Las fichas de Joaquín

A las seis y diez de la mañana el galpón ya olía a grasa de oveja y a yerba mojada, y Joaquín llevaba dos horas barriendo una playa que seguía limpia. Era su primera esquila. Lo habían puesto de playero porque era el más chico de la comparsa, y el playero hace todo lo que nadie quiere hacer: junta el vellón del piso, lo tira sobre la mesa, barre, vuelve a barrer y, sobre todo, paga la lata.

Pagar la lata era simple. Cada vez que un esquilador soltaba una oveja, Joaquín tenía que dejar una ficha de chapa en el tarro que cada uno tenía clavado a un poste, al lado de la máquina. Al final de la jornada, el capataz contaba las fichas de cada tarro y de ahí salía la plata. Una ficha, una oveja. Joaquín tenía un tarro de dulce de batata para cada esquilador y una bolsa de fichas colgada del cinturón que pesaba como un puñado de monedas viejas.

El galpón quedaba a cuarenta kilómetros de la ruta, en una estancia donde el viento del oeste empujaba la puerta corrediza día y noche. Afuera no había nada más que coirón y alambrados hasta donde se alcanzaba a ver. Adentro, catorce personas, ochocientas ovejas encerradas en los bretes y el ruido de las máquinas, que no paraba nunca, salvo en los cambios de cuarto, cada dos horas y cuarto.

El tercer día, al terminar el último cuarto, Joaquín se sentó en un cajón de lana a tomar mate y vació la bolsa para contar lo que le quedaba. Contó dos veces. Después sacó cuenta de las ovejas que habían pasado por cada máquina, que anotaba con tiza en una tablita, y las cuentas no daban. Le faltaban once fichas en el tarro de Lucho Barría.

Lucho era el mejor esquilador de la comparsa. Nadie lo decía, pero se notaba en cómo lo miraban los demás cuando daba vuelta una oveja: una sola pasada larga, el vellón entero, sin un tajo. Tenía cuarenta y pico, las manos partidas y una manera de callarse que ponía nervioso a Joaquín.

Once ovejas eran once fichas. Y once fichas, a lo que pagaba el capataz por cabeza, eran más que lo que Joaquín iba a ganar en toda la tarde.

Pensó en callarse. Pensó en que alguno de los otros tarros seguramente tenía fichas de más, que a todos les había pasado alguna vez, que a la noche el capataz iba a contar y nadie iba a protestar porque nadie sabe cuánto son once fichas cuando hay ochocientas ovejas. Después pensó en la cara que había puesto Lucho el primer día, cuando le dijo, sin que Joaquín preguntara nada: «Acá la lata es lo único que no se discute».

Se levantó con la tablita en la mano y fue hasta el fondo del galpón, donde Lucho estaba afilando un peine en la piedra, de espaldas.

—Me equivoqué —dijo Joaquín. Se le quebró la voz en la «m» y tuvo que empezar de nuevo—. Me equivoqué con tu tarro. Te faltan once.

Lucho no se dio vuelta enseguida. Pasó el peine una vez más por la piedra, lo sopló y recién ahí lo miró.

—¿Cómo sabés que once?

—Por la tabla. —Joaquín le mostró las marcas de tiza—. Anoté cada oveja que te pasé. Faltan las del segundo cuarto de ayer. Creo que las puse en el tarro del Tano.

—Creés.

—Estoy casi seguro. Las puse ahí porque el Tano me llamó y me distraje.

Lucho dejó el peine sobre el banco. Del bolsillo de la campera sacó un pedazo de carbón de asador, de esos que se usan para marcar las bolsas, y fue hasta el poste donde estaba su tarro. Dio vuelta el tarro sobre la mano y contó en voz baja. Después se agachó y dio vuelta uno más, el que había quedado en el piso de al lado.

—Mirá —dijo.

En la madera del poste, a la altura de la cintura, había rayitas de carbón, de cuatro en cuatro, con la quinta cruzada. Eran cientos. Cada tanda tenía al lado un número escrito con letra apretada.

—Yo las cuento solo —dijo Lucho—. Desde que tengo diecinueve años. El que me paga me paga lo que dice el tarro, pero yo me llevo lo que dice el poste. No es por desconfiar de nadie. Es para saber qué hice.

Joaquín miró las rayitas. Del segundo cuarto de ayer había una tanda de cuarenta y una. En el tarro había treinta.

—Once —dijo.

—Once —dijo Lucho—. Me faltaban desde ayer a la noche. Estaba esperando a ver si vos venías o si no.

A Joaquín le subió el calor a la cara.

—¿Y si no venía?

—Le hubiera hablado al capataz, y a vos te hubiera mandado en el camión del jueves. —Lucho lo dijo sin enojo, como quien informa la hora de la comida—. Pero viniste.

Fueron juntos hasta el tarro del Tano. Estaban las once fichas de más, brillando entre las otras. Joaquín las sacó una por una y las llevó en la palma de la mano hasta el poste de Lucho. Las dejó caer. Sonaron contra la chapa, una detrás de otra, y el galpón entero pareció oírlas.

Esa noche, después del asado, mientras los demás jugaban a la escoba de quince con un mazo sin el cuatro de copas, Lucho se acercó con el carbón en la mano.

—Tomá —dijo—. Hacete una marca vos también. En el tuyo no hay nada, pero igual hay algo.

Joaquín se quedó mirando el trozo negro. Después fue hasta la pared del fondo, junto a la bolsa de las fichas, donde nadie iba a mirar, y dibujó cuatro rayitas con una quinta cruzada. Una por cada día de esquila. Todavía quedaban tres.

Afuera el viento seguía empujando la puerta, y por la rendija se veía un pedazo de cielo con más estrellas de las que Joaquín había visto nunca. Apoyó la mano en la pared, todavía tibia del fogón, y sintió el carbón despellejarle un poco la yema del dedo.

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