El pito de la Fronterita

Nemesio Alderete se había lavado las manos dos veces con jabón de pan, y igual le quedaba debajo de las uñas el negro del vapor. Era domingo 29 de junio de 1986, en plena zafra, y el ingenio La Fronterita, a cinco kilómetros de Famaillá, no paraba ni para la final del mundo. Las calderas comían bagazo desde las seis de la mañana. Por la chimenea subía un humo ancho y espeso, y el hollín caía sobre los techos de chapa de las casitas del ingenio como una nevada sucia.

Desde hacía veintiséis años, Nemesio era el dueño del pito. Era una sirena de vapor, montada sobre el tinglado de las máquinas, con un cordón de cáñamo que bajaba hasta una argolla de bronce a la altura de su hombro. Un toque largo marcaba el cambio de turno. Tres cortos, seguidos, anunciaban un accidente. No había más sonidos. Eso decía el reglamento, y también lo decía don Arrieta, el jefe de fábrica, que había heredado la oficina y las reglas de tres gerentes anteriores.

A las tres menos diez, Nemesio se sentó en un cajón de madera junto a la argolla, con el termo bajo el brazo y la radio a pilas sobre las rodillas. Julián, el pibe que le alcanzaba el aceite, lo miró desde la escalera.

—¿Vas a quedarte ahí todo el partido?

—Hasta que termine.

—¿Y si te necesitan en la caldera?

—Para eso estás vos. Andá, fijate que no se te caiga la presión.

Julián bajó refunfuñando. Nemesio se sirvió un mate y lo tomó despacio. Sabía lo que quería hacer. Quería tirar del cordón una sola vez, largo, cuando el árbitro marcara el final. Si Argentina ganaba, claro. Si perdía, el cordón se quedaba quieto y nadie se enteraba de nada.

Lo había pensado la noche anterior, mirando el techo, mientras su mujer dormía. Cuando se murió la Tota, hacía cuatro años, él tocó el pito tres veces cortas sin autorización, a las cinco de la mañana. Arrieta lo llamó a la oficina y le dijo que ese sonido era para los accidentes. «Es que fue un accidente», le contestó Nemesio, y no le dijeron más. Desde entonces el pito no había sonado fuera de hora.

Ahora el partido empezaba. La voz del relator salía de la radio con el ruido de la multitud atrás, como agua hirviendo. Nemesio bajó el volumen y apoyó la oreja contra el parlante.

En el primer tiempo no pasó nada, o pasó mucho y él no lo notó, porque se le fue la mirada hacia los cañaverales. Desde el tinglado se veían los surcos de la zona de Lules, y más acá los camiones cañeros, en fila, esperando para descargar. Los cortadores ya habían dejado el machete. Hasta los camioneros se habían bajado y escuchaban sentados sobre los parachoques.

Cuando Brown la mandó adentro de cabeza, Nemesio no se paró. Apretó el mate con las dos manos y miró la argolla. Abajo, en la sala de calderas, estalló un grito que subió por la escalera de hierro. «Todavía no», se dijo. El pito era para el final. Ya le había pasado de festejar antes de tiempo. Eso lo aprendió de pibe, en una cancha de tierra de Famaillá, un domingo de septiembre del cincuenta y nueve.

Después vino el segundo gol, y las máquinas parecieron sonar más fuerte, aunque era solo que nadie hablaba. Después los alemanes empataron, uno y otro, casi sin respirar. Nemesio sintió que le subía algo frío desde las rodillas. Julián volvió a la escalera, esta vez sin decir nada, y se quedó parado a su lado.

—No se puede perder así —murmuró el pibe.

—No se puede.

Fue entonces cuando oyó los pasos en la chapa. Eran pasos pesados, de zapato de oficina. Don Arrieta subió el último tramo agarrándose de la baranda, con el saco puesto y la corbata floja. Tenía la cara colorada de la subida, o de la rabia.

—Alderete. Me avisaron que estás ahí arriba con el cordón en la mano.

—Estoy sentado, don Arrieta.

—No me hagas el vivo. Todo el pueblo sabe lo que pensás hacer, y yo no puedo permitir que suene la sirena sin motivo. La gente de la Fronterita escucha ese pito y piensa en un muerto. ¿Entendés?

—Entiendo.

—Entonces.

La radio gritó. Los dos se quedaron quietos. Era un pase largo, una carrera, el relator casi sin aire, la palabra «Burruchaga» repetida como una letanía, y después un alarido que traspasó el parlante, la chapa, el tinglado entero. Abajo, alguien tiró un casco contra una pared. Nemesio ni se movió. Don Arrieta se había llevado una mano a la boca.

—Faltan siete minutos —dijo Julián, que contaba con los dedos.

Fueron los siete minutos más largos del año. Nadie habló. El humo seguía subiendo y el viento lo llevaba hacia el sur, hacia Famaillá, donde las campanas de la iglesia estaban calladas, esperando también. A Nemesio le temblaba la mano que sostenía el mate. Don Arrieta se sentó en un cajón de aceite, con el traje impecable sobre la grasa, y no dijo nada más.

Y entonces el relator dijo lo que había que decir. El árbitro levantó el brazo y todo se desbordó, la radio y las calderas y los camiones, hasta los pájaros que estaban dormidos en los alambrados.

Nemesio se paró. Agarró la argolla con la mano derecha y miró a don Arrieta, que tenía los ojos llenos de agua.

—Un solo toque —dijo el jefe de fábrica, con la voz rota—. Largo. Pero tiramos los dos.

Don Arrieta se levantó, se acomodó el saco, y puso su mano encima de la de Nemesio, sobre la argolla de bronce. Tiraron juntos.

El vapor salió blanco, en un chorro que se abrió contra el cielo de la tarde. El pito sonó largo, ronco, un poco desafinado de tanto silencio. Se oyó en las casitas, en el pueblo, en los surcos de caña donde los cortadores levantaron la cabeza. A lo lejos, entre el humo, alguien alzó un machete, y después otro, y otro más, como una hilera de espejos chicos al sol de las cinco.

Nadie, en toda la Fronterita, pensó en un muerto.

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