto.

Cáceres dejó la taza en un banco y fue a buscar una escalera. Mientras él subía al techo del coche, Nilda arrugó otro diario, lo encendió y lo sostuvo bajo la boca de la estufa con los dedos tiesos. Arriba, el maquinista maldijo en voz baja y cantó algo que parecía una zamba.

—¡Ya está caliente! —gritó.

—¡Ahora sí!

Volvió a armar el nido. Se le temblaban las manos y no era por el frío. Le quedaban cuatro fósforos en la caja. Los contó dos veces, porque había aprendido que los números, igual que el fuego, mejoran si los mirás con atención.

El segundo fósforo prendió el papel. La llama se paró derecha, probó una astilla, otra, y de pronto se oyó el sonido que ella estaba esperando sin saberlo: ese ronroneo grave del tiro, como alguien que aspira por una pajita. Nilda se quedó quieta. Puso un leño fino, después otro. La salamandra empezó a crujir.

A las siete y media subieron los chicos, treinta, con gorros de lana y mochilas más grandes que ellos, y la maestra detrás, contándolos en voz alta. Entraron al coche tres empujándose y pegaron un frenazo en seco, porque adentro había calor. Un calor de casa, de pan.

—¡Seño, esto anda! —gritó un nene de pelo duro, y se sentó pegado a la estufa.

—No te apoyes, que quema —dijo Nilda.

—¿Usted trabaja acá?

Ella miró la salamandra, el humo blanco que subía por el caño, las manchas de hollín en el techo que nadie había limpiado desde su época. Pensó en cuarenta inviernos de pasajeros que se habían sacado los guantes frente a esa panza negra.

—Trabajé —contestó—. Hoy vengo de visita.

El tren pitó. El coche dio ese tirón corto, de trocha angosta, que sacude las muelas. Por la ventana empezó a correr la estepa blanca, con la escarcha prendida en cada mata, y a lo lejos, borroneada, la cordillera. Los chicos se amontonaron contra los vidrios.

Nilda se quedó sentada junto a la estufa, con las manos abiertas frente a la portezuela. Quedaban tres fósforos en la caja. Los guardó en el bolsillo, para el viaje de vuelta.

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