Una mata verde en Plaza Huincul

La alerta por viento llegó al grupo de las maestras a las siete y diez de la mañana, con un solo mensaje y tres signos de exclamación. A las siete y cuarto ya estaba la segunda: se suspendía el acto por el aniversario del Pozo 1. Silvia Neculqueo leyó el celular parada en la cocina, con la pava en la mano, y apagó el fuego sin haber servido el mate.

Hacía tres semanas que ensayaba con sexto grado. Veintiséis chicos, veintiséis frases cortas, una por cada uno, sobre el 29 de octubre de 1918. Después de eso, el himno y una torta de la cooperadora. Ahora la plaza iba a quedar vacía y los carteles iban a volar hasta Cutral Co.

Se puso la campera de abajo, la que usaba para las excursiones, y metió en la mochila una carpeta con fotocopias. En la primera hoja había una frase subrayada con lápiz rojo. La había copiado de un informe de 1914, de un geólogo alemán, y la sabía de memoria: un kilómetro al norte del kilómetro 1297, en el alto de un morro, al lado de una mata verde.

Esa frase era lo que a ella le gustaba de toda la historia. No la máquina de vapor ni la torre de madera. A un hombre le habían pedido que marcara en el mapa un lugar entre la nada y la nada, y él había señalado una planta.

—Seño, hay clases —le dijo Maxi desde el portón de la escuela, a las ocho menos cuarto, con la capucha puesta y las dos manos en los bolsillos—. Mi mamá me mandó igual.

Habían ido nueve. La directora los reunió en el hall y habló de quedarse adentro, de una sopa caliente, de una película. Silvia esperó a que terminara.

—Yo me los llevo una hora —dijo—. Al pozo. Con las camperas cerradas y de la mano de a dos. Y vuelvo yo con los nueve, o no vuelvo.

La directora la miró un rato largo. Afuera, una bolsa de nylon cruzó la calle a la altura de un techo.

—Hasta las nueve —dijo—. Y que nadie se suelte.

Caminaron pegados a las paredes. El viento no soplaba parejo: llegaba en golpes, empujaba por la espalda y de repente se iba, y los chicos se quedaban un segundo inclinados hacia adelante, sin nada que los sostuviera. Olía a tierra seca y a algo dulce y amargo, a jarilla. Las banderas de la YPF vieja, las de la reja del predio, sonaban como chicotes.

Llegaron al pozo con las caras coloradas. No había nadie. La torre de hierro se veía más chica de lo que Silvia la recordaba, y el cartel de chapa con la fecha tenía un clavel de plástico atado con alambre, que el viento había dado vuelta.

—¿Y el acto? —preguntó Camila, la más chiquita, con la bufanda hasta los ojos.

—Este es el acto.

Silvia sacó las fotocopias, pero el viento se las llevó en cuanto las abrió. Dos chicos corrieron detrás. Una quedó pegada a la reja, aplastada como una estampilla. Silvia la despegó, se paró de espaldas al viento y los hizo juntarse en rueda, hombro con hombro, con ella en el medio.

—Les voy a leer una sola frase. Yo les cuento qué dice y ustedes me ayudan a encontrar lo que nombra.

Leyó lo de la mata verde. Nadie dijo nada.

—Pero eso fue hace más de cien años —dijo Maxi.

—Sí.

—Y es una planta. Una planta no dura cien años.

—Algunas sí —dijo Silvia, aunque no estaba segura, y lo dijo igual, porque a los doce años hay que dejar que la duda trabaje un rato antes de contestarla.

Buscaron. Se separaron en abanico, siempre a la vista, por el terreno pelado alrededor de la torre, entre piedras y pastos duros color paja. Todo era marrón, ocre, gris. Lo único que se movía era lo que el viento arrastraba. Silvia pensó en el geólogo, en cómo habría sido el mundo para que una mata verde le sirviera de referencia. Tenía que haber sido un lugar donde el verde costaba.

A los veinte minutos, Camila gritó. No había encontrado nada: se había caído. Silvia llegó corriendo y la levantó de los sobacos. La nena tenía las rodillas peladas y la cara sin lágrimas, atenta.

—Seño, mirá. Me caí encima.

Era un neneo. Una bola compacta de espinas, del tamaño de una sandía grande, pegada al suelo, apretada contra el viento como un puño. Entre las espinas grises, en el centro, asomaba un verde oscuro, casi negro, lustroso. Estaba vivo. Había estado ahí todo el tiempo, a diez metros del cartel, y nadie lo había mirado porque no parecía una planta: parecía una piedra con pelos.

Los chicos se acercaron en fila, despacio, y se agacharon alrededor sin tocarlo. Maxi se sacó un guante, estiró un dedo y lo retiró enseguida.

—Pincha.

—Se defiende —dijo Silvia—. Con este viento, ¿vos qué harías?

Entonces les leyó las frases. Todas. Las veintiséis, de memoria, las que había escrito ella misma y repartido en un papelito por cabeza. No eran las mejores frases del mundo. Decían: El 29 de octubre de 1918 salió petróleo a los seiscientos tres metros. Primero hubo gas. Había una máquina que se llamaba Patria. Pero las dijo en voz alta, una por una, sin micrófono, con el viento tirándole el pelo a la boca, y los nueve chicos, que no habían ensayado nada de eso, completaban en coro el final de cada una.

Cuando terminó, nadie aplaudió. Camila se limpió las rodillas contra el pantalón y preguntó si podían volver a la escuela antes de que se enfriara la sopa.

Volvieron a las nueve menos diez, de a dos, de la mano. Silvia contó nueve en el portón, y después una vez más, por las dudas.

Esa tarde, cuando el viento aflojó, pasó sola por el predio con el termo. Se sentó en el cordón, frente al cartel, y se sirvió el primer mate del día. Estaba tibio. Del neneo no se veía nada desde ahí, apenas una sombra más oscura contra la tierra. Pero ella sabía dónde estaba, y por primera vez en tres semanas no necesitó que nadie más lo supiera.

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