La cal del Fortín

El viento norte llegó a las siete y media, justo cuando Marta Echeverría terminaba de cargar la máquina de marcar. Primero fue un soplido tibio que movió la manga de la camisa. Después fue una pared. Abrió la bolsa de cal y media bolsa se fue hacia la tribuna de cemento, una nube blanca que se deshizo contra los alambrados del Fortín.

—Qué hija de puta —dijo, sin enojo, como quien saluda a una vecina.

Hacía veintiséis años que era la canchera de Villa Mitre y once que marcaba sola. Antes marcaba con Evaristo, su marido, que murió en marzo. Él tenía un método: clavaba dos estacas con un hilo de albañil, tensaba, y caminaba pegado al hilo con la máquina empujada despacio, mirando siempre un punto lejano, el poste de luz de la calle Garibaldi. Decía que la línea recta no se hace mirando la línea, sino mirando adonde querés llegar.

Esa tarde jugaba el clásico de la Liga del Sur, la liga más vieja del país fuera de la Capital, fundada en 1908, como recordaba el cartel que habían pintado en la sede. Iban a venir dos mil personas. Y la cancha estaba en blanco y verde, con el verde bien cortado, pero sin una sola raya.

Probó una vez. La máquina largó un polvo blanco que el viento dobló en diagonal, y la línea de banda le quedó como un camino de hormigas. Pasó el rastrillo para borrarla. Probó otra vez, agachada, con el cuerpo de escudo. Salió mejor, pero apenas.

—Señora —dijo una voz desde el alambrado.

Era un pibe de doce o trece años, con la camiseta de Liniers, la blanca y negra, que en el Fortín era como entrar a un casamiento con la remera del ex. Tenía una bicicleta de rodado veinte apoyada contra el poste y una bolsa de panadería colgada del manubrio.

—Estamos cerrados —dijo Marta.

—Vengo a ver si necesita ayuda. Mi tío dice que usted es la mejor.

—Tu tío es hincha de Liniers.

—Sí. Pero dice que usted es la mejor.

Marta lo miró. Tenía las zapatillas atadas con doble moño y la cara de quien ya sabe que lo van a echar y vino igual. Le dio pena, o le dio algo parecido y más práctico: necesitaba dos manos.

—¿Cómo te llamás?

—Thiago.

—Thiago, vení. Pero si te veo festejar un gol en la tribuna de acá, te devuelvo por el alambrado.

El pibe entró. Marta le dio una estaca y una maza de goma. Fueron hasta el córner con el hilo de albañil, ese mismo, amarillo, con la marca de los dedos de Evaristo gastada en un tramo del nudo. Marta clavó la primera estaca. Thiago clavó la otra en el córner opuesto, bastante torcido, y ella no dijo nada, la corrigió con el pie.

—Vos tenés que sostener el hilo y no soltarlo por nada del mundo —le dijo—. Si el viento lo mueve, lo aguantás con el cuerpo.

—¿Y usted?

—Yo camino.

Caminó. Empujó la máquina pegada al hilo, que vibraba como una cuerda de guitarra con el viento. En la primera cuadra de pasto, la cal salió limpia. En la segunda, se le voló un poco. Pero el hilo, tenso, hacía de pared, y la línea quedaba atrás, firme, blanca sobre el verde, con ese olor seco a piedra molida que le subía a la nariz y era el olor de cada sábado de su vida.

Miró al fondo. No miró la línea. Miró el poste de luz de Garibaldi, el viejo, con el nido de cotorras en lo alto.

Hicieron la banda de un lado, la de enfrente, las dos de fondo. A las diez se les acabó la cal, y Thiago pedaleó hasta el corralón de Rincón con la plata que ella le dio, y volvió con la bolsa en el manubrio, que le pesaba más que él. Marta lo vio cruzar la entrada con la bicicleta zigzagueando y se rió sola, por primera vez desde marzo.

—¿Por qué viniste, en serio? —le preguntó mientras armaban el círculo central con una cuerda atada a un clavo.

El pibe tardó en contestar. Dio una vuelta entera con la cuerda.

—Mi abuelo marcaba la cancha de Liniers. Se murió el año pasado. Ahora la marca otro y la hace mal. Quise ver cómo se hace bien.

Marta se quedó con la cal en la mano. Después le acomodó el clavo, que él había puesto un poco corrido.

—Se hace así. Mirás adonde querés llegar.

A las doce y media, el viento paró de golpe, como si alguien lo hubiera apagado. Quedó una calma rara sobre el Fortín, y las líneas ahí, derechas, nítidas, con los dos arcos y las dos áreas y el punto del penal marcado con la punta de la bota. Thiago se sacó la gorra y la dejó en el pasto. Marta le pasó un mate que tenía en el termo, y se lo tomaron parados en el medio de la cancha, mirando el rectángulo recién escrito.

—Ahora andate —dijo ella—. A las tres esto se llena.

—¿Puedo volver a ver el partido?

—Por la tribuna de ellos. Y con esa camiseta, te van a querer mucho.

El pibe agarró la bicicleta, subió, y desde el alambrado levantó la mano. Marta guardó el hilo amarillo en el bolsillo, con el nudo gastado hacia afuera, y se quedó un rato más. Cuando abrieron las puertas, la primera gente entró de a poco, con los termos, con los bombos, sin pisar todavía las líneas. Ella, desde la boca del túnel, vio el blanco recto brillando contra el pasto y el poste de luz al fondo, con las cotorras, y supo que en algún lugar Evaristo estaba mirando ese mismo punto.

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