La botella de Genoveva

Genoveva Arrieta se levantó a las cuatro, como todos los días, y como todos los días puso el agua para el mate antes de abrir los ojos del todo. Pero esa mañana del primero de marzo de 1912 no se sentó a tomarlo. Se ató el delantal de los bolsillos grandes, el que usaba para juntar vidrio, y salió con la pava todavía silbando sobre la hornalla.

La noche anterior, el pueblo había hablado de una sola cosa. Alguien había subido al cerro a las seis y media de la tarde, con el sol bajo, y había vuelto sin aliento. La Piedra ya no estaba en su sitio. Nadie la había visto caer. Eso era lo que más repetían en la fonda de los Ferrari, hasta que cerraron: nadie la vio.

Genoveva lo supo con una calma que la asustó. Hacía diecinueve años que juntaba las botellas de los turistas. Venían en tren desde Buenos Aires, subían en break hasta el cerro, y cada uno apoyaba una botella vacía de cerveza o de sidra bajo el borde de la Movediza. Después empujaban. La piedra se balanceaba, aplastaba el vidrio sin apuro, y la gente aplaudía. Al otro día, ella subía con el delantal y se llevaba los cascotes. Los vendía por kilo a un hombre de la calle Pinto que los fundía.

Sabía el peso de la piedra en el vidrio mejor que cualquier ingeniero. Sabía que cada botella gritaba distinto antes de romperse.

El camino de las canteras estaba lleno de barro seco y de huellas de carros. A esa hora solo se oía el cerro, que no es lo mismo que el silencio. Venía de más abajo un ruido de martillos, aunque era demasiado temprano: los canteros se habían ido a ver. Genoveva los pasó en la curva del Calvario, parados en fila con las gorras en la mano, como en un velorio.

—¿Va a llevarse vidrio, doña? —le dijo uno, sin burla.

—Voy a buscar una cosa.

—Mire que quedó en tres pedazos. Hay para rato.

—Yo no tengo apuro —mintió.

La vio recién al llegar al borde. Estaba abajo, en el fondo, partida en tres bloques enormes de granito gris, apoyados entre los espinillos como animales que se hubieran echado a dormir juntos. Se le aflojaron las piernas. Se sentó en una laja, con las manos sobre el delantal, y miró un rato largo el lugar vacío de arriba, donde quedaba una base chata, más chica de lo que ella recordaba. Parecía una mesa a la que le hubieran sacado el mantel.

Había una botella, entre todas. Una sola.

Se la había dado su hijo Ramiro en la primavera de 1911, la víspera de irse a Bahía Blanca a trabajar en el puerto. Era una botella de ginebra verde, de las anchas, y Ramiro le había metido adentro un papel doblado en cuatro. «No lo leas hasta que yo vuelva», le dijo. «Ponelo debajo de la Piedra, que ahí nadie lo toca.» Ella se había reído. Debajo de la Piedra todos los días se rompían botellas. Pero él había insistido con esa terquedad suya, la de su padre, y ella, un domingo de lluvia fina, había subido, buscado el hueco del lado del sol, y la había acostado en la tierra, tan al fondo como pudo, con el cuello hacia afuera.

La botella no se había roto en un año, porque la Piedra, con todo su vaivén, nunca llegaba hasta ahí. Eso había sido lo más raro. Genoveva pasaba, la veía asomar entre el pasto y le decía en voz baja, para que no escucharan los turistas: todavía estás.

Ramiro no había vuelto. Escribía cada tanto, cartas cortas de letra cuadrada. Decía que el trabajo era duro, que comía bien, que el mar era más grande que la pampa pero menos honesto. Hacía cuatro meses que no escribía.

Bajó por la ladera agarrándose de los espinillos. Las piedras sueltas corrían bajo sus botines. Cuando llegó abajo, el granito era más alto que ella y estaba frío, con ese frío de lo que pasó la noche sin que nadie lo mire. Rodeó el primer bloque, el más grande, el de la cabeza. Tocó una cara lisa, y estaba húmeda. Era rocío.

No sabía si la botella había quedado arriba o había caído con todo. No sabía si el papel decía algo importante o era una tontería de muchacho, una dirección, un chiste, una cuenta de lo que le debía a un amigo. Se agachó entre los bloques y empezó a revolver la tierra con las manos, y a los diez minutos tenía las uñas negras y encontró tres cuellos de botella, dos fondos, un cascote verde. Ninguno era el suyo.

Volvió a subir, esta vez hasta la base chata, y se arrodilló en el borde, del lado del sol, justo donde la había puesto. Metió la mano en el hueco. La tierra estaba blanda. Tocó vidrio, y su corazón dio un salto, pero era la esquina de un frasco de mostaza.

—Doña Genoveva.

Era uno de los canteros, un muchacho flaco, con el polvo de piedra pegado a las cejas. Había subido sin que ella lo oyera. Traía algo en la mano, envuelto en un pañuelo.

—Mi viejo dice que se la dé. Anoche, cuando bajaron los primeros, él estuvo acá. La encontró entre las piedras, del lado de abajo. Dijo que la conocía por el color. —Desenvolvió el pañuelo—. Está entera.

La botella verde tenía una raya de barro en el vientre. Tenía el corcho en su lugar. Adentro, el papel doblado en cuatro, intacto, pegado al vidrio.

Genoveva la agarró con las dos manos. No dijo nada durante un rato. El muchacho miró para otro lado, hacia el pueblo, donde ya subía el humo de las primeras cocinas.

—¿La va a abrir?

—No —dijo ella—. Me dijo que no la lea hasta que vuelva.

Se puso de pie, se sacudió las rodillas y guardó la botella en el bolsillo más grande del delantal, el que usaba para el vidrio bueno. Después miró por última vez los tres bloques de granito abajo, quietos, sin más balanceo que el de la luz sobre ellos.

Bajó por el camino de las canteras con la mano apoyada en el bolsillo, y la botella le pesaba contra la cadera como pesa un hijo que se acuerda de uno.

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