El humo no se apura

A las once de la noche el fuego del barbacuá tenía el color justo, un naranja bajo que no lamía nada y lo calentaba todo. Evaristo Benítez lo miró desde la silla de plástico, con el termo entre las rodillas, y calculó otra vez: si los tareferos no llegaban antes de las tres, la hoja verde se pasaba de las veinticuatro horas desde el corte, y una yerba que se pasa no se arregla con nada.

Llovía finito sobre Montecarlo desde la tarde. Las chapas del galpón sonaban parejo, como arroz cayendo en una olla. Del otro lado, bajo el techo nuevo, dormía apagada la cinta transportadora que el dueño había mandado instalar en el invierno. Dos hornos, una máquina que no pedía a nadie despierto a la noche. Evaristo la había mirado un mes entero sin decir palabra.

—Don Evaristo, ¿no se va a dormir un rato? —dijo Brian desde la puerta. Tenía veintidós años, una campera del colegio técnico y un celular que usaba de linterna—. Yo vigilo.

—Vos mirás el termómetro. Yo miro el fuego. No es lo mismo.

—Marca lo mismo.

—Marca lo mismo hoy.

Brian se rió, no por burla, y se sentó en el cajón de las herramientas. Era el sobrino del patrón y había llegado en diciembre para la zafriña de verano, con un cuaderno de anotaciones y la idea de que los secaderos viejos eran una etapa que se pasaba. Evaristo no se lo discutía. Llevaba treinta y cuatro años en ese galpón, primero cargando, después al zarzo y después al fuego, y sabía cuándo un chico anotaba para entender y cuándo para reemplazar. Este anotaba para entender, y eso era peor, porque daba ganas de enseñarle.

A la una cortó leña. Dura, de la que dura, apilada en el costado del galpón bajo una lona que ya chorreaba. La acomodó con la horquilla sin hacer ruido, abajo las brasas gordas, arriba apenas lo necesario. El humo subió por el túnel de ladrillo hacia la cámara donde el zarzo esperaba vacío, una parrilla de caña que había que cargar de hoja zapecada y dejar un día entero a un calor que no se podía tocar ni apurar.

—Eso —dijo Brian—. ¿Cómo sabe cuándo es suficiente?

—Me quedo cerca y me fijo.

—Don Evaristo.

—Es en serio. Me fijo en el olor. Cuando el humo huele a pan y no a cocina, está bien. Cuando huele a cocina, falta. Si huele a otra cosa, ya te pasaste.

—¿Y eso lo puede escribir alguien?

—Escribilo vos. A ver cómo queda.

Brian escribió. Evaristo lo vio mover los labios mientras tanto, como un chico que hace una cuenta, y le sirvió un mate sin preguntarle. Afuera, la lluvia seguía.

A las dos y media se oyeron las gomas en el barro. Una camioneta con el balde cargado de ponchadas, esos bultos de arpillera atados por las cuatro puntas que los tareferos arrastran yerbal adentro, cien kilos de hoja y rama en cada uno. Venían empapados, con la cara llena de barro seco y dos hombres encima de la carga para que no se volara la lona. El contratista bajó, miró el cielo y dijo que habían tenido que esperar a que se secara el camino de tierra en el yerbal de arriba. Dos horas perdidas.

—Todavía llegamos —dijo Evaristo.

—Se va a pasar —dijo el contratista, bajito, para que no lo oyeran los peones.

—No se pasa.

Descargaron rápido, sin hablar. La hoja olía fuerte, vegetal y amarga, con ese verde mojado que se te metía en la ropa. Evaristo la fue pasando al sapecador, el cilindro de chapa donde las llamas le pegan treinta segundos a la hoja y la hacen estallar con un crepitar parecido al de un aplauso lejano. Siempre le había gustado ese sonido. Cada hoja que se abría era un ojo que se abría, le había dicho su abuelo, que lo sabía de los guaraníes, de donde vino el nombre.

—Don Evaristo —gritó Brian por encima del ruido—. La cinta está lista. La podemos prender y esto sale en cuarenta minutos.

Evaristo se quedó con la horquilla en la mano. Tenía razón el chico, y los dos lo sabían. Cuarenta minutos contra veinticuatro horas. La cinta no se quedaba dormida, no necesitaba silla de plástico ni termo ni cuatro mates. Y sin embargo la hoja ya iba camino al barbacuá, ya estaba en el zarzo, ya empezaba a tomar el humo despacio como lo tomaba desde hacía décadas.

—Prendela vos —dijo por fin—. Con la mitad. Al barbacuá le dejo la otra.

—¿Para qué?

—Para que pruebes las dos cuando estén listas. Y después me decís cuál preferís.

Brian tardó en contestar. Prendió la cinta, y la máquina arrancó con un zumbido liso, eficiente, que llenó el galpón. Evaristo la oyó y no se enojó. Era un ruido más, como el de la lluvia.

A las cinco la lluvia aflojó y el fuego quedó firme. Evaristo se sentó otra vez, y Brian se sentó a su lado sin pedirle permiso. No hablaron. En la cámara del zarzo, la hoja crujía muy bajito, y el olor que subía no era a cocina ni a nada raro. Era a pan.

—Ahí está —dijo Evaristo.

Brian respiró hondo y no escribió nada. Después, con una timidez que no le conocía, estiró la mano hacia la horquilla apoyada contra la pared.

—¿Me enseña a mover las brasas?

Evaristo se la alcanzó por el mango. Afuera empezaba a aclarar sobre las chapas mojadas, y el humo salía por la chimenea, derecho, sin apuro, como si tuviera todo el día.

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