El cinco de Dominga

Las pavesas de la quema empezaron a caer sobre el patio a las tres de la tarde, finitas y negras, y Dominga Ledesma las fue sacando de las camisetas una por una, como quien saca pelos de un plato. Era fines de octubre, la zafra estaba terminando y el ingenio La Corona todavía largaba humo dulce sobre toda Concepción. Todo lo que se tendía al sol quedaba con olor a caramelo quemado.

Once camisetas verdes con la franja blanca al pecho colgaban del alambre, con los números cosidos de atrás: el uno, el dos, el tres, hasta el once. Faltaba el cinco. En el cajón de abajo del ropero del club, entre las medias sueltas, había una sola camiseta doblada con el cinco en la espalda. Dominga no la había lavado ni la había tocado en cuatro años.

Sportivo Gastona, a una cuadra del río, jugaba esa tarde a las seis la final de la Séptima contra el Cuervo, y Dominga lavaba la ropa del club desde que su marido, Ramón, dejó de poder agacharse a juntar los conos. Treinta y un años de lavar las camisetas en la pileta del fondo, con jabón blanco y cepillo de raíz, porque la máquina del club se llevaba los números.

A las cuatro y media apareció el profe, Chacho Medina, con las zapatillas en la mano y la cara de quien viene a pedir algo.

—Dominga, ¿tenés la del cinco?

—Tengo once colgadas. La del cinco no es de nadie.

—Es que el Joaquín, el flaquito que entró este año, se quedó sin camiseta. La suya se la prestó al arquero suplente, porque a ese se le rompió la de él. Y el pibe no quiere jugar sin número, dice que si no tiene número no vale el gol.

—Que juegue con el diez.

—El diez es del Nene Albornoz, y el Nene no se la saca ni muerto.

Chacho miró el cajón. Dominga vio que lo miraba, y vio también que bajaba los ojos enseguida, igual que la gente baja la vista cuando pasa un velorio. Nadie en el club había dicho nunca la palabra, pero todos sabían de quién había sido ese cinco. Se llamaba Lucas, tenía diecinueve años, jugaba de central y se había ido en moto una madrugada de febrero por la Ruta 38, camino a Aguilares. Era el hijo de Dominga y de Ramón.

—No te la pido —dijo Chacho—. Te pregunto nomás si hay otra cosa.

—No hay otra cosa.

El profe asintió, se calzó las zapatillas bajo el brazo y se fue. Dominga se quedó mirando el alambre con las pavesas moviéndose en el aire, hasta que la sirena del ingenio marcó el cambio de turno y el patio tembló un poquito, como siempre.

Entró al club. El ropero olía a alcanfor y a pasto cortado. Abrió el cajón y la camiseta estaba ahí, planchada, con el cinco cosido por ella misma en el verano en que Lucas entró a la Primera: los hilos blancos un poco chuecos, porque esa vez le había temblado el pulso de pura alegría. La sacó y la sostuvo contra el pecho. Todavía tenía un olor, aunque ya no era el de él: era el del cajón, el de haber esperado.

—Lucas —dijo en voz baja, y no supo qué más—. Hay un nene que no puede jugar sin número.

Nadie contestó, claro. Afuera, alguien pateaba una pelota contra la pared del vestuario, tum, tum, tum, con la paciencia de los de catorce años.

La llevó a la pileta. Abrió la canilla, frotó el jabón blanco entre las manos y la sumergió. El agua se puso un poco gris al principio, y después clara. Restregó el cuello, las mangas, la franja. Cuando llegó al número lo tocó con las yemas de los dedos, de a una puntada por vez, hasta comprobar que seguía firme. Ramón había dicho siempre que esa costura aguantaba un partido entero y dos de revancha.

La colgó al final del alambre, al lado de la del once, y la camiseta quedó moviéndose con la brisa que subía del Gastona. Se secó en cuarenta minutos. A las cinco y veinte Dominga la descolgó tibia, le sacó dos pavesas y la dobló como se doblan las cosas que se van a entregar.

Joaquín estaba sentado en el escalón del vestuario, flaco como un poste, atándose los cordones de la zapatilla izquierda por tercera vez. Cuando la vio levantó la cabeza.

—Tomá —dijo Dominga—. Es el cinco. Se lava en agua fría y no se le plancha el número, ¿me escuchaste?

—Sí, señora.

—No me digas señora. Dominga.

El pibe agarró la camiseta con las dos manos, despacio, como se agarra algo que está lleno. Se la puso por la cabeza. Le quedaba grande de hombros y ancha de cintura, pero le cayó bien sobre el pecho, y cuando se dio vuelta para saltar los escalones el cinco blanco le brilló en la espalda.

Dominga no fue a la tribuna. Nunca iba: se quedaba en el patio recogiendo ropa, con la radio de la cocina prendida bajito, y le alcanzaba con el ruido para saber cómo iba el partido. A las siete menos diez escuchó un grito largo que venía de la cancha, el de un gol de los de verdad, y después el golpeteo de la gente en las chapas de la tribuna. Un rato más tarde, cuando ya casi no había luz, entró corriendo Joaquín, transpirado, con las medias caídas y la cara roja.

—¡Ganamos, Dominga! ¡Dos a uno! El segundo lo hice yo, de cabeza, en el córner.

—Ah, mirá vos —dijo ella, doblando una media—. Ese era el lugar de Lucas, en los córners.

Joaquín se quedó callado un segundo, sin saber si había dicho algo mal. Después se sacó la camiseta, la miró de atrás con las dos manos extendidas, y la dejó sobre la pileta, bien estirada, con el cinco para arriba.

—Se lava en agua fría —dijo.

—Y sin plancha en el número —contestó Dominga.

Esa noche, cuando el ingenio largó otra vez su sirena, Dominga colgó la camiseta del cinco en el alambre, entre las demás. Las pavesas seguían cayendo, finas y silenciosas, y ella dejó que se posaran donde quisieran.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *