El golpe de la puerta en Loria

Hortensia Lucero llegó a la estación Carabobo a las nueve y media de la mañana, con una bolsa de tela colgada del hombro y a Bruno de la mano. Afuera, sobre Rivadavia, el calor de enero ya empezaba a hacer vibrar el aire encima de los colectivos. Adentro, en cambio, el aire subía por la escalera con olor a polvo mojado, a hierro y a algo dulce que ella conocía de memoria y nunca había sabido nombrar.

—Abuela, ¿por qué hay tanta gente? —preguntó Bruno, que tenía siete años y una gorra de River que le tapaba las orejas.

—Porque hoy es el último día de los belgas.

—¿Quiénes son los belgas?

—Ya los vas a conocer.

Hacía once años que Hortensia se había jubilado como boletera. Había pasado treinta y cuatro en la ventanilla de Loria, detrás de un vidrio con una ranura, cortando cartones y devolviendo vuelto con monedas que le dejaban los dedos grises. Desde su cubículo nunca había visto un tren entero. Veía luces, escuchaba el chirrido en la curva, sentía el viento que empujaba el túnel y le movía el pelo. Los coches de madera, los de 1913, eran para ella un sonido: el golpe seco de las puertas de los andenes.

Compraron los boletos y bajaron. El andén estaba lleno de jubilados con termos, de chicos con cámaras, de un señor con una bandera argentina doblada bajo el brazo. Alguien repartía mandarinas. Cuando entró el tren, celeste desteñido, con las ventanillas de marco oscuro y una luz amarilla adentro, se hizo un silencio breve, como en un velorio donde todos se alegran de verse.

—Mirá —dijo Hortensia—. Son de madera. Todo, hasta el techo.

Bruno tocó la pared del coche con la punta de los dedos, como si pudiera quemar.

Se sentaron en un banco de listones, junto a una ventanilla que alguien había dejado abierta con la correa. Los espejos con marco de bronce estaban rayados, las lámparas tenían tulipas de vidrio esmerilado y el piso crujía. Hortensia pasó el pulgar por el respaldo y encontró lo que buscaba: una inicial tallada con una llave, tan gastada que parecía parte de la veta. No era suya. Nunca había tallado nada. Pero la tranquilizó que existiera.

El tren arrancó con un tirón largo. Bruno se agarró del asiento. En el túnel, los pilares pasaban cada tantos segundos como un latido, y en las estaciones —Puán, Primera Junta, Acoyte— la gente subía con celulares en alto, sacando fotos a los asientos, a las lámparas, a los vecinos.

En Río de Janeiro, un hombre de bigote blanco se paró en medio del pasillo.

—Yo fui guarda en esta línea veintiséis años —dijo, sin que nadie le preguntara—. Los viernes, a esta hora, bajaba y subía como si estuviera en casa. Hoy no sé dónde poner las manos.

—Poné las manos acá —le dijo una señora, y le dio una mandarina.

Hortensia sonrió. Había ido a eso, en el fondo, aunque no se lo hubiera dicho a nadie, ni a su hija, que le había preguntado por teléfono, con esa voz de quien habla con alguien frágil: “Mamá, ¿vas a ir a llorar al subte?”. No iba a llorar. Iba a escuchar.

Esperó hasta Loria. Se acordó de su ventanilla, que ya no existía, reemplazada por molinetes con tarjeta, y de la rutina de las seis de la mañana: levantar la persiana, contar la caja, esperar el primer tren. Cuando el coche se detuvo en Loria y se abrieron las puertas corredizas del salón, se paró y sacó a Bruno del banco.

—Vení. Ponete acá, al lado de la puerta.

—¿Qué pasa?

—Escuchá.

Un empleado de la línea, joven, con chaleco naranja, recorría el andén y cerraba las hojas a mano, de a una, como se había hecho siempre. Primero la del coche de adelante. Después la del medio. Después, la de ellos. Se acercó, apoyó la palma, la empujó, y la madera se encastró contra la madera con un golpe corto, hueco, seco, con un fondo de resorte que quedaba vibrando un segundo después.

Hortensia cerró los ojos. Treinta y cuatro años de ese golpe, desde el otro lado del vidrio, sin verlo nunca. Ahora lo tenía a veinte centímetros, y era exactamente como lo recordaba: un golpe de cosa bien hecha.

—Qué fuerte —dijo Bruno, con los ojos enormes—. Otra vez.

—No hay otra vez, mi amor. Hoy es la última.

El chico se quedó callado. Después, muy serio, apoyó la mano en la hoja de madera todavía tibia del sol que había entrado por el túnel de la estación, y la empujó él mismo, hacia afuera, hacia adentro, como se prueba una puerta de casa. Sonó casi igual.

—Es como cuando cerrás la heladera, pero mejor —dijo.

Hortensia se rio tan fuerte que el señor del bigote blanco se dio vuelta y se rio también, sin saber de qué.

Llegaron a Plaza de Mayo pasado el mediodía. En la cabecera, algunos pasajeros se quedaron sentados, como si el tren fuera a seguir de largo. Hortensia bajó última, con Bruno colgado de su brazo y la bolsa de tela llena de mandarinas que le habían ido pasando. En el andén, antes de subir las escaleras, se dio vuelta una vez más. Un coche abierto de par en par esperaba con las luces encendidas, vacío, celeste, y por la puerta salía un poco de ese olor dulce que por fin le encontró nombre: olor a madera vieja que había aguantado.

Dos días después, en la cocina de su departamento de Flores, Bruno se paró frente a la heladera, la abrió, la cerró con la palma de la mano, y la volvió a abrir.

—Abuela, ¿suena igual?

Hortensia, que pelaba una mandarina en la mesa, levantó la cabeza y escuchó el golpe corto y hueco.

—Casi —dijo—. Casi igual.

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