A las nueve y diez Elsa Cárdenas levantó la persiana de la casilla siete y el viento del oeste le entró directo a la nuca. Veintidós años abriendo esa persiana. Veintidós años con el termo de agua caliente a la derecha, la planilla de salidas a la izquierda y, enfrente, el Canal Beagle haciendo lo que quisiera.
Vendía pasajes para la excursión de las diez y la de las tres: Isla de los Lobos, Isla de los Pájaros, el faro Les Eclaireurs. Sabía los horarios de memoria, sabía decir «tasa de puerto» en cuatro idiomas y sabía, sobre todo, cuándo un turista iba a marearse por la cara que traía en la fila. Lo que no sabía, porque nunca había ido, era cómo olía todo eso desde el agua.
No lo contaba. Cuando alguien le preguntaba si le había gustado la excursión, ella decía «divina» y cobraba.
Esa mañana, mientras acomodaba los folletos, vio el cartel de la mutual que le habían pegado en el vidrio: Residentes, descuento en navegaciones hasta fin de mes. Lo leyó dos veces. Después sacó la billetera, contó, y la guardó de nuevo.
—¿Hoy sale el de las tres? —le preguntó Rubén, el marinero, desde la pasarela, con un cabo en el hombro.
—Sale. Y yo voy a ir.
Rubén se quedó con el cabo colgando.
—¿Adónde?
—Y adónde va a ser, Rubén.
—Pero si usted…
—Dejá, que llegás tarde a lo tuyo.
Le pidió a Gladys, la de la casilla cinco, que le cubriera dos horas y media. Gladys le dijo que sí sin preguntar nada, que es la forma que tienen de quererse las que trabajan en el puerto.
A las tres menos diez Elsa se puso el abrigo largo, el que usaba para ir al médico, y se formó en la fila. Adelante tenía una familia de Rosario con tres chicos y atrás, una nena de unos nueve años, sola con la madre, hablando un castellano de otro lado, con las erres arrastradas.
—¿Usted trabaja en la boletería, no? —le dijo la nena—. La vi esta mañana.
—Trabajo. Pero hoy vengo de paseo.
—¿Es la primera vez?
Elsa dudó un segundo.
—No. Es la primera vez que me siento.
Se sentó junto a una ventanilla, del lado del puerto. El catamarán soltó amarras con ese temblor que ella conocía por el piso de la casilla, pero que ahora le subía por las piernas. La ciudad se fue achicando: la calle Maipú, los techos de chapa, el cartel del shopping, la montaña detrás, con nieve todavía en los Cinco Hermanos y el Monte Olivia mirando de lejos, como un dueño.
La guía empezó con su discurso. Elsa se lo sabía. Lo había escuchado cientos de veces salir por los parlantes mientras cobraba, mezclado con las gaviotas. Esta vez le llegó entero, de principio a fin, con las pausas donde van.
—Es como la radio —murmuró—. Pero con cuerpo.
Cuando asomó la Isla de los Lobos el barco aflojó los motores. Primero fue el olor. Una cosa espesa, tibia, de pescado y de animal mojado y de algo agrio que no tenía nombre, entrando por las rendijas de las ventanas, y la gente haciendo «uf» y riéndose y tapándose la nariz. Elsa no se la tapó. Respiró hondo, como quien por fin abre un cajón.
Sobre las rocas, los lobos marinos tirados al sol de la tarde, enormes y desordenados. Uno de pelo oscuro, un macho grande, levantó la cabeza, bostezó y volvió a dejarla caer sobre otro como sobre una almohada.
—Huelen feo —dijo la nena, muy contenta.
—Huelen a vivos —dijo Elsa.
—¿Eso lo dicen los guías?
—No. Los guías no dicen eso. Eso lo estoy diciendo yo.
La nena se quedó pensando.
—Qué raro que viva acá y no haya venido nunca.
—Es que cuando una vive al lado de algo, se acostumbra a que va a estar siempre —dijo Elsa—. Y después pasan veintidós años.
La madre de la nena sonrió con esa sonrisa de quien no entendió del todo y entendió igual.
Siguieron hacia el faro, rojo y blanco, parado solo sobre su islote con el agua gris golpeándole los pies. En cubierta soplaba un viento que dolía en las orejas. Elsa salió, se agarró de la baranda y se dejó mojar la cara con las gotas finas que traía el aire. Miró hacia atrás: la ciudad entera cabía en su mano abierta, con una casilla chiquita entre las otras casillas, la suya, la siete, la persiana bajada, un puntito de color.
Desde acá no se ve que nadie la esté esperando, pensó. Y no le dio tristeza. Le dio una especie de alivio, como cuando se descubre que un lugar es más grande de lo que uno pensaba.
A las cinco y media el catamarán volvió a arrimarse al muelle. Gladys la esperaba al pie de la pasarela, con los brazos cruzados contra el frío y el termo bajo el codo.
—¿Y? —preguntó.
Elsa bajó despacio, con el pelo duro de sal y los ojos llorosos del viento. Le pasó la llave de la casilla, le agarró el termo y se tomó un mate de agua tibia, ahí parada, mirando el canal.
—Divina —dijo.
Y por primera vez en veintidós años, lo decía en serio. Antes de entrar se olió la manga del abrigo: todavía traía el olor de los lobos. No pensaba lavarlo hasta el lunes.
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