El pan que canta

Yamila se despertó antes de que el frío terminara de decidir si era de noche. Sintió la nariz helada y el olor a humo de jarilla que subía desde la cocina, donde la abuela ya estaba tostando harina. Afuera, la Sierra de Chañi era una mancha más oscura que el cielo.

—Tomá, tomate esto —dijo la abuela, y le puso en las manos un jarro de ulpada caliente—. Y comé el pan con queso, que allá no hay dónde parar.

—Abuela, ¿y si me sale mal?

—Si te sale mal, se lo damos a las vacas. La sal no se enoja.

Era mentira, y las dos lo sabían. Al fondo de la pieza, el abuelo Teodoro estaba sentado en la cama con las manos abiertas sobre las rodillas, como dos herramientas que alguien dejó de usar. Hacía tres semanas que los dedos no le cerraban. Antes cortaba cuarenta panes por mañana. Ahora le temblaban hasta para agarrar la cuchara.

—Vení —le dijo.

Yamila se acercó. Él le tocó el hombro, después la muñeca, como quien revisa una soga.

—No pegues fuerte. El que pega fuerte rompe. Vos primero la escuchás.

—¿A la sal?

—A la sal. Ella te dice dónde.

Salió con la barreta y el hacha al hombro. El camino de tierra hasta el salar le llevó una hora a pie, con la escarcha crujiendo bajo las zapatillas y la ruta 52 allá arriba, vacía, brillando apenas. A los costados, los ojos de agua humeaban como ollas. Cuando asomó el sol por detrás de los cerros, el salar se prendió todo junto. Fue una luz blanca que le dolió en la cara aunque llevaba el pañuelo hasta los ojos y los anteojos oscuros del abuelo, que le quedaban grandes.

El camión de Santiago del Estero llegaba al mediodía. El chofer, un hombre de bigote ancho que se llamaba Ortiz, había pedido cincuenta panes para el ganado y había pagado la mitad adelantada. Ese dinero ya se había gastado: dos garrafas, el remedio del abuelo, las zapatillas de Yamila. Si ella no juntaba los cincuenta, la deuda iba a quedar colgando todo el invierno.

Eligió un sector firme, donde la costra no sonaba hueca. Marcó el rectángulo con la punta de la barreta. Primero las líneas largas, después las cortas, tal como había visto hacerlo mil veces, sentada en una piedra con una bolsa de tortillas. Nunca había sido ella la que apoyaba el hierro.

Pegó. La barreta rebotó y le vibró en los dientes.

—Fuerte no —se dijo en voz alta.

Pegó de nuevo, más despacio, y la sal se abrió en una línea fina, limpia, con un sonido seco. A la hora tenía seis panes parados contra el sol, y los brazos le ardían hasta los hombros. A las diez eran veintidós. Tenía los labios partidos y sabor a sal hasta en el aire que respiraba.

El pan veintitrés se le rajó al medio.

Lo miró un rato largo. Era el mejor de la mañana, el más grueso, el que había cortado con más cuidado. Se había abierto igual, por una veta oscura que no vio. Sintió que se le cerraba la garganta. Se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, sin pensar en el frío ni en nada.

—Ese lo hubiera roto yo también —dijo una voz detrás.

Se dio vuelta. Era Evaristo, el vecino, que venía con dos burros y un tarro de agua. Tenía la cara cuarteada y una sonrisa de pocos dientes.

—Mandó el abuelo a decirme que te mire de lejos —dijo—. Pero de cerca también te miré.

—Me salió mal.

—Te salió mal uno. —Se agachó, agarró una de las mitades y la golpeó contra la palma de su mano. Sonó apagada—. Mirá. Esta no canta. Tiene humedad adentro. Ahora probá con uno de los tuyos.

Yamila fue hasta el pan veinte. Lo tocó con los nudillos. Sonó un tin hondo, largo, como una campana chiquita que se queda vibrando en el aire.

—¿Ves? Ese sí.

—¿Y los demás?

—Probalos todos. Los que cantan se quedan.

Fueron probando juntos, uno por uno. Veinte cantaron. Dos no. Evaristo los apartó con el pie y se quedó mirando el trabajo, con las manos en la cintura.

—Te faltan treinta. Yo corto diez, vos cortás veinte.

—¿Y por qué?

—Porque tu abuelo me cortó a mí, hace cuarenta años, mi primer pan. Se lo debo.

Al mediodía el camión apareció por la ruta con su polvo rojo detrás, y Ortiz bajó con un jarro de mate en la mano y el gesto de quien llega tarde. Contó los panes con la mirada, de punta a punta.

—Cincuenta justos —dijo, y levantó las cejas—. ¿Quién los cortó?

—Casi todos ella —contestó Evaristo, sin darle importancia.

Ortiz agarró uno al azar, lo golpeó con el nudillo y lo escuchó con la cabeza ladeada. Después tomó otro. Después otro. Cada vez, el salar le devolvía el mismo sonido limpio.

—Qué raro —dijo—. Hace años que compro y casi ninguno canta así.

Yamila no dijo nada. Se miró las manos, hinchadas y blancas de sal, y sintió un calor que no era del sol.

A la tarde, de vuelta en la casa, el abuelo estaba sentado en el mismo lugar. Ella le dejó sobre las rodillas, en las manos abiertas, un pedacito del pan veintitrés, el que se había partido. Él lo sostuvo un momento, lo golpeó despacio contra el borde de la cama y escuchó.

—Este no cantó —dijo.

—No.

—Mañana el otro lado de la veta. —Cerró los dedos como pudo alrededor del pedazo de sal, y por primera vez en tres semanas los dedos le obedecieron un poco—. Pero andá a comer, que te sonó la panza hasta acá.

Afuera, a lo lejos, un camión se iba por la ruta 52 cargado de panes blancos, y cada bache le arrancaba al cargamento un tintineo bajo, apenas audible, como si el salar se despidiera cantando.

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