El bidón de Lautaro

La sudestada llevaba tres días y el muelle de los Ferreyra ya no era un muelle sino una línea de tablones con el agua marrón pasándoles por encima. Lautaro miraba desde la puerta de la casa, que estaba sobre pilotes y todavía le sacaba un metro al río, cómo el bidón azul flotaba atado a un poste con la piola tirante.

El bidón vacío en el muelle era la seña. Así sabía la lancha almacén que en esa casa se necesitaba algo: lo ponías al borde y, cuando la lancha pasaba, el lanchero tocaba el bocinazo largo, arrimaba y vos le decías qué. Pero hoy el bidón estaba más lejos del borde que nunca, porque el borde se había ido.

—Ya no va a parar —dijo Lautaro.

—Va a parar —dijo la abuela Nélida desde la cocina, sin darse vuelta. Estaba pelando mandarinas para la mermelada, porque con el agua afuera había que hacer algo adentro—. Berto no dejó de parar ni en el ochenta y tres.

Lautaro tenía diez años y una sola misión. Esa noche la abuela cumplía ochenta, y los ochenta no se cumplían todos los días. La torta ya estaba hecha: un bizcochuelo de naranja, algo bajo porque el horno a gas andaba flojo con la humedad. Le faltaba lo único que no podían improvisar. Las velas. En el cajón de la cocina había una sola, blanca, gruesa, de las que se guardan para cuando se corta la luz, y esa era para cuando se cortara la luz.

Había guardado ciento veinte pesos de las figuritas que no compró. Los tenía en una bolsita de nylon, atada con un doble nudo, dentro del bolsillo del buzo.

A las cuatro y diez se escuchó el motor. Primero lejos, después en el recodo del arroyo Caraguatá, un ronroneo grave con olor a gasoil que llegó antes que la lancha. Lautaro salió al balcón con las botas puestas. Abajo, el agua chocaba contra los pilotes con un ruido de cuchara en una olla.

La lancha de Berto Insaurralde se llamaba El Chiquito y era de todo menos chiquita: techo de chapa, estantes con fideos, yerba, jabón en polvo, garrafas atadas en la proa y una heladerita con hielo para las gaseosas. Berto venía al timón, con el piloto amarillo, y miró el muelle sumergido, el bidón flotando, la casa con el chico en el balcón. Tocó el bocinazo. Uno largo, uno corto.

—¡Lautaro! —gritó—. ¡No puedo arrimar, que me llevo los tablones puestos!

—¡Necesito velas!

—¿Qué?

—¡Velas! ¡De cumpleaños!

Berto apagó un poco el motor para dejar de gritar y la lancha quedó derivando, con el agua empujándola despacio contra la corriente de la sudestada. Se rascó la barba. Después se agachó, abrió un cajón y revolvió algo.

—¡De cumpleaños no me quedan! ¡Tengo de las otras!

—¿Cuáles otras?

—¡Las de iglesia! ¡Las finitas!

Lautaro pensó en la torta, en ochenta años, en la vela de corte de luz que era gruesa y sola. Pensó que las finitas no iban a alcanzar para ochenta, que nadie esperaba ochenta, que alcanzaba con unas pocas bien paradas. Dijo que sí, que las que tuviera.

Ahora faltaba cómo. Lautaro bajó la escalera de madera hasta el último escalón seco, que quedaba a un palmo del agua, y desató la piola del bidón. Metió adentro la bolsita con la plata y una tarjeta que escribió en el momento con el lápiz de la abuela, en el dorso de una boleta de luz: Para Nélida Ferreyra, 80. Muchas gracias. Cerró la tapa, aflojó la piola y dejó que la corriente se llevara el bidón hacia el medio del arroyo, sosteniendo la punta con las dos manos.

Berto agarró el bichero. Lo hizo con una calma de hombre que había pescado mil cosas del agua que no eran peces. Enganchó el bidón al primer intento, lo subió, abrió la tapa, sacó la bolsita, contó los billetes con el pulgar, sacó otros más chicos de un bolsillo del piloto y los devolvió al bidón junto con un paquete de papel madera. Cerró, volvió a soltarlo, y Lautaro recogió la piola metro a metro, con los brazos temblando de frío y de apuro, hasta tener el bidón otra vez contra el pilote.

—¡La tarjeta me la quedo! —gritó Berto. Levantó una mano y tocó el bocinazo de despedida, que se oyó hasta la otra orilla. El Chiquito siguió arroyo arriba, bajo la llovizna, con la proa cortando el agua del color del mate cocido.

Adentro del paquete había doce velas finitas, blancas, de las que se prenden en la ermita del camino. Y encima, un sobrecito con el cambio y una nota con letra de lápiz grueso: Que sople fuerte. Berto.

A las siete se cortó la luz, como se cortaba siempre. Lautaro había clavado las doce velas en el bizcochuelo, alrededor, apretadas, de modo que la torta parecía una corona. La abuela Nélida se sentó a la mesa con el chal sobre los hombros, y por el vidrio de la ventana se veía la sudestada oscureciéndose sobre el arroyo.

—Son doce —dijo ella, contándolas con el dedo.

—No había más.

—Mejor. —Se inclinó hacia la torta, y el fuego le puso un color de mandarina en la cara—. A los ochenta ya no se sopla todo junto. Se va de a poco.

Sopló seis. Después Lautaro sopló las otras seis. Y la vela gruesa, la de los cortes de luz, quedó prendida en el centro de la mesa hasta que se secó la mermelada.

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