La manguera de Ruarte

El termo de Hilario Ruarte hacía rato que estaba vacío, pero él lo seguía apretando contra la panza como si todavía diera calor. Eran las seis y diez de la tarde de un martes de fines de octubre. Bajaba un viento finito desde la cordillera, el aire olía a gasoil y a álamos mojados, y su Scania era el número catorce de la fila del complejo de cargas de Uspallata.

Llevaba cuarenta y un días de nieve esperando a que lo dejaran cruzar. Los había pasado entre San Juan, donde tenía la casa, y ese playón, durmiendo en la cucheta con una manta de la hija. Ahora el paso estaba abierto de doce a doce de la noche, pero la barrera de Uspallata cerraba a las diez, y la cuenta era justa: catorce camiones, un gendarme con una planilla, y cuatro horas por delante para que los dejaran ir de a uno.

Del otro lado de la cordillera, en Los Andes, lo esperaba un tipo con un galpón vacío y una cámara de frío encendida. Más allá de eso, Hilario no necesitaba mucho. Quería cruzar esa noche, nada más. Quería subir por la Ruta 7, pasar Puente del Inca con las luces bajas, entrar al túnel y salir del otro lado en otro país, aunque fuera solamente por la sensación de haber salido.

A las siete y veinte, el camión de adelante hizo un ruido como de suspiro largo y se quedó sin aire.

Era un Mercedes viejo, con la chapa de la cabina repintada en tres colores distintos. Del lado del conductor bajó un pibe flaco, de veintipico, con campera de la Selección y las manos metidas hasta las muñecas en la rueda de atrás. Hilario lo había visto durante toda la tarde caminando de un lado a otro, mirando el celular, mirando el cielo.

—¿Qué le pasa? —preguntó Hilario, bajando.

—Se me rompió la manguera del freno —dijo el pibe sin darse vuelta—. Se rajó. Se me soltó nomás, así de golpe.

Hilario se agachó. La manguera, una de goma reforzada con la rosca oxidada, tenía un tajo de dos dedos en el codo. Silbaba despacito, como si se estuviera riendo de ellos.

—Tiene que cambiarla. Sin eso no te dejan pasar.

—Ya sé. Llamé a tres gomerías. Una está en Mendoza, la otra en Potrerillos y la tercera no atiende. Me dicen mañana.

Mañana, a esa altura, quería decir otra cosa. Mañana podía ser otro cierre, otro temporal, otra semana. Hilario miró el reloj del tablero del Mercedes, que marcaba las siete y veintisiete. Después miró hacia atrás, al coletazo de camiones que se perdía en la curva, con las luces de posición prendidas como un collar de naranjas.

En el cajón de herramientas de su Scania tenía una manguera exactamente igual. La había comprado en San Juan hacía tres años, con la mitad del aguinaldo, para tener de repuesto. Nunca la había usado. La guardaba envuelta en un trapo, junto a una llave inglesa de su padre, y cada tanto abría el cajón nada más para verla, como quien chequea que el dinero siga en el sobre.

Se quedó parado un rato largo, con las manos en los bolsillos. El gendarme había empezado a recorrer la fila con la planilla y una linterna. Había dos opciones y las dos eran cortas: si le daba la manguera, perdía la repuesta y probablemente su lugar, porque el arreglo llevaba una hora y la fila no se detenía. Si no se la daba, el pibe se quedaba otro día, otra semana, quién sabía cuánto, durmiendo en un playón con viento.

—¿Cómo te llamás? —dijo.

—Nahuel.

—Nahuel, ¿tenés llave del veintidós?

El pibe lo miró como si le hubieran hablado en otro idioma.

—Sí. Creo que sí.

—Buscala.

Fue al Scania, sacó el trapo, y el pedazo de goma negra le pesó en la mano más de lo que recordaba. Trabajaron juntos, uno de cada lado, con la linterna de Hilario sujeta con los dientes. La rosca vieja no quería salir. Hubo que darle con un golpe de llave, y después con otro, y Nahuel se raspó los nudillos sin decir nada. A las ocho y cinco, Hilario apretó la última tuerca con la llave de su padre, y el Mercedes soltó un resoplido corto y se llenó de aire.

—Probá el pedal —dijo Hilario.

Nahuel probó. El pedal respondió firme, sin esponja. El pibe se quedó mirando el volante con los ojos brillosos.

—No sé cuánto le debo —dijo.

—Nada. Después me traés una igual y estamos en paz.

—Pero usted perdió el lugar.

Hilario se encogió de hombros. Era cierto. Durante esa hora, la fila se había movido: cinco camiones habían pasado delante del Mercedes, y el Scania ya no era el catorce, sino el último de los que quedaban. Eran las ocho y cuarto. Quedaban ciento cinco minutos hasta la barrera.

—Andá, que te toca —dijo, y le dio una palmada en el hombro.

Nahuel subió a la cabina, arrancó, y el Mercedes se fue arrastrando con su chapa de tres colores hacia el control, donde el gendarme levantó la linterna y le hizo seña de que avanzara. Hilario volvió a su camión y se sentó con la puerta abierta, mirando cómo se alejaban los pilotos rojos entre los álamos.

El viento seguía soplando. Por la ventanilla entró el olor de la tierra fría y, más lejos, un poquito de nieve vieja. Hilario destapó el termo, lo dio vuelta, y no cayó nada. Se rió solo.

A las nueve y cuarenta, el gendarme llegó a su ventanilla.

—Ruarte. Pase.

—¿Todavía?

—Los dos de adelante se quedaron con el papeleo. Si apura, entra.

Hilario puso primera. La barrera subió despacio, y por delante, en la subida, vio las luces del Mercedes que lo esperaban en la banquina, con las balizas prendidas. Nahuel sacó el brazo por la ventanilla y le mostró una mano abierta, y después, sin que nadie se lo pidiera, cerró el puño y levantó el pulgar.

Hilario no devolvió el saludo. Apretó el volante, miró hacia arriba, hacia la cordillera que ya era una sombra más negra que el cielo, y subió.

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