La última placa de la Movediza

Gino Bertolo subió el cerro con el trípode al hombro y la caja de placas colgada del cuello, como quien lleva a un chico dormido. Eran las tres y media de un jueves de calor pegajoso, y le quedaba una sola placa de trece por dieciocho. Las otras seis se las había comido la semana: dos velada por la luz, una por un caballo que se movió, tres por la propia torpeza de sus manos.

Abajo, en la cantera de la ladera, un martillo neumático no, todavía no: eran los picapedreros a mano, el golpe seco del cincel y de vez en cuando un estampido de barreno que hacía temblar el aire y levantaba una nube color ceniza. Gino la veía subir y abrirse sobre la sierra. Esa nube era su problema.

La Piedra estaba donde siempre, a la vista de todo Tandil, apoyada en el filo del cerro sobre una base que parecía más chica de lo razonable. Doscientas toneladas, decían unos. Trescientas, decían otros. Nadie la había pesado, pero todos sabían que se movía: si uno la empujaba bien, a la hora justa, hacía un vaivén lento, como una respiración.

—¿Vino a sacarle el retrato? —le preguntó un nene descalzo que vendía botellas vacías para que los turistas las pusieran debajo. La gente las dejaba en la base y al otro día las encontraba aplastadas, y volvía a su casa convencida.

—Vine a sacarle el retrato —dijo Gino.

—Ya se lo sacaron mil veces.

—Pero no así.

No era vanidad. Don Hipólito Basualdo, cantero de la cantera de abajo, le había encargado una tarjeta postal para mandarle a su hermano a Piamonte, que lo creía muerto o en la cárcel porque hacía once años que no le escribía. Don Hipólito no sabía escribir, y quería que la imagen hablara por él. Le había pedido algo preciso: la Piedra y, en el borde de la foto, el cerro con la cantera, para que el hermano viera que él trabajaba abajo, a la sombra de eso.

—Que se vea que estoy en pie —le había dicho, y le pagó adelantado con billetes doblados en cuatro, de esos que huelen a bolsillo.

Gino armó el trípode en un recodo, a unos cuarenta pasos. Cubrió la cabeza con el paño negro y enfocó sobre el vidrio esmerilado. La imagen aparecía invertida: la Piedra abajo, el cielo arriba, un mundo dado vuelta que se sostenía igual. Faltaba la luz. El sol del jueves caía todavía alto y chato, sin sombras, y la granito salía como una mancha lavada. Había que esperar a que bajara.

Esperó. Comió un pedazo de pan con salame que traía en el bolsillo del saco. Le dio la mitad de la corteza al nene. Contó los estampidos de la cantera: cuatro, cinco. Cada uno levantaba el polvo y el polvo se quedaba flotando un rato largo, velando el aire.

—Los canteristas no la quieren —dijo el nene, con la boca llena.

—¿Quién te dijo eso?

—Mi tío. Dice que la Piedra se va a caer cualquier día y que van a decir que fueron ellos.

Gino no contestó. Sabía de la huelga del año anterior, del muerto de la cantera y de los anarquistas que gritaban en la plaza. Pero sabía también que Don Hipólito, que no gritaba nunca, le había dicho una cosa más, al darle la plata: «Sáquela linda. A ella no le debo nada, pero la miro todos los días».

A las cuatro y cuarto, el sol empezó a bajar por fin. La luz se puso amarilla y le sacó relieve a la roca, le dibujó los pliegues, la barba de líquenes, la grieta oscura donde se apoyaba. Pero el polvo del último barreno seguía colgado entre el cerro y la cantera, justo en el borde del encuadre, y Gino sabía que si disparaba así, Don Hipólito iba a recibir una postal en la que su cantera parecía un incendio.

Esperó otro cuarto de hora. Sacó el reloj: las cuatro y media. Se acordó de su madre, que decía que el que apura la fotografía se queda con el fantasma. Se acordó también de que la placa era una sola y no había plata para otra.

A las cinco menos diez, el polvo se abrió. Fue cuestión de segundos: una ráfaga corrió la nube hacia el oeste y la cantera apareció entera, con sus bancos de piedra, los carros, un hombre chico, de pie, que podía ser cualquiera. Gino metió la placa en el chasis, retiró la tapa, destapó el lente y contó en voz baja, uno, dos, tres, hasta ocho, como le habían enseñado en Turín. Después tapó, guardó, y sintió que le temblaban las rodillas, no por la altura.

—¿Salió? —preguntó el nene.

—No sé. Se sabe en el cuarto oscuro.

Desarmó el trípode sin apuro. Pasó cerca de la Piedra y le apoyó la mano un momento, como se le hace a un animal grande. Estaba tibia del sol. No se movió, no respiró, no le dijo nada. Bajó con el nene por el sendero de cabras, entre el olor a tomillo y a pólvora, y a las seis ya estaba en la pensión de la calle Rivadavia, con las cortinas cerradas y la lámpara roja prendida.

Revelaba la placa cuando oyó los gritos en la calle. Primero pensó que era la cantera, otro accidente. Después escuchó la palabra Movediza, una vez, y otra, y otra, dicha de maneras distintas, y se quedó quieto con la bandeja en las manos, mirando cómo en el líquido iban apareciendo, de a poco, las sombras.

La Piedra estaba ahí. Entera, oscura, apoyada en su filo, con el cielo clarísimo detrás y la cantera abajo, a la izquierda, y el hombrecito chico de pie. La luz le caía de costado, de esas que sólo hay una vez. Gino dejó la placa a secar y salió.

Esa noche, medio Tandil subió a ver. La Movediza yacía en el fondo de la barranca, partida en pedazos, y nadie sabía a qué hora, ni cómo. Don Hipólito estaba parado con el sombrero en la mano, mirando el hueco en el cielo donde antes había una roca.

—Yo no fui —dijo, sin que nadie le preguntara.

—Ya sé —dijo Gino.

Y se lo dijo ahí, en la oscuridad, con la gente alrededor llorando bajito: que tenía una placa. Que la había sacado a las cinco menos diez. Que era, calculaba, de las últimas, quizá la última en que se la veía de pie.

Don Hipólito tardó en hablar.

—Mande la postal igual —dijo al fin—. A mi hermano. Que vea que estuvo ahí.

—¿Y que usted también?

—Eso, que yo también.

La tarjeta salió el sábado, con un sello de tres centavos. En el reverso, Don Hipólito dictó cuatro palabras que Gino escribió con su mejor letra de Turín: «Sigo acá. Hipólito Basualdo». Debajo, en lápiz, Gino anotó la fecha: 29 de febrero de 1912, cinco menos diez de la tarde.

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