El arado de la colectividad

El tractor tosió dos veces en la esquina de Belgrano y San Martín y se quedó callado. Aldo Wüthrich apretó el acelerador de mano, probó el arranque, probó de nuevo. Nada. Detrás, en el acoplado cubierto de lonas con los colores de Valais, el arado temblaba un poco, como si se hubiera asustado.

Eran las nueve y diez del 8 de septiembre. Desde la plaza llegaba el ensayo de la banda municipal, un trombón que no encontraba la nota, y a la altura del Museo de la Colonización ya se juntaban los chicos con los trajes de las colectividades: los delantales alemanes, las boinas piamontesas, una nena con trenzas postizas que se las tocaba cada tres segundos.

—¿Qué pasó, abuelo? —preguntó Mateo, que a los once años se creía copiloto.

—Pasó que el tractor tiene sesenta años y yo setenta y uno. Y hoy nos acordamos los dos.

Aldo había sido tambero hasta que las rodillas le dijeron basta. Todavía le quedaba en las manos el olor ácido de la leche tibia, que no se va con el jabón. Hacía dos meses la comisión de la colectividad suiza le había pedido el favor: llevar el arado en el desfile, a las diez en punto, para abrir la columna. Era un arado de hierro y madera oscura, con una mancera gastada en los lugares donde alguien, durante años, había apoyado las manos. La familia decía que lo habían traído en 1856, entre los baúles, desde el Valais. Aldo lo creía a medias. Su padre lo creía entera. Su abuela le había dicho una vez, mientras pelaba choclos: «Eso vino en barco, no lo toques con las manos sucias».

Levantó el capó. El motor olía a aceite quemado y a tierra seca. Bajó, se limpió con un trapo, y antes de pensarlo mucho caminó hasta el acoplado y sacó la lona del arado. Miró la reja, la cuchilla, el hierro opaco. Nunca lo había mirado de cerca con la luz de la mañana.

En el costado de la mancera, bajo una costra de grasa vieja, había algo tallado. Pasó el pulgar. Una J, una W, y un año que no era 1856. Era 1887.

—Mateo, traé el trapo mojado.

—¿Para qué?

—Para ver.

Limpiaron juntos, con cuidado, como si fuera una herida. La J era de Johann, eso lo sabía: el bisabuelo Johann Wüthrich, que había llegado a la colonia de grande, ya con hijos. Pero 1887 era treinta y un años después de la llegada de las doscientas familias. Treinta y un años después, Johann ya había perdido la primera cosecha, la segunda, el caballo, una hija. El arado no había cruzado el océano. Lo había comprado ahí, en Esperanza, a un herrero, con plata que no tenía.

Aldo se sentó en el estribo del acoplado. Sintió una cosa rara, mezcla de vergüenza y de alivio. Cuarenta años contando que el arado venía de Suiza, y el arado venía de la calle Sarmiento.

—¿Es falso, entonces? —dijo Mateo, con esa franqueza de los once años que no ahorra nada.

—No es falso. Es otra cosa.

—¿Qué cosa?

Aldo tardó en responder. A lo lejos el trombón por fin encontró la nota.

—Es el primero que compró él. Los otros se los dieron. Este lo pagó.

El reloj de la torre marcó las nueve y media. Pasó la señora Ferrero, de la comisión, con una carpeta contra el pecho, y gritó desde la vereda: «¡Aldo, a las diez, eh!». Aldo levantó la mano y sonrió con la boca nomás.

Probó el arranque otra vez. El motor giró en seco, sin ganas. Un vecino que pasaba con una bicicleta se ofreció a empujar. Empujaron entre tres, el vecino, Mateo y él, con el arado traqueteando atrás. El tractor se movió medio metro y volvió a morirse.

—No va a arrancar —dijo Aldo—. Se terminó.

—¿Y el arado?

Aldo miró la calle. Eran cuatro cuadras hasta la plaza, derecho, sin una sola subida. Miró la mancera pulida por tantas manos y calculó el peso. Con las ruedas de hierro, entre dos, quizás.

—Sacame el acoplado del enganche —dijo.

Lo desengancharon. El arado quedó parado sobre sus dos puntas de apoyo y las ruedas, y Mateo agarró un lado de la mancera y Aldo el otro. Ahí, en esas manos que ya no eran las de nadie del Valais ni las de ningún herrero, sino las de un viejo tambero y un nene con zapatillas rojas, el hierro se movió.

Caminaron despacio. El arado hacía un ruido de cadena arrastrada sobre el empedrado de la esquina y después un ruido más sordo en el asfalto. En la vereda, la gente se iba dando vuelta. Alguien aplaudió, sin saber bien por qué. Una mujer mayor, con una pollera de cuadros, dijo en voz baja algo que Aldo no entendió, en una lengua que no era castellano.

A las diez menos cinco entraron a la Plaza San Martín. El trombón se calló. La banda empezó el himno con retraso y con una trompeta de más. La señora Ferrero abrió la boca, no dijo nada, y señaló con la carpeta el lugar de la fila donde iba el arado.

—¿Y el tractor? —preguntó, al final.

—Quedó en Belgrano —dijo Aldo—. Que descanse.

Esa tarde, después de que todos se fueron, Aldo volvió con el vecino y una soga. Remolcaron el tractor hasta el galpón y lo dejaron ahí. Antes de apagar la luz, se acercó al arado, que habían dejado apoyado contra la pared, y con una moneda raspó la grasa del costado de la mancera hasta que las tres marcas quedaron limpias: la J, la W, el 1887.

Le pasó la mano encima. Estaba tibio del sol de la plaza.

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