A las dos y diez el celular vibró contra la mesa de luz y Norma Sandoval ya estaba despierta. En la pantalla, la alerta del Servicio Meteorológico: mínima de menos dos y medio para la zona de Allen, entre las cuatro y las ocho. Se sentó en el borde de la cama, buscó las medias de lana con los pies y escuchó la casa. Afuera no había viento. Esa quietud era mala señal: el aire frío, cuando no se mueve, se asienta en las chacras bajas como agua en un pozo.
Tenía cuatro hectáreas de perales Williams, plantados por Aldo hacía treinta y ocho años, y los frutitos recién cuajados, del tamaño de una arveja. Sin aspersores, sin ventiladores, sin malla. Lo único que tenía era el agua del canal y la manera vieja de usarla: inundar los cuadros por manto para que la tierra mojada suelte el calor que guardó de día. Con menos dos y medio, eso alcanzaba. Pero había que regar esa misma noche, y el turno del canal no era suyo.
Se puso el pantalón de trabajo, la campera de Aldo, las botas de goma. Llenó el termo, cargó la yerba en el mate y agarró la linterna y la pala de regador, que tenía el cabo gastado justo donde apoyaba la mano. En el patio, el olor a tierra fría le pegó en la cara. Las estrellas se veían nítidas, y eso también era mala señal.
El turno de esa semana, de dos a seis, era de Gustavo Ferreyra, el vecino de al lado. Norma y Gustavo no se hablaban desde hacía once años, desde que él corrió el alambrado treinta centímetros y ella, en lugar de discutir, lo hizo medir por un agrimensor. El agrimensor le dio la razón. Gustavo nunca se lo perdonó, y ella nunca le perdonó que no se lo perdonara. Se cruzaban en la tranquera con un movimiento de cabeza y nada más.
Caminó por la acequia con el haz de la linterna rebotando en los álamos de la cortina. Se oía el agua corriendo despacio, con ese ruido blando de las noches de riego. En la compuerta de Gustavo, la de fierro con el volante oxidado, el agua pasaba entera para su lado. Más adelante, la de ella, la de madera con los tablones hinchados, estaba cerrada.
Norma se quedó parada con la pala en la mano. Podía esperar a las seis y regar con el amanecer encima, cuando la helada ya hubiera hecho el daño. Podía golpearle la puerta a las dos y media de la mañana a un hombre de setenta y cinco años para pedirle algo, y no sabía hacerlo. Aldo siempre fue el que pedía. Ella era la que contaba los favores.
Prendió el mate, se sentó en el borde de la acequia y pensó en las cuentas: cuatro hectáreas, tres mil kilos por hectárea en un año flojo, la cooperativa que ya había atrasado el pago de la campaña anterior. Cuando terminó de pensarlas, el mate estaba lavado. Se paró.
Fue hasta la casa de Gustavo por el camino de tierra, con la linterna apuntando al suelo para no encandilar a los perros. Había luz en la cocina. A esa hora. Golpeó dos veces con los nudillos y esperó con las manos en los bolsillos.
Gustavo abrió con la camisa de franela mal abotonada y un termo bajo el brazo. Tenía las botas puestas.
—Necesito el agua —dijo Norma, sin saludar, porque si saludaba no seguía—. Me dan menos dos y medio y no tengo con qué defender. Te la devuelvo mañana entera, y el sábado también si querés.
Gustavo la miró un rato largo. Detrás de él, el reloj de la cocina marcaba las dos y cuarenta.
—Estoy regando para vos desde las dos —dijo—. Abrí tu compuerta de arriba y la de abajo. Falta la del cuadro del fondo, que se traba.
—¿Cómo que para mí?
—Vi la alerta. —Se encogió de hombros—. Mi cuadro es más alto y no se hiela. El tuyo es el pozo de la zona, ya lo sabés. Siempre lo fue.
—La de madera estaba cerrada.
—La de madera no la toco. Es tuya. —Hizo una pausa—. Desde lo del alambrado que no toco nada tuyo.
Norma no supo qué contestar. Sintió que la garganta le trabajaba mal y miró hacia el cielo, que seguía lleno de estrellas.
—Vení —dijo Gustavo, y se puso la gorra—. Entre dos se abre antes.
Caminaron juntos hasta el cuadro del fondo, sin hablar. La compuerta de madera, hinchada de humedad, se resistió. Gustavo metió la pala por abajo y Norma tiró del tablón con las dos manos, hasta que cedió con un crujido y el agua entró por el surco, oscura y lenta, brillando bajo la linterna. Se extendió de a poco entre las hileras, tocó las raíces, empezó a cubrir el suelo hasta formar un espejo bajo los perales.
Se sentaron en el borde de la acequia. Norma sirvió el mate y se lo pasó sin preguntar. Gustavo lo tomó, hizo un gesto con la cabeza que podía ser un agradecimiento o una crítica a la yerba, y lo devolvió.
Hacia las cuatro y media el termómetro que Aldo había clavado en un poste marcaba menos uno. A las cinco, cero. La helada pasó por encima de las chacras como una mano fría sobre un mantel, y las ramas, mojadas desde abajo, soltaron un vapor finito que subía en el aire quieto.
A las seis, cuando empezó a aclarar por el lado del río, Norma se levantó y fue hasta la primera hilera. Dio vuelta una hojita con la linterna apagada. Debajo, el frutito, del tamaño de una arveja, estaba verde y entero.
—Mañana la devuelvo —dijo.
—Mañana hay sol —contestó Gustavo—. Que se seque la tierra.
Ella asintió. Después, sin pensarlo, le alcanzó el termo con lo que quedaba de agua caliente. Él lo recibió con las dos manos, como se recibe algo frágil, y los dos se quedaron mirando cómo la luz subía despacio sobre el agua quieta entre los perales.
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