La carta llegó un martes de agosto, entre un sobre del Banco Nación para el jefe del faro y un paquete de hilos para la señora del ayudante. Eulalia Bustos la reconoció antes de abrirla por la letra: redonda, apretada, de alguien que escribe con la lengua entre los dientes. Decía en el frente: Al señor que cuida la luz de Punta Delgada, Chubut. Atrás, en lápiz: Tomás Giordano, 4.º B, Lanús.
La estafeta del faro era un mostrador de madera en un rincón de la casa, con un sello, un tintero y una balanza para cartas. Eulalia la atendía desde que se casó con Gregorio, que subía a la torre en el turno de la noche. Hacía dos años que no abría una carta que no fuera para alguien del lugar.
Adentro, una hoja de cuaderno rayado. Estimado farero: En la escuela nos dieron de tarea escribirle a alguien que trabaje solo. Yo elegí a usted. Quiero saber si la luz se aburre. Y si usted se aburre. Y qué hace cuando se apaga. Lo saluda, Tomás. P. D.: la maestra dice que hay que contestar con sello, así que le mando uno.
El sello estaba pegado en una esquina, un poco torcido. Eulalia lo despegó con la uña y lo pasó al sobre de vuelta.
—No es para vos —dijo Gregorio esa noche, mientras se calzaba el pulóver grueso—. Es para el farero. Le contesta el jefe.
—El jefe tiene que hacer el parte del tiempo y el libro de novedades. A un chico no le contesta.
—Entonces contestale vos.
—¿Yo, qué le voy a decir?
Gregorio se encogió de hombros. Afuera el viento del sudoeste pegaba contra la pared de la casa como alguien que pide entrar. Se fue a la torre con la linterna, y ella se quedó con la hoja de cuaderno sobre la mesa y la certeza de que el carro del proveedor salía a las cinco con la correspondencia hacia Puerto Pirámides. Después de eso, la carta de Tomás iba a esperar otra semana o la respuesta iba a llegar con el pibe ya en vacaciones.
Empezó tres veces. La primera salió oficial: Se le informa que el servicio de señalización marítima funciona con normalidad. La rompió. La segunda salió simpática y falsa: La luz nunca se aburre, es muy alegre. La rompió también, porque sabía que no era cierto y porque un chico que pregunta si la luz se aburre ya sospecha la respuesta.
Salió al patio con un abrigo sobre los hombros. La torre se levantaba ocre contra un cielo que todavía no había terminado de oscurecerse, y desde la playa de abajo subía un ruido largo, como de fuelle roto. Eran los elefantes marinos. Los machos habían llegado ese mes, enormes, y se tiraban en la arena a pelear por lugares que nadie más veía. Gregorio decía que de noche sonaban como un tren de carga que nunca terminaba de pasar.
Arriba, la luz giró. Eulalia empezó a contar sin proponérselo, como lo hacía desde el primer invierno: uno, dos, tres… El haz blanco barrió el campo, pasó por encima de ella y se fue hacia el mar. Después, oscuridad. Siguió contando. A los veinticinco segundos justos, el haz volvió.
Entró y se sentó. Escribió despacio.
Querido Tomás: Soy Eulalia, la mujer del ayudante. El farero está arriba y yo te contesto porque tu carta me la dieron a mí. Te cuento lo que pasa acá. La luz no se aburre, porque no se queda quieta: da una vuelta y vuelve, y cada vuelta dura veinticinco segundos. Yo las cuento desde la cocina, a veces desde el patio. Con el tiempo uno aprende que la parte importante no es cuando la luz pasa, sino la oscuridad del medio. Es corta, pero es la que le da sentido a todo lo demás. Un barco que está lejos y no ve nada espera ese segundo veinticinco para saber que alguien sigue ahí.
Mi marido dice que el trabajo no es aburrido si sabés para quién lo hacés. Yo no sé si es cierto, pero me gusta cómo suena. Lo que sí sé es que de noche hay animales enormes en la playa que gritan como máquinas, y que al lado de ellos la luz parece una cosa muy chica y muy terca. Me gusta eso.
Cuando se apaga, no se apaga. Se queda una lámpara de reserva y hay alguien despierto. Si alguna vez te toca estar solo en algún lado, acordate de contar hasta veinticinco. Siempre vuelve algo.
Te mando el sello que me mandaste, porque no es de buena educación quedarse con el de otro. Tu amiga, Eulalia Bustos.
Lo leyó una vez. Tachó muy terca, lo pensó, y lo volvió a escribir arriba con letra más clara. Metió la hoja en un sobre, pegó el sello torcido donde estaba y escribió: Tomás Giordano, 4.º B, Lanús, Buenos Aires.
A las cuatro y media Gregorio bajó de la torre con la cara roja de frío. Encontró el sobre sobre el mostrador, con el sello de la estafeta estampado a un costado, todavía húmedo.
—¿Qué le pusiste?
—Lo que cuenta uno cuando cuenta.
Él esperó, pero ella no dijo más. Se sentó a tomar el mate que ella le había dejado y miró por la ventana. Desde la cocina se veía el haz entrar por el vidrio, cruzar la pared, el hule de la mesa, la cara de los dos, y desaparecer. Eulalia volvió a contar en voz baja. Gregorio, sin mirarla, contó con ella.
A las cinco, el carro del proveedor arrancó con la bolsa del correo bien atada. Del otro lado del cristal, la luz giró una vez más, y después de veinticinco segundos volvió.
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