El timbre del 21

A las cuatro y diez de la mañana, el 21 salió de la terminal de Lomas de Zamora con seis pasajeros, la calefacción apagada y la radio en un volumen que solo Dalila Cardozo podía oír. Era viernes, era noviembre, y era el último viernes de sus treinta y un años al volante. El lunes se jubilaba.

Tenía la costumbre de mirar el espejo más que el camino. El camino ya se lo sabía de memoria: las lomas de burro, el bache que hacía saltar el matafuegos, el cruce donde siempre había un perro dormido y nunca era el mismo perro. Lo que le faltaba resolver era a Gonzalo.

Gonzalo subía en Villa Fiorito, siempre a las cuatro y cuarenta, con una gorra azul y una mochila chica que olía a harina. Pagaba, saludaba con la cabeza y se sentaba en el segundo asiento de la derecha. Y siempre, siempre, tocaba el timbre una cuadra antes de su parada. Ella frenaba donde él pedía. Él bajaba, se quedaba un segundo quieto en la vereda, y caminaba de vuelta, media cuadra, hasta la puerta de la panadería. Desde hacía casi dos años.

Dalila se lo había comentado a los compañeros en el comedor de la empresa.

—Es un distraído —dijo Aníbal, mojando una factura en el café.

—Se equivoca igual todos los días a la misma hora. Eso no es distracción.

—Entonces es un cabeza dura.

No era eso tampoco. Dalila lo sabía por cómo bajaba: sin apuro, con el pie buscando el cordón antes de apoyarse. Un cabeza dura se baja con bronca. Gonzalo bajaba con cuidado.

Esa mañana lo esperó con la puerta ya abierta. Faltaba una semana para el calor fuerte y el aire de la madrugada todavía traía humedad. Cuando el 21 se arrimó a la parada de Fiorito, Gonzalo estaba solo, con la gorra y la mochila, y la mano un poco adelantada, como quien comprueba que hay una pared.

Subió. Pagó. Se sentó en el segundo asiento de la derecha.

El colectivo arrancó. Dalila fue contando en voz baja, sin darse cuenta, lo que había contado siempre: la loma, el bache, el cruce del perro. Y entonces escuchó que él también movía los labios. Contaba, pero no paradas. Contaba golpes. El primer salto, el segundo, la vibración de la chapa suelta cerca de la ventanilla trasera.

En el espejo lo vio inclinar la cabeza hacia la ventana entreabierta. Esperaba algo. El olor, entendió de golpe. La panadería de la esquina ya tenía el horno prendido; el aroma llegaba a la calle antes que la luz del local. Gonzalo no veía bien. Y el timbre lo tocaba cuando le llegaba el primer olor a pan, porque era lo único que no cambiaba de un día para otro. El problema era que el viento, o el horno, o el humo, lo adelantaban una cuadra.

Dalila apretó el volante. Treinta y un años frenando donde le pedían.

Desde Fiorito siguió, como siempre, hasta que el aire empezó a oler a pan. Entonces no esperó el timbre. Puso el guiño, bajó la velocidad y dijo, sin girar la cabeza, con la voz de quien anuncia una estación:

—Gonzalo. Todavía falta una cuadra. Ahora te aviso yo.

Hubo un silencio largo, de esos que el motor llena solo. En el espejo, ella vio que él se enderezaba, que se sacaba la gorra, y que la volvía a poner.

—¿Usted sabe cómo me llamo?

—Gonzalo. Me lo dijo tu mamá hace un año, en la parada. Yo me acordaba de ese nombre y no de la cara.

—Entonces sabe que veo poco.

—Sé que contás los baches. Yo los cuento hace treinta años y siempre me dio la misma cifra.

Él se rió, bajito, por primera vez en dos años. Preguntó cuántos quedaban. Ella dijo: uno, el que tiembla la chapa. Pasaron por el bache. La chapa tembló, el matafuegos saltó contra el soporte.

—Ahí —dijo Gonzalo, y se paró.

—Todavía no. Cuarenta metros.

Frenó pegada al cordón, justo frente a la puerta verde de la panadería, donde un pibe de delantal sacaba la primera tanda de bandejas. El vapor subía en la luz amarilla del local. Dalila abrió la puerta.

Gonzalo bajó con el pie derecho adelantado, como siempre, pero esta vez el escalón estaba donde tenía que estar. Se quedó en la vereda. No caminó para atrás.

—El lunes ya no manejo yo —dijo ella desde el asiento.

—¿Y quién va a avisarme?

—Voy a hablar con el que me reemplace. Y con tu mamá. Y le dejo escrito en el cuaderno del turno.

Gonzalo no contestó. Sacó de la mochila un pan chico, todavía tibio, envuelto en un papel de estraza, y estiró el brazo hacia la puerta del colectivo. Dalila lo agarró con la punta de los dedos.

—Para el mate —dijo él.

El 21 siguió camino a Liniers con cinco pasajeros dormidos y la ventanilla del conductor abierta. En el cruce del perro había un perro. Dalila lo reconoció, aunque sabía que no era el mismo. Después, en la primera luz, arrancó el pan y comió la corteza despacio, como se come lo que va a quedar de recuerdo, mientras con la otra mano, sin mirar, tocaba una vez el timbre del chofer para avisarle a nadie que ya llegaba.

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