Mil trescientos kilos en Charata

El acoplado entró a la playa de la desmotadora con un solo faro y el motor tosiendo, y Mabel Ríos lo vio desde la ventana de la sala de prensa, con el mate a medio cebar. Eran las ocho y diez de la noche. La planta cerraba a las doce, y no era una manera de decir: el dueño había avisado en marzo que esa era la última campaña, que los camiones de los acopiadores ya se iban directo a Santiago, que prender las sierras para tres chacareros no cerraba ninguna cuenta.

Había quedado uno. Mabel bajó la escalera de hierro, se limpió las manos en el delantal y salió al aire de abril, que olía a tierra tibia, a gasoil y a esa pelusa dulzona que en Charata se te mete en la ropa y no sale más.

—¿Dónde descargo? —preguntó el hombre desde la cabina. Tenía una gorra de la cooperativa y la cara de quien lleva dos días sin dormir bien.

—Primero decime quién sos.

—Néstor Quiroz. Tengo veinte hectáreas pasando el Km 14. —Se bajó con cuidado, como si el cuerpo le pesara más que al principio de la tarde. —Mil trescientos kilos. Lo levanté a mano, con mi hermana y dos primos. La cosechadora no entraba en el lote de atrás, es todo cañada y tocón.

Mabel miró el acoplado. Las bolsas de arpillera estaban hinchadas, blancas, con algún palito y alguna hoja seca pegada. A mano. Hacía años que no veía algodón a mano.

—Néstor, la planta está parada desde el mediodía. Para prender hay que calentar, aceitar, bajar a Wilfredo de la casa y avisarle al dueño. Y por mil trescientos kilos…

—Ya sé. —Néstor se sacó la gorra y la apretó con las dos manos. —Pasé por tres plantas. En la de Gancedo me dijeron que no, en la de Pampa me dijeron que mañana. Mañana ya no hay. Y yo sin desmotar no tengo con qué pagarle a la gente. La fibra se vende, la semilla es para el año que viene. Pero tiene que ser esta noche.

No dijo por favor. Mabel se lo agradeció por dentro.

Fue hasta la casilla de Wilfredo, el encargado de las calderas, que miraba un partido de Boca con la radio pegada a la oreja. Lo convenció en cuatro frases. Después llamó al dueño, que atendió con la boca llena y dijo que sí, que bueno, que lo hiciera ella bajo su responsabilidad y que no quemara nada.

A las nueve menos veinte las correas empezaron a girar. Primero un quejido largo, después el ruido parejo que a Mabel le entraba por las plantas de los pies y le ordenaba los pensamientos. Treinta y un años en esa sala. Había empezado barriendo, a los diecinueve, cuando todavía se hacían fardos hasta Navidad y en la ruta se formaban colas de camiones hasta el cementerio. Ahora la fila del patio eran un acoplado y un hombre sentado en un cajón de gaseosas.

Néstor ayudó a vaciar las bolsas en la cinta. Mabel lo dejó, aunque no era el reglamento. A las diez y cuarto, el algodón empezó a pasar por las sierras y la semilla a caer, oscura, caliente, con ese peso minúsculo que tiene lo que acaba de separarse. Del otro lado la fibra subía por el ducto y se acomodaba en la caja de la prensa, mullida, de un blanco que en las máquinas grandes no se veía porque iba mezclado, sucio, apurado.

—Mirá eso —dijo Néstor.

—Es limpio porque lo sacaron con las manos —dijo Mabel—. Una cosechadora se lleva todo lo que encuentra.

Se quedaron mirando. Afuera ladró un perro y alguien pasó por la ruta con la cumbia al palo. Néstor contó que su padre había llegado al Chaco en el treinta y tantos, desde Corrientes, con una azada y un dato mal anotado sobre un lote. Que había sembrado algodón porque todos sembraban algodón, que se había endeudado dos veces y que de todos modos había comprado el primer televisor del pueblo para ver el Mundial del setenta y ocho. Dijo que ahora los hijos de sus primos se iban a Resistencia, a Córdoba, a cualquier lado, y que él no se lo reprochaba.

—Pero quería hacer una campaña más —dijo—. Una sola con mis manos, para saber si todavía me acordaba.

Mabel no contestó. Ajustó la presión de la prensa, escuchó el golpe seco del pistón, y a las once y diez salió el fardo, atado con los zunchos, rectangular y todavía tibio. Pesó doscientos treinta y pico. Era chico, ridículo al lado de los que ella había hecho, pero tenía ese olor a cosa terminada.

Hicieron seis. A las doce menos cuarto la cinta quedó vacía, la última semilla cayó en la tolva con un ruido de lluvia fina, y Mabel apagó las sierras una por una, como había aprendido de su primer jefe.

Wilfredo apareció en la puerta con el partido ya perdido y dos mates.

—Ahora sí, a dormir —dijo.

Néstor firmó el remito con la letra de quien no firma seguido. Mabel le entregó la copia, y al darse vuelta él se detuvo en la puerta con una mano en el marco.

—¿Qué te debo?

—Nada. Es el último turno, lo pago yo.

Cuando el acoplado se fue, con sus fardos atados y el único faro iluminando la ruta, Mabel volvió a la sala. Metió la mano en la tolva y sacó un puñado de semillas, todavía calientes, y las cerró en el puño. Después apagó la luz, y en la oscuridad la pelusa que flotaba en el aire brilló un momento sobre el hierro, como si la planta nevara por última vez.

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