Una cuerda más fina que las otras

Aníbal Williams llegó al Salón Cincuentenario a las doce y diez de la noche del sábado, con el maletín de cuero bajo el brazo y los zapatos todavía húmedos de la llovizna. Adentro quedaban las sillas desparramadas, un olor a café recalentado y, sobre el escenario, el piano vertical con la tapa abierta, como una boca que esperaba el dentista.

—Lo dejaron para vos —dijo Eluned, la tesorera, que apagaba las luces de la cocina una por una—. Mañana a las once es la Cymanfa Ganu. Doscientas voces, Aníbal. Y el piano está medio tonto.

—Todos los pianos están medio tontos después de un Eisteddfod —dijo él.

—Este más.

Eluned le dejó una llave y un termo, y se fue. La puerta cerró con un golpe sordo y el salón se quedó con el zumbido de la heladera de la cocina.

Aníbal era afinador desde los diecinueve años. Había aprendido con su padre, que había aprendido con un inglés de Puerto Madryn que cobraba en corderos. Tenía sesenta y ocho, las manos grandes y lentas, y una regla que no le contaba a nadie: el piano se afina de noche, cuando el pueblo deja de hacer ruido y el metal se acomoda.

Sacó la llave de afinar, el fieltro, las cuñas de goma. Tocó el la central. Salió bajo, cansado, medio tono caído contra el diapasón que llevaba desde hacía cuarenta años en el bolsillo de la camisa. Lo golpeó contra la rodilla y lo apoyó en la madera. El diapasón cantó limpio, agudo. El piano contestó con un quejido.

—Bueno —dijo Aníbal—. Empecemos.

Trabajó dos horas sin mirar el reloj. Las cuerdas del medio, de a tres por nota, las fue apagando con el fieltro para afinar de a una, y cada vez que la llave giraba un cuarto de vuelta sentía la tensión subir por el antebrazo. Afuera el viento del oeste empujaba la chapa del techo. Se acordó de que su padre decía que en el valle el viento afinaba mejor que cualquier hombre, pero después se llevaba todo.

Pasadas las dos, llegó a las notas altas, y ahí se detuvo. El fa sostenido de la última octava no sonaba. Apretaba la tecla y el martillo caía con un clac seco, sin resonancia. Abrió el frente, metió la linterna y vio el problema: una cuerda cortada, enroscada sobre sí misma como un pelo.

Aníbal se sentó en el banquito y se pasó la mano por la cara.

No tenía repuesto de esa medida. Lo sabía sin revisar el maletín. A esa hora no había dónde conseguir cuerda de piano en todo Trelew, y a las once la iban a pedir doscientas voces.

Se quedó mirando el escenario vacío. En la pared del fondo colgaba una foto grande de la comisión de 1965, el Centenario de la Colonia, hombres de traje oscuro y mujeres con el pelo recogido, todos serios, todos con apellidos que él había tenido que aprender a pronunciar de chico: Jones, Evans, Hughes, Rhys. Su propio abuelo estaba en la tercera fila. Williams. Con una W que en esa época todavía se pronunciaba con la boca redonda.

Se acordó entonces de la caja de galletitas.

La guardaba en la camioneta desde hacía años, abajo del asiento, con todo lo que no se tira: tornillos, fieltros viejos, unos metros de alambre que había salvado de un piano de la capilla de Dolavon cuando lo desarmaron. Cuerda de acero, de la de antes, de esas que no se compraban ya.

Salió bajo la llovizna, abrió la camioneta, encontró la caja. Adentro había un rollito enrollado en papel de diario. Lo midió con los dedos, a ojo. Era más fino. Seguramente más fino.

—Más fino, pero sirve —se dijo—. Eso es lo que decía el viejo.

Volvió a entrar con el rollo y lo cortó con la pinza, y durante cuarenta minutos fue una pelea chica y muy concentrada, de las que no se ven. Enganchó la cuerda en el clavijero, la pasó por el puente, la tensó de a poco. Le temblaban un poco las manos, y no por el frío. Cuando la llevó a la altura del diapasón, el fa sostenido sonó. Era más delgado que sus vecinos, con algo de metal en el borde.

Lo tocó cuatro veces. Cinco.

—Va a pasar —murmuró—. Nadie va a notar.

Pero él lo notaba. A las cuatro de la mañana, con el salón helado y la linterna pegada al hombro, todavía lo notaba. Terminó el resto de las notas. Cerró el frente. Bajó la tapa. Guardó las herramientas en orden, como se las había enseñado su padre, y se acostó un rato en dos sillas juntas, con el abrigo encima.

Lo despertó el ruido de las puertas.

Eran las diez y media. Ya estaban llegando: señoras con tarteras tapadas con repasadores, chicos de saco y corbata, un coro de La Plata que había venido en micro y hablaba bajito, un hombre muy flaco con un bastón que tarareaba solo. El salón fue llenándose de abrigos y de voces. Eluned le puso un café en la mano.

—¿Y?

—Está —dijo Aníbal—. Con un detalle. Una nota. Una sola. En la octava de arriba.

—¿Se nota?

—Para mí sí.

—Entonces nadie más.

A las once en punto el director levantó los brazos. Hubo un silencio largo, de capilla, y la pianista dio el acorde inicial. Aníbal estaba parado contra la pared del fondo, con las manos en los bolsillos, y escuchó cómo el salón respiraba junto. Después las doscientas voces entraron en galés, graves y anchas, con esa manera de cantar que parecía venir de abajo del piso. Cantaban Calon Lân. Él entendía tres palabras.

El piano acompañaba firme. En el estribillo la pianista subió por el teclado, y Aníbal cerró los ojos para esperar la nota, apretando el vaso de papel.

Llegó. El fa sostenido, delgado, un poco raro, justo en el medio del acorde. Y en lugar de sobresalir, se perdió adentro de las voces como un hilo en un tejido, y de pronto el acorde entero sonó un poquito más claro.

A su lado, el hombre del bastón dejó de tararear, lo miró de reojo y siguió cantando.

Aníbal abrió los ojos. En la pared, su abuelo lo miraba desde la tercera fila de 1965, serio como todos, sin decir nada.

Aníbal se puso a cantar la parte que sabía, bajito, en una lengua que no era la suya. Por una vez no la afinó.

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